No sé mucho de esto, pero sí recuerdo que en la primaria o la secundaria me enseñaron que hace alrededor de trescientos millones de años había una sola masa de tierra, un supercontinente llamado Pangea —nombre integrado por las voces griegas pan (todo) y gea (tierra)—, pero hace más de cien millones de años inició un proceso —que continúa hasta la actualidad— de fractura y dispersión de fragmentos cuyo resultado ha sido, al menos hasta este momento, la formación de los cinco continentes que conocemos y el montón de islas que hay dispersas por todos los mares.

El término pangea fue acuñado por el meteorólogo y geofísico alemán Alfred Wegener en 1914. Ciento tres años después, otro alemán —pero éste, además mexicano—, José Díaz de León, inició un proceso de reintegración de ese continente único con un proyecto musical que se llama, justamente, Pangea Última.

Algo de pangeaense (¿pangeaeño?, ¿cuál será el gentilicio de Pangea?) tiene José Díaz de León pues nació con un pie puesto en Europa y el otro en América. Piensa, habla, sueña, ama, vive, simultáneamente, en una lengua germánica y una latina. Su madre es alemana, su padre, mexicano. Nació en Freiburg, Alemania, ciudad en la que vivió los dos primeros años de su vida. Posteriormente, la familia se trasladó a la Ciudad de México, ahí inició sus estudios musicales en una escuela que hacía énfasis en la música tradicional mexicana, especialmente la prehispánica.

Una década después, cuando tenía doce años, la familia se regresó a Alemania, donde continuó con sus clases de violín y guitarra en el ámbito de la música clásica, y estudió la carrera de jazz en el Conservatorio de Colonia, ciudad en la que radica desde entonces.

Su condición pangeana lo llevó a participar en agrupaciones musicales de muy diversos orígenes y estilos, tras varias experiencias decidió «formar un proyecto propio que integrara sus raíces y experiencias individuales». Organizó una serie de conciertos en Colonia para Latin Vibes en los que tocaba con diferentes músicos invitados. De esos conciertos surgió la base musical del proyecto Pangea Última. «El bajista de Latin Vibes y José se juntaron con un flautista peruano, un baterista italiano y un conguero alemán. Grabaron un EP y lo mostraron a la disquera Neuklang. Tras la buena aceptación, realizaron el primer álbum, Espacios Abiertos (2017), y comenzaron a tocar por toda Alemania», se lee en la sinopsis biográfica del grupo.

El afán integrador continuó y el año pasado, antes de que se declarara la pandemia (término también formado con el prefijo pan, pero en este caso para nombrar una fatalidad), logró el segundo registro fonográfico, Camino a Mictlán.

«Empecé con algunas de las composiciones en 2018 —comenta el músico camaleónico—. Sentía que los temas de Espacios Abiertos estaban muy cuadrados y eran difíciles de tocar, tenía la necesidad de crear algo menos concreto, que permitiera a los músicos tomar más libertad. Espacios Abiertos es un álbum conceptual que salió más de mi cabeza que del corazón, es más intelectual de cierta manera. Camino a Mictlán salió solito, al realizarlo no se sentía forzado. El primero quise que saliera, el segundo fluyó y salió solo…

«Para lograr la gama musical en Camino a Mictlán, Pangea Última contó con la colaboración en la batería del uruguayo Diego Piñera, Joscho Stephan en la guitarra gipsy, Daniel Manrique-Smith tocó la flauta, Julian Bossert el saxofón alto, Norman Peplow el piano, Roland Peil grabó percusiones adicionales como la quijada, shekere, maracas, güiro y clave, Hindol Deb, originario de Kalkutta, India, incorporó el sitar, Waskhar Schneider en el didgeridoo y Natascha Young la segunda voz. Cada invitado ejecutó solo un cierto número de temas otorgando al álbum una diversidad de colores.

«Pensando en un futuro, Pangea Última proyecta, en sus presentaciones en vivo como quinteto, incluir al baterista holandés Antoine Duijkers (especialista en ritmos africanos) y a la saxofonista francesa Christine Corvisier (toca varios saxofones, flauta y canta)».

Camino a Mictlán es un proyecto que recuerda a Rayuela o 62/Modelo para armar de Cortázar, el autor pone una serie de canciones —nueve, para ser exactos, una por cada dimensión que hay que cruzar para llegar al Mictlán— como si se tratara de piezas de distintos rompecabezas para que cada quien arme su propia versión de la pangea. La variedad cultural —y por ende, de lenguajes— del material produce en el escucha experiencias sónicas y sensoriales muy diversas. Como en cualquier suite, cada tema es una historia individual completa y el conjunto es una gran narración que, en el caso de Camino al Mictlán resulta toda una epopeya. Pueden escucharlo en la web oficial de Pangea Última o en Spotify; no dejen de hacerlo, me agradecerán el consejo.

 

 



 

 

 

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