Benito Juárez fue un hombre de leyes que respetaba la Constitución por encima de todo; incluso por encima de la Biblia que era su libro de cabecera apenas aprendió a leer y en los primeros años de su juventud. Era además un tipo justo que sabía escuchar, valoraba el intercambio de ideas y jamás buscó la pendencia.

Sus problemas con sus contemporáneos (porque nunca quiso soltar el poder), quedaron atrás cuando una angina de pecho lo mató en Palacio Nacional el 18 de julio de 1872, luego de catorce años en la presidencia. En el preciso instante en que cerró los ojos para siempre nació el héroe, el patricio, el benemérito, el ejemplo a seguir. Un ejemplo a seguir con muy mala suerte.

A Juárez lo agarró de bandera un sujeto que llevó a la ruina al país después de quince años de estabilidad y crecimiento económico. Más que admirador, Luis Echeverría fue un fanático de Juárez al que trató de imitar con muy mal tino.

Por decreto presidencial, 1972 fue el Año de Juárez, año en que se escribieron decenas de historias, novelas, cuentos, poemas, obras de teatro y telenovelas que desvirtuaron de tal manera la figura del zapoteca, que ni él mismo se hubiera reconocido de haberse visto.

Echeverría dejó un país devastado, arruinado, devaluado y con una deuda nunca antes vista. Eso sin contar con decenas de desaparecidos en la llamada guerra sucia. En síntesis, nada que ver con Juárez.

Cuarenta y dos años después llegó a la presidencia otro fanático de don Benito, pero más agresivo que Echeverría; más autoritario, más cerrado y más sectario. Un mesiánico al que le gusta satanizar y descalificar. Y al que le importa un pito destrozar reputaciones.

Para el registro quedan las palabras de Andrés Manuel López Obrador como presidente electo: “Yo me inspiro en Juárez, tengo como ideal ser presidente de la República y seguir el ejemplo de Benito Juárez. Quiero ser como el mejor presidente que ha habido en la historia de nuestro país: un indígena zapoteco”.

Pero a veinte meses de su gobierno hay que ver cómo están las cosas con este otro admirador del Benemérito.

Andrés Manuel está descarrilando al país casi desde que comenzó su sexenio, pero no lo quiere ver así. Es incapaz de corregir y lo más grave: es incapaz de escuchar.

Soy de los que sostienen que si Benito Juárez viviera y diera su opinión sobre el gobierno de Andrés Manuel, se lo habría echado de enemigo. El tabasqueño lo fustigaría sin piedad en sus mañaneras, lo acusaría de pertenecer a la mafia del poder, a la minoría rapaz que dejó en la ruina al país y de ser ladrón de cuello blanco.

No contento con eso, ordenaría a la Unidad de Inteligencia Financiera investigar las cuentas bancarias y los posibles actos de corrupción del oaxaqueño. Y luego amenazaría con exhibir su riqueza “mal habida” y sus propiedades, al conque de que su pecho no es bodega.

Para su tranquilidad don Benito ya no vive, pero para su infortunio cada día se parece menos a él. Mientras Juárez tenia autoridad, Andrés Manuel es autoritario. Juárez nunca pasó por encima de la Ley y el tabasqueño lo hace cada que se le pega la gana. Juárez como todos los seres humanos sin duda mentía, pero Andrés Manuel es un falaz consuetudinario y sinvergüenza.

Juárez no era arbitrario ni narcisista y Andrés Manuel sí lo es. Juárez fue un estadista y Andrés Manuel sigue siendo un luchador social que para colmo anda en perpetua campaña.

Juárez era una mente brillante y Andrés Manuel es mediocre. Juárez era discreto y de pocas palabras, Andrés Manuel es protagónico y boquiflojo. Conclusión, el tabasqueño jamás estará a la altura del patricio oaxaqueño.

En su tiempo Luis Echeverría fue protagónico y locuaz. Todos los días salía en las portadas de los diarios del país y en los noticieros de radio y televisión. Igual que en estos tiempos lo hace el tabasqueño.

Si en los años setenta hubieran existido las redes sociales las hubiera ocupado de la misma forma que lo hace Andrés Manuel.

Echeverría hizo poco y habló mucho. Y es tal el olvido en que lo tiene el pueblo, que muchos no saben que aún vive con 98 años a cuestas.

Con su desdén y menosprecio los mexicanos lo condenaron en vida al basurero de la historia, en lugar de colocarlo junto al pedestal de Juárez como era su anhelo.

Y por el mismo rumbo de Echeverría va Andrés Manuel López Obrador. Exactamente por el mismo rumbo.

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