Un estudio con participación española ha revisado los principales descubrimientos sobre los orígenes de los homínidos desde los trabajos de Darwin hace 150 años. Sus conclusiones indican que humanos modernos y simios se originaron a partir de un ancestro común hace entre 9 y 6 millones de años

Para entender los orígenes de nuestro linaje es necesario reconstruir la morfología, el comportamiento y el entorno del último ancestro común entre los humanos modernos y otros simios. Sin embargo, no hay consenso científico sobre las posiciones filogenéticas de los diversos y ampliamente distribuidos simios del Mioceno.

Estos simios fósiles suelen estar en el centro del debate, ya que algunos científicos descartan su importancia en los orígenes del linaje humano (los “homininos”) y otros les confieren un papel estelar en la evolución.

Según un estudio publicado en la revista Science, estos restos prehistóricos pueden informarnos sobre aspectos esenciales de la evolución, incluida la naturaleza de nuestro último ancestro común: una especie de simio diferente a cualquiera actualmente viva.

Los investigadores revisaron las teorías principales sobre el origen del linaje humano en el Mioceno, así como el rol evolutivo de los simios de ese período, desde la publicación de “El Origen del Hombre” hace 150 años (Darwin, 1871). El trabajo incluye descubrimientos en los campos de la anatomía comparada, paleontología, geología, genética, métodos filogenéticos y morfología funcional, entre otros.

“Toda especie extinta es una ventana al pasado. Chimpancés y humanos comparten un ancestro común que vivió hacia finales del Mioceno. Para inferir como era este último ancestro común entre simios y humanos es esencial entender cómo eran los simios que vivieron antes de la divergencia”, dice a SINC el paleontólogo español Sergio Almecija, del Museo Americano de Historia Natural, que lidera la investigación. En el estudio también participa el del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont y el Instituto Tecnológico de Nueva York (EE UU).

Descifrar el origen de nuestro linaje

Hay dos enfoques principales para resolver el problema de los orígenes humanos: el “descendente”, que se basa en el análisis de los simios vivos, especialmente los chimpancés; y el “ascendente”, que da importancia al árbol más grande de los simios, en su mayoría extintos.

De esta forma, algunos científicos suponen que los homínidos surgieron a partir de un antepasado que caminaba con los nudillos, parecido a los chimpancés. Otros sostienen que fue a partir de un ancestro más parecido, en algunos rasgos, a parte de los extraños simios del Mioceno.

“Darwin especuló que los humanos se originaron en África a partir de un ancestro diferente de cualquier especie viva. Sin embargo, se mantuvo cauteloso dada la escasez de fósiles en ese momento”, explica Almécija.

Los investigadores de este trabajo explican que los estudios descendentes ignoran, a veces, la realidad de que los simios vivos (humanos, chimpancés, gorilas, orangutanes e hilobátidos) son solo los supervivientes de un grupo mucho más amplio y ya extinto. Por otro lado, los que están basados en el enfoque ascendente son propensos a otorgar a los simios fósiles individuales un papel evolutivo importante.

Una especie con rasgos únicos

Los humanos se separaron de los simios –en concreto, del linaje de los chimpancés– en algún momento entre hace 9,3 y 6,5 millones de años, hacia el final del Mioceno. Para comprender los orígenes de los homínidos, los paleoantropólogos han tratado de reconstruir las características físicas, el comportamiento y el entorno del último ancestro común de los humanos y los chimpancés.

El grupo de los hominoideos vivientes incluye a humanos y a lo que comúnmente llamamos simios. Una característica notable de todos ellos es nuestra forma corporal ortógrada, es decir, erecta. “Por ejemplo, tanto chimpancés como humanos tenemos una caja torácica ancha y poco profunda, y una zona lumbar corta y rígida. En cambio, los monos actuales tienen un plan corporal cuadrúpedo. Como la mayoría de los mamíferos –perros y gatos, por ejemplo– tienen un torso estrecho y profundo, con una columna vertebral larga y flexible en la zona lumbar”, continúa Almecija.

Los esqueletos de simios fósiles del Mioceno muestran combinaciones de características que no existen en la actualidad. El denominado Sivapithecus (de hace entre 12 y 9 millones de años, hallado en India y Pakistán) muestra una cara parecida a un orangután con un cuerpo más similar a un mono cuadrúpedo.

Por su parte, Pierolapithecus (12 millones de años, España) muestra un plan corporal y tamaño parecido a un gran simio actual. Sin embargo, sus vértebras eran parecidas a las de un gibón y sus manos más cortas que las de un chimpancé. “Estas extrañas combinaciones son la raíz del problema. No hay consenso entre los investigadores sobre cómo interpretar estos extraños simios del Mioceno”, indica el experto.

Estas características únicas se deben a que cada especie exhibe su mosaico único de caracteres primitivos y derivados. Por ejemplo, los humanos tenemos cinco dedos en cada mano y pie, una característica primitiva, presente en casi todos los primates y mamíferos.

“Nuestro lento desarrollo no es extremadamente diferente del de los grandes simios actuales (orangutanes, gorilas y chimpancés). Por lo tanto, es una característica primitiva para primates, pero derivada para homínidos. A la vez, mostramos un tipo de locomoción únicamente derivado, entre los primates: bipedismo terrestre habitual”, añade el investigador.

Los primeros fósiles que se considera que podrían estar ya en el linaje humano, representados por varias partes del cuerpo, muestran combinaciones de características. Algunas de ellas están presentes en simios actuales. Otras solo están representadas en simios del Mioceno. Por ejemplo, Orrorin tugenensis (6 millones de años, Kenia) presenta un pulgar y un fémur parecidos al de Australopithecus afarensis (“Lucy”, entorno a 3 millones de años). Sin embargo, otras características del fémur son más parecidas a un simio de Kenia de hace 18 millones de años que a un chimpancé actual.

“Asumir que nuestro ancestro con el chimpancé no era diferente de un chimpancé actual es negar que estos últimos hayan evolucionado”, concluye Almecija.

SINC

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