Un cóndor de vuelo infinito
llevó en su viaje a Mariana,
desde entonces canta coplas
de la noche a la mañana.

De la noche a la mañana
porque no sabe hacer más
que echar su cultura al vuelo
y llevarla a los demás.

Cuando pastoreaba cabras
se hizo en su voz la epopeya
y en el primer escenario
un cóndor vino por ella.

Un cóndor vino por ella
y la llevó a las alturas,
y desde entonces sus coplas
destrozan las ataduras.

Destrozan las ataduras
que aquejan a la mujer:
el machismo, la injusticia,
la negación de su ser.

Pero también son alegres
las coplas que gusta cantar,
pues para decir la vida
hay que gritar y gozar.

No estoy inventando nada,
en un relato prolijo,
cuando estuvo aquí Mariana,
esto fue lo que me dijo:

Hija de la luna

Yo soy hija de la luna,
nacida del rayo el sol,
hecha con muchas estrellas,
mujer de mucho valor
(Copla verde.
Mariana Carrizo)

Yo creo que cuando tenés algo que te moviliza, no lo pensás, simplemente lo hacés sintiéndolo, y a mí me pasó eso. El canto de la copla en el norte argentino es una expresión cultural viva con la que los pueblos dicen la vida en esas estrofas de cuatro versos, y esas coplas están en la vida cotidiana en cualquier momento del día; así las recibí yo de mis mayores, por transmisión oral.
Yo vengo de uno de los pueblos de los valles Calchaquíes de Salta [Argentina], ahora ya solo queda la gente criolla, pero en esa cultura somos originarios de diaguitas calchaquíes. Crecí en un pueblo de montaña, mi abuela tenía unas cabritas pero eran nada más para el sustento de la familia, no más que eso, y había que ir a pastorearlas al cerro, esa es una actividad que tiene un universo porque se sale temprano, a las siete de la mañana, cuando el sol no está tan fuerte, luego buscás un lugar donde los animales se queden pastando un buen rato y en el tiempo de espera se hacen cosas: tejidos, hilados y muchas otras cosas, y en medio de todas esas actividades, aprendí el canto como un rezo intangible del alma, porque es algo que uno hace sin pensarlo como canto, simplemente lo cantás y nada más. Eso me pasó de niña, cuando pastoreaba con mi abuela en el cerro, ahí aprendí, de a poquito, a cantar las coplas.
Después fui descubriendo que cada vez que cantaba me sentía muy bien, entonces cantaba mucho, y cuando ya fui a la escuela, una vez me llevaron a cantar a un festival y ahí sentí mi plenitud, mi libertad absoluta, porque cuando más chica, cuando pastoreaba con mi abuela, siempre andaban los cóndores muy alto, donde la vista casi no alcanza, con ese planeo tan tranquilo que tienen. Verlos es deslumbrante y siempre me admiraban, yo le decía a mi abuela que me gustaría irme a volar con ellos y cantaba fuerte para que me escuchasen.

Cóndor en vuelo infinito

Mi fantasía era que los cóndor me llevasen por ahí y cuando canté en un escenario, me sentí un cóndor más en un vuelo infinito, y me pasa cada vez que canto, es maravilloso. Yo nunca podría haber pensado si iba a hacer una carrera, si iba a ir a un escenario o a otro, si iba a cantar en qué festival, en qué evento, en qué país, no, eso es superficial, no pasa por lo espiritual.
Fui a cantar ese festival y nada más superó a esa emoción para mí. Seguí cantando y fueron surgiendo lugares para ir a cantar, yo provocaba esos eventos porque la copla no es que es un canto que estaba manifiesto como una propuesta musical escénica, todo lo contrario, era algo de campesinos más bien relegados, entonces tuve que hacer un trabajo de lucha para poder lograr ese espacio que para mí era vital, y lo fui haciendo de manera inconsciente en el sentido de que lo hacía porque lo necesitaba espiritualmente, no estaba consciente de nada, nada más necesitaba cantar y si había un espacio público, yo peleaba por un lugar. Así fui ocupando lugares en los festivales, en cualquier evento que fuera en un espacio público, para cantar por necesidad.
Con el tiempo uno ya va tomando conciencia de lo que está haciendo, de qué está cantando, de cómo elegir lo que va a cantar; la vida va marcando pautas y uno se va acomodando conforme eso va sucediendo. Anduve en muchos eventos y en muchos lugares, y en el año 2004 me convocaron para el escenario mayor en Cosquín, que es el mayor festival de folclor que tenemos en Argentina, y obtuve el Premio Consagración, ese premio se lo dan al artista que más destaca, el que tiene más repercusión en el público, pero no es cualquier repercusión, es en dos sentidos: que uno pega un salto y, a su vez, que repercute en la gente, que se queda en la gente. Eso me sucedió y de ahí fue un antes y un después, porque la gente que me conocía de antes, que seguía las cosas que yo hacía sin ser tan conocida, ahí me reconoció y reafirmó su seguimiento, y también llegué a gente que no me conocía. Así fue creciendo y a partir de entonces, de a poco, con el trabajo que iba realizando, tanto discográfico como los pasos que iba dando, la gente me fue ubicando en un lugar social como cantante de referencia.

Pájaro libertario

Una copla verde canto,
pañuelo de libertad,
toda la fuerza y la lucha
para el aborto legal (…)
pañuelo verde, pájaro
libertario de las mujeres.
(Copla verde.
Mariana Carrizo)

No era consciente, uno va haciendo las cosas como las siente, pero si no te mirás en el espejo y no ves lo que hay al frente, no tenés nada de evolución, pero siempre lo he hecho de la misma manera en el sentido de que siempre he peleado por un espacio que correspondía a mi cultura y que correspondía a la mujer. Siempre lo he hecho desde el lugar de la mujer, siempre desobedeciendo los mandatos patriarcales, eso sí estaba clarito. Después se fue manifestando cada vez más, porque si uno aparece de vez en cuando no pasa nada, pero si aparecés y siempre estás ahí, como molestando, ya se va complicando y te vas enfrentando con muchas cosas, y si estás siempre en lo mismo, la gente sabe que tienes un pensamiento que les marca algo, y bueno, o te reciben o te hacen la pelea (risas).

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: La coplera brava
TERCERA PARTE: Libre y dueña

 

 


 

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