El 9 de septiembre de 1983, de manera azarosa nació el primer grupo de salsa de Xalapa, el Combo Ninguno; en 1991, se abrió el primer lugar destinado al baile de este género, Barlovento. El grupo y el lugar marcaron un hito en el desarrollo musical de una ciudad ya de por sí muy musical, Leonardo Ortiz es responsable directo de este movimiento que sacudió las subidas, las bajadas, las calles empedradas, la neblina y el chipi chipi durante las dos últimas décadas del siglo pasado. He aquí su versión de los hechos.

Mi serenata, lluvia de plata

Mientras las rosas tiemblan
en los jardines dormidos,
mi serenata, lluvia de plata
cuelga de tu balcón.
(Juan S. Garrido.
Noche de luna en Xalapa)

Yo soy de Xalapa y me tocó ser niño en una época en la que los jóvenes solían reunirse en las esquinas de los barrios con las guitarras, los más grandes, ya con mayores destrezas, a veces no de muy buen modo pero iban enseñando a los que estuvieran interesados, entonces me tocó crecer y ver las guitarras como algo muy familiar. Yo vivía en un barrio en las orillas de Xalapa donde la gente, a pesar del frío, abría las ventanas o las puertas y se escuchaba la música, andaba uno corriendo por ahí en los juegos de niño y siempre había un fondo musical. Te puedo decir que me tocó en suerte crecer con un fondo de música de todos tipos: los de las guitarras, que cantaban mucho lo de los tríos de la época, y en la radio recuerdo haber escuchado por primera vez a Benny Moré, Celia Cruz, La [Orquesta] Aragón, La [Sonora] Matancera, todavía no sabía quiénes eran, pero en aquel tiempo había un sinfín de programas dedicados a esos artistas y a esos géneros musicales. El danzón también se escuchaba en la radio.
Cuando estaba en la primaria, las vacaciones eran todo diciembre y enero, salíamos a finales de noviembre y regresábamos a finales de enero o principios de febrero. En ese tiempo íbamos a jugar a las casas de los amigos y pasábamos mucho tiempo ahí, y en todas las casas el radio era muy importante. En mi casa no había radio pero el radio siempre estuvo omnipresente en mi entono.
Cuando comencé a interesarme en la música, un compañero más chico que yo empezó a enseñarme lo poco que sabía y juntos fuimos aprendiendo. Después, alguien me enseñó la progresión del blues que se aplicaba en el rock y ya tuve un conocimiento un poco más sólido. Así fui tomando la guitarra, pero nunca me pensé como músico, yo pensaba que era como jugar fútbol, o cualquier otra cosa, con los amigos del barrio, pensaba que era parte de la vida.

El poli de Ipanema

Pasó algo curioso, es una anécdota que me encanta: en el barrio en el que yo vivía, también vivía un personaje que era activista político, el doctor Castañeda Bringas, dirigente del Partido Comunista Mexicano; lo seguía un policía de Gobernación y resulta que ese policía tocaba bossa nova (risas) y se volvió nuestro maestro. Siempre nos reuníamos en el pórtico de la casa de unos compañeros que estaba casi al lado de la casa del doctor, un día llegó a guarecerse de la lluvia, nos vio con la guitarra y nos las pidió. Él ya tocaba con la armonía alterada y tocaba muy bien, no cantaba pero recuerdo que con él oí los primeros bossa novas, tocados con mucha propiedad.
Era un hombre fornido, más bien llenito, de trato muy amable, no se parecía a la imagen que tenemos de los policías. Hablo de los años que siguieron al 68, él tenía que seguir al doctor y llegó el momento en el que el doctor lo invitaba a que pasara a su casa a tomar un café (risas). Luego el doctor se iba caminando desde la calle Independencia hasta el cerro del Macuiltépetl, el policía tenía que seguirlo y en la subidas se iba ahogando (risas). El caso es que se hizo nuestro mentor y ahí me di cuenta que había otro universo para la guitarra, que no era solamente lo que conocíamos —la progresión de blues aplicada al rock— y lo que se oía en la radio. Siguió yendo durante algún tiempo y después ya no volvimos a saber de él.

Down on the corner, out in the street

Comenzamos a sacar la música que oíamos en la radio, había revistas que traían el cifrado y la letra en inglés —porque si era rock, tenías cantar rigurosamente en inglés—, en esas revistas publicaban el tema del mes o lo que estuviera de moda, y de ahí también aprendíamos.
Esa fue mi primera incursión en la música, después, a alguien del barrio le compraron un bajo eléctrico pero sin amplificador y lo acompañábamos a buscar alguien que le prestara el amplificador por un rato solo por el afán de oírlo sonar. Recorríamos las calles de Xalapa para ver qué amigo tenía un amplificador, hoy en día esto se le ha de hacer muy extraño a todo mundo, pero en aquellos años, tener un amplificador era como tener una joya extraña, y más para unos chamacos sin muchas posibilidades económicas como nosotros.

¡Goza, caballero!

En ese ir y venir me tocó conocer algunos grupos, era como una especie de groupie que me iba a sentar a verlos ensayar, pero era una manera de aprender. Cerca del barrio en el que vivíamos ensayaban Los Joao, que en aquel tiempo no eran tan famosos. Unas cuadras más arriba ensayaban algo de lo que llamaban música tropical que tocaban con un tres, nunca tuve muy claro quiénes eran. El tipo que tocaba el tres era muy simpático, vivía en la esquina de Higueras e Independencia, pasaba con sus camisas tipo hawaiano y su pantalón blanco cargando su instrumento y a veces se detenía y nos tocaba un rato y bailaba, y decía ¡goza, caballero, goza! Le decíamos el goza caballero, era un tipo muy simpático.
En todos los años de mi niñez, cada ocho días viajaba a Veracruz, nos íbamos los viernes en la tarde y regresábamos los lunes en la mañana. Con la familia de allá, en las fiestas de los barrios escuchaba al Negro Peregrino y toda esa música.
Esos fueron mis primeros contactos con la música de origen afrohispano, o afroantillano, que ahora se conoce como salsa.

La hora del mosquito

Cuando entré a la prepa, ya había más compañeros que tocaban y formábamos grupos de rock efímeros, teníamos dos o tres semanas de ensayos, hacíamos una tocada que resultaba frustrada o fallida y ahí, en el debut, terminaba el grupo. Eran los tiempos en los que a los amplificadores se les metía la señal de radio si había un cable o algo mal, yo recuerdo haber pasado una de las escenas de mayor vergüenza una vez que estábamos tocando en una fiesta de jóvenes de preparatoria en la calle de Alfaro casi para llegar al entronque con Pípila, era la época de [Carlos] Santana, yo estaba feliz con el distorsionador y cuando empezamos el tema, yo estaba muy orondo con mi guitarra y se oye La hora del mosquito, todos se comenzaron a reír, apagamos el amplificador, lo volvimos a encender, volvimos a comenzar y volvió a meterse la señal de radio. Llegó el momento en el que todos estaban tirados en el suelo muertos de la risa y burlándose. Recuerdo que le dejé a un cuate mi guitarra, salí corriendo y los dejé a media fiesta (risas). Eran grupos que tocaban en las fiestas del salón de la secundaria o de la prepa y no pasaban a mayores.

Sereno, Moreno

Mi gusto por la música se fue fortaleciendo y cuando entré a la universidad, ingresé en paralelo a la Facultad de Economía y al Conservatorio —como se llamaba la actual Facultad de Música—. Cuando entré, mis conocimientos eran muy escasos, lo único que conocía era un segmento de música popular: el rock y la música afroantillana.
Me inscribí en guitarra, desde luego. No sé si exagero pero yo digo que éramos cientos de alumnos porque el maestro era Alfonso Moreno Luce, que acababa de ganar el Gran Prix de guitarra en Francia, entonces, un sinfín de alumnos estábamos sentados en la calle Sebastián Camacho esperando a que llegara el maestro. Luego asignaron una suerte de monitores o tutores o no recuerdo cómo les llamaban, y ya cada uno se encargaba de un grupo.
Ahí conocí algunos amigos que conservo hasta la fecha como Lucio Sánchez —que ya tocaba en grupos como los Xalver—, Nayo [Bernardo Villagómez], Gilberto Velázquez, Samuel Partida. Lucio me invitó a un taller que daba el maestro Rafael Jiménez, le decía taller de jazz pero, básicamente, lo que me tocó fue más bien de blues, nos puso a componer un tema de blues y se me hacía lo más difícil del mundo. Nos ponía muy buena música y nos sugería discos para escuchar.
El maestro Rafa Jiménez tocaba en las noches en La Pérgola con su combo en el que tocaban Humberto León, Lucio Sánchez y al baterista no lo ubico. El maestro nos invitaba a que fuéramos a verlo y de pronto nos pasaba a tocar el instrumento que estábamos estudiando, cuando nosotros todavía no teníamos las habilidades para estar en el escenario.
No por eso me fui apartando de la formación clásica sino porque mis gustos musicales estaban por otro lado y me fui retirando. Después me tocó salir del país por una oportunidad de estudio y dejé trunco lo de música.

Cuando los huaraches se acaban

Toqué en los que hoy se conocen como «grupos de pastel» o «grupos de música versátil», tocábamos en todo tipo de fiestas, no era una música que en realidad me gustara pero me daba la posibilidad de tocar y, sobre todo, de obtener ingresos. Debo decir que yo me sostuve mis estudios con la música, se ganaba muy bien, mucho mejor que hoy día, en alguna temporada llegué a ganar más que los maestros de tiempo completo de la universidad.
Íbamos a tocar en bodas, XV años, ferias, carnavales. En los viajes pasaba una infinidad de situaciones, no viajábamos en autobús sino en camionetas que a veces se descomponían y llegábamos tarde al lugar de la presentación. Pasaban cosas de lo más extraño, una vez rentamos una camionetita que estaba bastante viejita pero era barata y así quedaba algo para los músicos. En ese viaje iba Lucio Sánchez, en esa época se usaban los zapatos de plataforma. Lucio llevaba esos zapatos, se sentó junto al chofer, estiró las piernas y se quedó dormido. La camioneta se calentó y como la plataforma era de plástico, se derritió (risas), y cuando se bajó iba rengueando y ya teníamos que tocar (risas). Nos pasaron muchas anécdotas como esa.

Ojalá pase algo…

Cuando regresé a Xalapa ya no seguí estudiando música, pero siempre seguí tocando. En esa época comenzaba el movimiento de la nueva trova, que en México se llamó nueva canción, y me gustó sobremanera. Me interesó la lírica, los contenidos de las letras, las canciones ya decían algo, ya no eran nada más un pretexto para que hubiera un fondo musical.
Me interesé a tal grado que hacía lo posible por tener cuanto disco había oportunidad de conseguir. En aquellos años era muy difícil hacerse de material, el único lugar en Xalapa era El Ágora. A veces iba a México a los festivales de Oposición [periódico del Partido Comunista Mexicano] y ahí había stands de compañías como Fotón, Discos Pueblo, había música cubana, y me hice de una colección considerable, importante para aquellos años, y me adentré mucho en esa música
Esto contrastaba porque yo venía tocando en los grupos de música para amenizar fiestas y ya andaban con la onda disco y todo cantado en inglés —si no cantabas en inglés, te autoexcluías porque no te contrataban—, y esas canciones me hicieron cambiar mucho mi manera de mirar la música.
Retomé los estudios de la música, ya con la intención de conocer más la técnica musical para un propósito: hacer un grupo. Pasando el tiempo, nos reunimos un grupo de amigos e hicimos un grupo que se llamó Zafra con el que interpretábamos todos esos temas del canto nuevo y algunos del folclor latinoamericano, pero con una dotación instrumental de teclado, sintetizador, guitarra eléctrica, bajo eléctrico y batería.

 

 

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: El ritmo que nos mueve el corazón
TERCERA PARTE. Auténtica locura que acaricia

 

 

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