Torero

Juvencio dedicado durante muchos años a degustar la cerveza y el aguardiente, se relajaba en los atardeceres majestuosos de intenso calor, mirando desde la loma aledaña al río el crepúsculo del atardecer, de un sol enorme con intenso color naranja casi rojo, y disfrutaba del airecillo fresco que bajaba de la sierra hacia la planicie. La corriente del río provocaba en él cierto estupor que le dejaba inmóvil, aletargado, somnoliento, con el deseo de permanecer así para siempre. De cuando en cuando entreabría los ojos y veía a unas garzas blancas surcar el espacio que de momentos se confundían con la blancura de las nubes, no así más allá, volando en ordenado circulo unas aves negras que distinguía en el contraste del fondo azul del cielo y el níveo intenso brillante de las volutas de nube que le herían la retina con la intensidad de un cirrus al reflejar la luz del atardecer. Son zopilotes, se decía, para afirmarse, las aves negras y las blancas en el mismo espacio volando con pasivo encanto hacia el descanso de la noche, en un ritual cauteloso con movimientos compasados, conquistaban el espacio parta dirigirse a sus nidos. A Juvencio le interrumpían su letargo, el golpeteo fuerte y persistente de las pisadas de los toros, vacas y toretes que pasaban a un costado de aquella loma, camino al corral, arriados por un caporal y los ladridos de un perro. De cuando en cuando Juvencio, se incorporaba y arroja algunas piedras al ganado, con la finalidad de que no se desviaran de su camino.

En el mes de agosto, los pobladores festejaban a la patrona del pueblo, la  virgen de la Asunción, se instalaban en el parque, juegos mecánicos, entre los que se encontraban el martillo, una especie de mango con una cápsula metálica en cada extremo, con dos asientos cada, que giraba hacia las alturas provocando los gritos y en ocasiones el vomito de quienes se atrevían a subirse y además pagar por ello, no siempre se tenía dinero en esa región. La rueda de la fortuna, era colocada frente a una casona, en donde se leía en letras grandes en su cúspide: “La ciudad de las flores”. Muchos puestos con frutas llevados de regiones frías, hacían la delicia de quienes las compraban, y muchas otras diversiones destacaban en esta celebración, pero la más expectante, era la corrida de toros, anunciada siempre con anticipación y hacía la competencia entre los grupos musicales que amenizarían los bailes, pero sobre todo el del día 15 que era el más esperado.

Juvencio, empezó ese día 15 de agosto desde temprana hora a prepararse para asistir a los festejos, al medio día, invitado por conocidos, entró a la cantina “El Emperador”, que las mujeres del pueblo conocían como El Empedador, en donde Juvencio, como de costumbre pedía al cantinero la cerveza fría en un tarro de cristal, congelado en la hielera, con un rótulo en este que decía “Corona”. Animado por  la plática y el calor húmedo del medio día, bebía para refrescarse e intercambiar con los demás parroquianos, las novedades del pueblo. Dos o tres rones, agregados a las cervezas, bastaron para convertirle en un hombre deseoso de ser las muchas cosas que había querido en la vida. Era costumbre, como lo ha sido en otros pueblos de España y Portugal, un paseo por las calles de la cuadrilla de toreros, encabezada por el matador, acompañado de los banderilleros, el picador, peones y mozo de espadas, vestidos con sus trajes de luces, en donde destacaba el chalequillo, la montera y la manoletina. Durante el paseo, la gente asomaba por puertas y ventanas y un tumulto de chiquillos intentaban tocar la áspera tela de la vestimenta de colores brillantes. En “El Emperador,” todo fue regocijo al paso de la cuadrilla, los parroquianos brindaron y gritaron ¡oles¡ a los visitantes que darían el espectáculo. Juvencio, ya ebrio de plática, cerveza y ron, con un jaibol en la mano, asomose también ante el griterío de la gente. Hubo hurras y vítores, aplausos, vivas y animo para asistir a las cuatro de la tarde a la plaza a ver al primero de la víspera ser toreado por el elegante torero que encabezaba la cuadrilla.

Así partieron de “El Emperador” algunos de los parroquianos, entre ellos, Juvencio, se encaminaron hacia la plaza de toros, que ya lucía en su apogeo con toda y banda musical que amenizaba con unos pasos dobles. Al llegar, y al pretender comprar su boleto para la entrada, Juvencio se percató que no contaba con lo suficiente, por lo que no le franquearon el paso, no siendo así para los demás que le acompañaban. Incrédulo, revisaba y volteaba sus bolsillos, escuchando los gritos de  ¡ole¡ emocionados y al mismo tiempo los chiflidos y protestas porque el torero no lograba hacer que el astado respondiera a los embates del torero, en el graderío el respetable se inquietaba. En un descuido de los vigilantes, Juvencio alcanzó sortear, a pesar de la embriaguez, la alambrada de púas que cercaba el exterior de la plaza, y se desplazó hacia la barrera, esquivando una serie de polines que sostenían una tarima. Ya en el callejón del ruedo, Juvencio Flores, se embriagó por el escandalo que provenía de los tendidos que en forma de gradas hospedaban a la muchedumbre. Sostenido de la barrera, con lo brazos colgados, veía con la mirada torva y borrosa, provocado por los humos del alcohol, al torero, que intentaba que el toro le respondiera, entre tanto el banderillero, un hombre delgado, enjuto, de mediana edad, intentaba provocar a la bestia con la capa, el cornúpeta les miraba alerta a uno y a otro, torero y banderillero, pero no lograban se moviera, y ante el escándalo y el griterío, que era más intenso, Juvencio, envalentonado por las bebidas espirituosas, saltó como pudo al burladero, el toro al verlo, se abalanzó tras de él, de un lado hacia otro corrían toro y espontáneo, que pretendía lidiar al astado. La muchedumbre enloqueció, Juvencio lograba esquivar los ataques del novillo, y el público entusiasmado gritaba ¡oolee! Y aplaudía, el espontáneo novillero motivado por la animación, sorpresivamente arrebató el capote al torero, lo que provocó el entusiasmo del publico y la ira del torero,  abalanzándose con enojo el banderillero y el picador sobre Juvencio para rescatar el capote. Juvencio se escurría entre el bravo toro y los encolerizados toreros. Dueño del ruedo Juvencio, de cuando en cuando en su loca carera simulaba unas verónicas que la gente vitoreaba. No soportando más el ridículo, el banderillero, se abalanzó contra Juvencio, llevando dos banderillas en la diestra, correteándole con desesperación, no lograba atraparlo,  en momento que casi lo alcanza, impulsó con toda su fuerza las banderillas sobre la humanidad de Juvencio, logrando que una de las banderillas, la más brillante y de mayor colorido, se incrustara en la musculatura de la parte alta de su pierna derecha. El torero se abalanzó sobre de él, pero Juvencio ya tenía en la diestra la otra banderilla, con la mirada excitada, el rostro sudoroso, con la banderilla clavada en la pierna, sangrando, miraba retadoramente al torero, que no se atrevía a acercarse más. De pronto Juvencio corrió hacia una de las tronaderas, en donde logró abrirse paso, corriendo por el callejón, alcanzó la zona de arrastre de los toros, teniendo por ahí una salida espectacular de su debut. Los gendarmes que custodiaban el orden, ya fuera de la plaza, corrían tras de él, correteándolo, sin intentar atraparlo y la gente desde los tendidos volteaba hacia la carretera por la cual en veloz huida a pesar de la banderilla clavada en la pierna, corría Juvencio gloriosamente con el brazo en alto empuñando en la diestra  la otra banderilla. Fue la gloria de esa tarde, el publico le aplaudía, le vitoreaban y le gritaban, ¡tooreero! ¡tooreero! ¡tooreero!

Sintácticas

En el palenque, hermosos ejemplares de gallos se preparan para el combate. Pregunta un visitante ¿cuál es el bueno? El colorado, le responden. Y apuesta una fuerte cantidad.

Para su sorpresa, el colorado pierde espantosamente, casi lo mata el otro.

El visitante, reclama airadamente a la persona que recomendó: ¡Oye, no que el colorado era el bueno!

Sí, el colorado era el bueno. El otro es el malo.

Joaquín Cortés: Su Flamenco