No el 66, el 68 fue el número de la Bestia; en el siglo pasado, ese año, enfurecida por los aires libertarios y justicieros de los jóvenes de todo el mundo, lanzó su baba corrosiva por todos lados: París, Río de Janeiro, Praga, Memphis —donde fue asesinado Martin Luther King—, Los Ángeles —donde cayó Robert Kennedy—, Vietnam. En México, Tlatelolco.

A medio siglo de la masacre que cambió para siempre el rumbo del país, en esta columna recordamos a los caídos con algunos de los poemas que se han escrito sobre la furia de la Bestia.

MEMORIAL DE TLATELOLCO

por Rosario Castellanos

La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen.

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino solo su efecto de relámpago.

Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?

¿Quiénes son los que agonizan, lo que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a la Decoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.

Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.

Esta es nuestra manera de ayudar que amanezca
sobre tantas coincidencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.

* * *

2 DE OCTUBRE, NO SE OLVIDA

por Ricardo Tello Castillo

Un recuerdo en este día es poco
porque es poesía en Tlatelolco.
Azteca de la gran Tenochtitlan,
de esta cultura primera,
contigo los muertos están,
recíbelos en tu luna de primavera.
Son hombres, águilas caídas.
Que la sangre de tantas vidas
despierte a los Dioses de Tlatelolco llenos de terror
y castiguen al loco, por favor.
Mexicanos de todas las culturas
no olviden a sus muertos,
viejos, jóvenes y criaturas
que regaron los huertos con sangre y dolor.
Tráeles flores el día de los muertos
y ponlas en las manchas que hay en el suelo,
ellos te darán las gracias desde las nubes altas
que hay en el cielo.
El tiempo y la distancia todo lo cubre
pero no olvides la matanza del 2 de octubre.

* * *

TLATELOLCO, 68

por Jaime Sabines

1

Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal,
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo:
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y la Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los
desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2

El crimen está allí,
Cubiertos de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.
El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
Alrededor las voces; el tránsito, la vida.
y el crimen está allí.

3

Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.

Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza,

Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

4

Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente
(mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.

Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.

Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

5

En las planchas de la Delegación están los cadáveres,
Semidesnudos, fríos, agujerados,
algunos con el rostro de un muerto.

Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
“Vaya usted a buscar a otra parte”.

6

La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El Gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el “Metro”
porque el progreso no puede detenerse.

Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que construyen la patria de nuestros sueños.

* * *

LAS VOCES DE TLATELOLCO

por José Emilio Pacheco

(Con algunos de los textos reunidos
por Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco)

Eran las seis y diez. Un helicóptero
sobrevoló la plaza.
Sentí miedo.

Cuatro bengalas verdes.

Los soldados
cerraron las salidas.

Vestidos de civil, los integrantes
del Batallón Olimpia
–mano cubierta por un guante blanco–
iniciaron el fuego.

En todas direcciones
se abrió fuego a mansalva.

Desde las azoteas
dispararon los hombres de guante blanco.
Disparó también el helicóptero.

Se veían las rayas grises.
Como pinzas
se desplegaron los soldados.
Se inició el pánico.

La multitud corrió hacia las salidas
y encontró bayonetas.
En realidad no había salidas:
la plaza entera se volvió una trampa.

–Aquí, aquí Batallón Olimpia.
Aquí, aquí Batallón Olimpia.

Las descargas se hicieron aún más intensas.
Sesenta y dos minutos duró el fuego.

–¿Quién ordenó todo esto?

Los tanques arrojaron sus proyectiles.
Comenzó a arder el edificio Chihuahua.

Los cristales volaron hechos añicos.
De las ruinas saltaban piedras.

Los gritos, los aullidos, las plegarias
bajo el continuo estruendo de las armas.

Con los dedos pegados a los gatillos
le disparan a todo lo que se mueva.
Y muchas balas dan en el blanco.

–Quédate quieto, quédate quieto:
si nos movemos nos disparan.

–¿Por qué no me contestas?
¿Estás muerto?

–Voy a morir, voy a morir.
Me duele.
Me está saliendo mucha sangre.
Aquél también se está desangrando.

–¿Quién, quién ordenó todo esto?

–Aquí, aquí Batallón Olimpia.

–Hay muchos muertos.
Hay muchos muertos.

–Asesinos, cobardes, asesinos.

–Son cuerpos, señor, son cuerpos.

Los iban amontonando bajo la lluvia.
Los muertos bocarriba junto a la iglesia.
Les dispararon por la espalda.

Las mujeres cosidas por las balas,
niños con la cabeza destrozada,
transeúntes acribillados.

Muchachas y muchachos por todas partes.
Los zapatos llenos de sangre.
Los zapatos sin nadie llenos de sangre.
Y todo Tlateloco respira sangre.

–Vi en la pared la sangre.

–Aquí, aquí Batallón Olimpia.

–¿Quién, quién ordenó todo esto?

–Nuestros hijos están arriba.
Nuestros hijos, queremos verlos.

–Hemos visto cómo asesinan.
Miren la sangre.
Vean nuestra sangre.

En la escalera del edificio Chihuahua
sollozaban dos niños
junto al cadáver de su madre.

–Un daño irreparable e incalculable.

Una mancha de sangre en la pared,
una mancha de sangre escurría sangre.

Lejos de Tlatelolco todo era
de una tranquilidad horrible, insultante.
–¿Qué va a pasar ahora, qué va a pasar?

* * *

MÉXICO: OLIMPIADA DE 1968

por Octavio Paz

A Dore y Adja Yunkers
Delhi, a 3 de octubre de 1968

La limpidez
(quizá valga la pena
escribirlo sobre la limpieza
de esta hoja)
no es límpida:
es una rabia
(amarilla y negra
acumulación de bilis en español)
extendida sobre la página.
¿Por qué?
La vergüenza es ira
vuelta contra uno mismo:
si
una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa
para saltar.
(Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios).
Mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena,
la limpidez.

* * *

EL ESPEJO DE PIEDRA

por José Carlos Becerra

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco,
los cuchillos de jade hallaron su visaje ceremonial en boca de las
[ametralladoras.
Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco, Nuño de Guzmán oró
[ante Hitzilopochtli
y le ofreció el sacrificio.

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco, descubrieron aterra-
[dos que otra vez existía ese país,
aquel que ellos creyeron sepultado
bajo jade y las plumas y los estípites y los palacios de Adamo
[Boari y los desayunos en Sanborn´s,
de su oportuna y mestiza retórica.

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlateloloco, treinta años de paz
[más otros treinta años de paz,
más todo el acero y el cemento empleados en construir la esce-
[nografía para las fiestas del fantasmagórico país,
más todos los discursos,
salieron por boca de las ametralladoras.

Lava extendiéndose para borrar lo que iba tocando, lo que iba
[haciendo suyo,
para traerlo a la piedra del ídolo nuevamente.

¿Pero lo trajo de nuevo a la piedra del ídolo?
¿Pero tantos y tantos muertos por la lava de otros treinta años
[de paz,
terminarán en la paz digestiva de Huitzilopochtli.

Se llevaron los muertos quién sabe adónde.
Llenaron de estudiantes las cárceles de la ciudad.
Pero al jade y a las plumas y al estofado de los estípites y a
[los nuevos palacios que ya no construyó Boari, y a los des-
[ayunos en Sanborn´s,
Se les rompió por fin el discurso.

Y cuando intenten recoger esos fragmentos de ruido para con-
[templarse,
encontrarán en ellos solamente
a los muertos hablándoles.

A treinta años de paz –como otros treinta años de paz-,
más todo el acero y cemento empleados en inventar la sombra
[de un país,
más a todos los discursos y los planes de negocios dulcemente
[empapados
por el olor de los desayunos en Sanborn´s,
se les rompió, de pronto, el espejo.

Se apostaron como siempre detrás de una iglesia,
poco importa si laica o religiosa,
y otras «Noches» y otras «Matanzas»,
vinieron en ayuda de ellos.

En la Plaza de las Tres Culturas,
el «Cacique gordo de Zempoala» y don Nuño de Guzmán y el
[anciano general perfectamente empolvado,
descubrieron que en realidad eran uno solo, porque secretamente
[siempre
desearon parecerse a Limantour.

Después de haber desayunado juntos en Sanborn´s,
el «Cacique gordo de Zempoala» y don Nuño de Guzmán y el
[anciano general perfectamente empolvado,
en la Plaza de las Tres Culturas, escucharon
-ya uno de los últimos conciertos-
el vals Dios nunca muere.

* * *

TLATELOLCO: 2 DE OCTUBRE DE 1968

por Óscar Oliva

El comandante responsable soy yo. No se decretará
el estado de sitio: México es un país donde la
libertad impera y seguirá imperando.
Conferencia de prensa del general
Marcelino García Barragán, secretario
de la Defensa Nacional, a unas horas
de producirse la matanza en la Plaza
de las Tres Culturas, Tlatelolco.

 Los helicópteros han lanzado luces,
ojos abiertos suspendidos en el aire.
Siguiéndolos, yo les doy mi caída.
¿Qué es ese fragor, ese ruido de muchas aguas?
El avance de los soldados es delatado
por el golpeteo de los tacones de sus botas.
Soy uno de los primeros en caer.

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