En los relatos de Flor Zavala la soledad, ese cuervo que criamos para que nos vacíe los ojos, toma forma de anciana delincuente, de encuentro que no sucede ni en los sueños, de pechos firmes que no son sino intersticio que hilvana la lisura pueril y la flacidez, porvenir inexorable. La soledad, ave rapaz, sobrevuela esa prosa íntima, confesional, con la que la autora nos introduce en sus laberintos y nos deja a merced de minotauros que acechan con sigilo, ocultos en su guarida de palabras, para saltar en el momento justo en que vislumbramos la salida.

Flor Zavala (Foto: Hec Ochoa)
Flor Zavala (Foto: Hec Ochoa)

Nos abandona a nuestra suerte y no intenta rescatarnos: se quema el arroz a la Ana Magdalena, el adiós no logra convertirse en hastaluego, el parasiempre está preso entre paréntesis y el blues, con sus notas lastimeras, musica el fraude cibernético, los sueños simultáneos, la lluvia de febrero.

Nos abandona a nuestra suerte pero, antes de que nos embista el Minotauro, nos señala una salida: asumir que «el destiempo, es el más puntual de los encuentros», que hay un «milagro en las pupilas», que a los 65, aún estamos a tiempo de recuperar el tiempo.

Dejo aquí tres gotas de la pluma de Flor Zavala, el tintero completo está en el blog Tejedora de palabras.

A la Ana Magdalena

Resulta que con el tiempo descubriste la ventaja del anonimato que otorga vivir en una ciudad grande en donde en efecto, no eres nadie. ¿Quién iba a fijarse en ti entre veinte millones de habitantes? ¿Quién voltearía la mirada, entre la marabunta del metro Hidalgo a las tres de la tarde, al saco de huesos en el que de a poco te vas convirtiendo? Y sin embargo, ellos lo hicieron. Tu ninguneo ha fallado.

De-te-ni-da. Recién te procesaron y sonríes satisfecha porque aunque sabes que alguien habló de más, no tienes mucho qué perder a tu edad. Sin embargo, vas a echar de menos tu departamentito en la Roma y a tus dos gatos, los despertares con Guns and Roses y los Rolling Stones y jugar cuando se te dé la gana en plena madrugada. Vas a extrañar el olor de las mandarinas afuera de tu casa y comerlas de manera compulsiva entre octubre y febrero. Vas a exigir el tabaco y las mandarinas. Carajo, te detuvieron.

Casi te entregas con la elegancia que no posees y te apresan sin mayor problema a la salida del metro. Te tropiezas, como es costumbre, antes de abordar la patrulla. Tarareas Star way to heaven en el camino a quién sabe cuál penitenciaria. La sentencia es clara y sencilla: Cinco años por complicidad en fraude cibernético. Cinco años por violar la Ley de Abuso y Fraude Informático. ¿Qué van a decir tus nietos, Magdalena? Casi escuchas al menor de ellos «Mi abue la rockera es hacker y está presa». Como si Adrián comprendiera lo que sí eres.

Miras de reojo y descubres a un policía sorprendido. Inaudito, te observa sin entender la sonrisa en tu rostro y tu brazo izquierdo lleno de más tatuajes de lo que le parece apropiado. «Vieja ridícula», piensa. ¿Por qué no te quejas como el resto? ¿Por qué no intentas decir que eres inocente? ¿Por qué no apelas o no llamas a un abogado? Ingenuo. Si supiera que esta adrenalina te mantiene viva, que esto se parece tanto a los videojuegos y ya en tu mente bosquejarás alguna estrategia para salir bien librada cuando tú consideres que es momento.

Las reminiscencias indican que todo comenzó hace 7 años con la muerte de tu esposo. Le lloraste lo que tenías qué y luego, no dejabas de hacerlo. Seis meses más tarde el psiquiatra diagnosticó depresión. ¿Qué esperaba? Habías compartido con él casi 40 años de tu mediocre vida y fuiste una conyugue como quién sabe si Dios manda: abriste las piernas una vez por semana, pariste tres hijos, te olvidaste de ti para criarlos y atender a tu marido y ahora tu existencia ya no giraba en torno suyo. Pasabas las horas tendida en cama, sin sentido alguno, marchitándote.

En navidad tu yerno, el que sí te cae bien, llegó con uno de esos cachivaches nuevos: una computadora y unas clases pagadas para aprender a usarla. Te negaste al principio y te quedó aguado el café por no fijarte mientras hacías coraje pero aceptaste. Fue la misma época en que volviste a escuchar la música de cuando joven y decidiste hacerte un primer tatuaje y luego otro, y uno más y después no sabías cuándo parar. Nadie se cura de una obsesión, sólo se reemplaza por otra mayor.

Ahora que tu esposo se había ido y tus hijos ya no estaban en casa, decidiste que era tiempo para estar contigo y la computadora dejó de estar arrumbada para transformarse en el objeto que usabas con mayor frecuencia y con el que –debes aceptarlo- establecías charlas igual que con tus gatos. Siempre has sido todo un caso, Magdalena. Tanta soledad te llevó a un semi-delirio.

Terminaste aquel cursillo de computación básica y decidiste seguir por tu cuenta. Devoraste un libro tras otro al respecto mientras mantenías conversaciones con gente conocida a través de internet y gastabas tus noches en videojuegos que ibas encontrado. Tu cuerpo se impregnaba de sudor en largas jornadas frente a un aparato que ya no era en lo absoluto ajeno.

Dos años después, dieron inicio tus intentos por aprender programación. Las cáscaras de mandarina y las colillas de cigarro se regaron por tu cuarto y no había quién le diera de comer a tus dos gatos, no obstante tú engullías tutoriales avanzados y creabas tus primeras aplicaciones e ibas más allá de lo imaginado. Y entonces, a las 4 de la mañana (esa hora en que no sabes si es demasiado tarde o muy temprano) de un jueves cualquiera y mientras comprabas la actualización de Age of Empires, ocurrió: descubriste la forma de clonar una tarjeta de crédito. Y por supuesto, no paraste. La adrenalina era una droga para tu envejecido cuerpo. Las palpitaciones iban en aumento.

Había que disimular, por supuesto. De vez en vez arreglabas la casa, barrías la banqueta e inclusive saludabas a los vecinos con mirada de aquínopasanada. No había quién sospechara. Tú que nunca te habías empleado más allá de las labores domésticas, ahora tenías una oferta de trabajo.

Luego de saber cómo encriptar tus pequeños actos delictivos y hallar un sobrenombre para ser ubicada, alguien del sur te pidió que buscaras información a cambio de una no muy despreciable cantidad de dinero. Y lo hiciste y lo hiciste muy bien. Depositaron a una cuenta y listo. Después, ocurrió lo mismo y no tuviste reparo en continuar con ello. No sabías para quién trabajabas ni ellos cuál era tu identidad verdadera.

Comenzaste a sospechar cuando las sumas incrementaron y los encargos se hicieron extraños pero ya era un poco tarde para negarte: se trataba de un cartel. El cartel del Golfo, supusiste. Si ya estabas dentro, al menos harías formidable tu desempeño y serías una free-lance como hacker.

Habían pasado casi cuatro años desde tu inicio en la computación y te jactabas como nadie y como nunca de lo lista que sí eras y del desperdicio por no haberlo puesto en práctica los años anteriores. Aún te pegabas en el dedo meñique con los muebles, con frecuencia seguías olvidando pagar la luz o el agua pero quién te hubiera visto todo el día con tu entonces ya profesional lap-top y el renombre y la leyenda que construías en el ciber-espacio.

Con el transcurrir del tiempo, decidiste jugártela a lo grande. Hackeabas a los hackers y ni a licenciaturas habías llegado. Las pequeñas transferencias de dinero aumentaron exponencialmente y distribuías información ya no sólo para cárteles mexicanos. No le eras fiel a alguno, no había exclusividad, tú hacías lo tuyo. Vamos: habías dejado el tabaco porque ya no era necesario cuando el sudor recorría tu cuerpo luego de un exitoso fraude o de salir librada después de entrar a un sistema indebido. Nar-co-tra-fi-can-te. O algo así o afiliada porque tú no te ensuciabas las manos.

Habías olvidado los achaques y los tatuajes pero hacías el intento por conservar una vida normal ante cualquiera. No es que te hiciera falta el dinero pero te sentías útil y apreciada por primera vez, te emocionaba la destreza poseída, tu agilidad única y el genio en sistemas que no podían imaginar que fueras.

Pero entonces, te detuvieron. ¿Cómo te habrán de mirar otros cuando estás en la cúspide de tu carrera? ¿Cómo deberías de mirar al policía que te juzga en tu celda?

«Mujer de 65 años es detenida. Caso insólito: fraude cibernético en complicidad con el cartel del Golfo» tanto para tan poco, piensas para tus adentros. Y tus preocupaciones son otras: dejaste el arroz sobre la estufa con el fuego alto, alto, alto. Una proeza de arroz a la Ana Magdalena: quemado.

Mandarinas y tabaco

El tráfico de medio día ensordece a cualquier persona en los alrededores del centro de la ciudad. El ruido decora un cuadro al que no fue invitado, y a la par, una amiga y yo charlamos de trivialidades y le cuento de un hombre que apareció de forma tan repentina, que llegó a irrumpir mi vida. «¿Entonces, lo verás hoy?» Me pregunta mientras caminamos, y yo me cuestiono sin tener una respuesta afirmativa. «Sabes el riesgo que implica conocerlo, ¿cierto?» añade como para hacerme consciente del paso que sin darlo, dejará huella. Y entonces, entre la multitud, decido cruzar la calle -pero sola- y me aterra el maremoto de automóviles que sin piedad habrá de arrastrarme. Te diviso frente a mí de la nada y extiendes tu mano -no recuerdo ya cuál-. Cesa el fluir del tráfico y sé que debo afrontarlo. Sonríes, y es aquí en donde empieza el verdadero lío: cojo tu mano en plena avenida y con ella, alguna decisión que no recuerdo. Suena el despertador. Son las 6 de la mañana de no sé qué día.

Unas semanas después, estás sentado frente a mí en un café que acerté a elegir. Llego tarde y me disculpo por ello y le pido al mesero una cerveza que jamás incluyó entre las opciones que segundos antes me dio. Me narras tu vida y creo que estás muy ensayado, que debes ser el mujeriego promedio que un amigo me advirtió. Te ves demasiado perfecto, pienso: qué bien te quedan tus treintaytantos. Me recuerdas a un personaje que inventé hace tiempo o quizá ya había escrito sobre ti, mientras te hacías realidad en un mundo muy ajeno. Tus viajes, tu ser trotamundos, tu gusto por las mandarinas y el tabaco, tu afición por Batman y las guerras, tu forma de encenderme un cigarrillo y la torpeza con que derramas una cerveza en mis piernas. En tus pupilas se entretejen las historias que han pasado por tu vida, llevas en la mirada la fortaleza de quienes han sobrevivido repetidas veces a sí mismos. Comienzo a creerlo: que tal vez eres real, que tal vez exista alguna posibilidad.

Te cuento mis defectos (casi los enumero), los arrojo sobre la mesa para advertirte (por si alguna vez deseas quedarte) que no deberías. Tu sonrisa curveada, sonríe en complicidad con la mía e intuyo que algo sucede cuando las ganas de besarte son tan infinitas como aquéllas otras por escucharte hablar durante horas, es como el deseo de acurrucarse que aparece justo después del sexo. Una advertencia gritando que por amor propio, debería marcharme.

Pedimos la cuenta (tres horas después) y recuerdo el pendiente de los besos que se fueron acumulando al pasar de los días. Afuera cae la noche, y el sereno de principios de noviembre, me recuerda que ojalá haberte conocido en otra vida, en un invierno más primavera, en una época en que tus años de más sumaran con los míos de menos, pese a estar conscientes de que la edad se había transformado en un número indiferente.

Me acompañas a casa y te cuento del caos que me domestica: la depresión de los últimos meses, la medicina y las terapias. Que la única constante, es la variable; que la inestabilidad no cesa y la pasión no descansa ni en domingo. Siento ganas de tomar tu mano y me avergüenzo, es lo más estúpido que podría hacer en este momento, susurro para mis adentros. Y por alguna razón que no conozco, me parece tan natural estar a tu lado riéndome, y quejándome de la psicología y asumo que todo en ti me es familiar pero que prefiero ignorarlo por completo.

De vez en vez sucede -y agradece que ocurra sólo esporádicamente- que conoces a alguien y casi desde el primer instante, lo quieres. Y el primer beso se convierte así en la confirmación (o el eventual rechazo) de todo el cariño y todo el deseo. Por ejemplo, yo supe que ya te quería -de alguna calle, de alguna otra vida- y esta vez, sólo estaba recordando el por qué. Cualquiera con sentido común sabe que las dosis altas de pasión y ternura derivan en un desastre y con suerte, lo harán en uno bello. Sin embargo, el enamoramiento no es amor. Es sólo el primer escalón, la primera nota de una melodía compartida por dos. No más. No menos.

Esa noche supe que si bien podía besar a cualquiera, era a ti a quien habría de regresar para hacerle el amor con la boca y es que hay besos en que los labios, más allá de encontrarse por vez primera, se reconocen de siempre. No por deseo, aunque tal vez sea alevosía, sino porque a veces somos marionetas de algún dios cuyo nombre ya hemos olvidado.

Te abracé y abracé en ti al niño que fuiste, al adulto que eres y al anciano que serás, abracé tus defectos y tu vulnerabilidad, tu libertad tal cual yo la concebía, te abracé y el parasiempre se convirtió en un verbo durante un instante del efímero eterno que aconteció en el paréntesis de la narración. Te abracé para salvarnos el uno al otro, como sin pretenderlo, ya lo habíamos hecho al conocernos. «Eres muy niño» te susurré al oído, y es que la inocencia nos remite a esa primera infancia que al crecer habíamos perdido.

Bajo de un taxi con los nervios a flor de piel. Mi pulso se acelera más de lo debido y anhelo salir corriendo. Me esperas en el café y debo recorrer los cincuenta pasos que me separan de la entrada del lugar. No te encuentro y giro mi cabeza hacia la izquierda, te levantas de una mesa y te sonrío como quien sabe de qué va la cosa. Llegué. He vuelto. El adiós se convierte en un largo hasta luego y me siento frente a ti, porque aquí vamos de nuevo. Estás vivo y asumo que sin importar las condiciones, llegué a tiempo.

Dos extraños tienen simultáneamente el mismo sueño. Nunca habrán de encontrarse y sin embargo, ya coincidieron. Y es que tal vez el destiempo, es el más puntual de los encuentros.

Ella llueve llanos en llamas

Incierto.

Es decir, camino por la calle con la convicción en mis pasos de todo aquello en lo que sí creo, de la fe que me sostiene y la fortaleza que me habita pero sin la garantía de un porvenir que seduzca a tal grado que valga dejar atrás este presente.

El futuro me coquetea, es cierto.

Trazo en él un bosquejo y me devuelve el boceto de la mujer que no he sido y de aquella otra que podría ser. Se reflejan infinitas.

Podría. El copretérito aparece y abre brecha ante la hecatombe que se aproxima: Un pasado que dista de convertirse en perfecto.

Incierta pero viajo con la certeza de un camino desandado, la percepción del milagro en las pupilas, el canto inquieto y desafinado del arrullo que me arropó cuando niña, de mis piernas gruesas y mis pechos firmes.

Mujer desnuda llueve llanos en llamas con la picardía en la violenta sonrisa de una llaga que no llama al llanto.

Incierto.

Es el jazz de la lluvia que dejó febrero.

VER TAMBIÉN:
Malabarista de palabras │ Flor Zavala / I
Flor de agua │ Flor Zavala / II

CONTACTO EN FACEBOOK        CONTACTO EN G+        CONTACTO EN TWITTER