Tal vez hoy tenga mucho que llorar, pero jamás la complicidad de la autocompasión ha sido compañera. Si alguna lágrima debe salir no será por los adioses cobardes ni por la miseria en ellos, no será por causa torpe ni por crueldad de los besos huérfanos, tampoco por los amigos infieles ni por la esperanza rota, no por marchitas palabras ni por eufonías hipócritas. Si hoy tengo que llorar que sea valiosa la pena y más vale el dolor pasajero de la verdad que la belleza nunca cierta de la mentira, y es siempre mejor ahogar el llanto antes de que el llanto nos ahogue.

Tal vez hoy tenga mucho que reír, pero jamás reiré por compromiso ni sentiré por soledad, no permito a la traición propia, si se va a reír que sea con las arrugas de la boca, de los ojos; que sea de dientes salidos, de lengua mordida, de tambaleo en el estómago o de lágrima en el ojo.

Tal vez hoy tenga mucho que querer, pero de querer quiero todo como una posesión egoísta y como un cariño innegable; quiero la risa y las manos, quiero el querer y los dedos, quiero tu cuerpo y también ser tu deseo.

Anhelo los inviernos y al otoño, a una caricia y a un rasguño, anhelo la causa justa y al justo con causa. Anhelo al ajeno, al varado, al roto, al tuerto, al ciego, al ebrio, al cansado, al suicida, al lejano, al herido.

Tal vez hoy tenga mucho que anhelar, y es muy precipitado llamarles a dos extraños un furtivo anhelo de afecto, pero se buscan, se encuentran y se rompen para componerse.

A los años de la memoria siempre ando con cuidado, medito la palabra cuando aún es pensamiento, intento por la herida aprender sin una caída.

Tal vez hoy tenga mucho que prometer, pero jamás prometo lo que pueda cumplir. Me he prometido fervientemente nunca dar paso en falso a menos que sea hacia tu boca.

Cariño, pequeña causalidad, está amaneciendo y yo llevo a tus ojos dentro de mis párpados.

 

 

 

 

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