El poeta francés Paul Louis Claudel (1868-1955), hermano de la escultora Camille Claudel, reflexiona en la película Camille Claudel 1915, sobre su condición espiritual: “En aquel momento me olvide de la religión. La respetaba con la ignorancia de un salvaje. La primera luz de verdad, me fue dada al encontrar los libros de un gran poeta… Le debo gratitud eterna, y está en un lugar visible de mi formación del pensamiento: Arthur Rimbaud.

Leyendo Iluminaciones, y después de unos meses, Una temporada en el infierno, fue para mí, un acontecimiento decisivo.

Por primera vez, estos libros abrieron una grieta en mi prisión materialista, y me hicieron vivir una vida… casi una impresión física sobrenatural.

Fui un niño desgraciado que, el veinticinco de diciembre de 1886, acudí a Notre Dame de París, para asistir a los oficios de Navidad.

Cuando empecé a escribir, parecía que en las masas, era tratado con un superior diletantismo. Me gustaría encontrar una emoción adecuada, y la materia de algunos ejercicios decadentes.

Empujado por la multitud, asistí a la misa mayor, con no mucho placer.

No teniendo nada que hacer, volví a las vísperas.

Hijos de los maestros vestidos con túnicas blancas, y alumnos del seminario Saint-Nicolas-du Chardonnet, cantaban lo que más tarde aprendí, era el Magnificat.

Estaba yo de pie, entre la multitud, cerca de la segunda columna, junto a la entrada del coro, a la derecha, al lado de la sacristía.

Y entonces sucedió- el acontecimiento, que domina mi vida.

En un instante, mi corazón fue tocado, y yo lo creí así.

Pensé con semejante fuerza de decisión, y con tal certeza, sin dejar ninguna duda, que ni los libros, ni el razonamiento, ni los peligros de una vida agitada, no podían tambalear la fe. Tuve de pronto la sensación, la inocencia, de la eterna infancia de Dios…”

La eterna infancia de los hombres queda arraigada en los registros de la memoria, que intervienen en la conducta que les rige, este instinto toca el espíritu hasta de los más templados, conduciéndoles a incertidumbres o certezas… Benedicto, de ocho años de edad, cortaba la masa ácima extendida sobre una larga mesa de madera en el convento de las Madres Adoratrices; utilizaba como herramienta un vaso de cristal que al embrocarlo dibujaba los cortes circulares de lo que serían las purificadas ostias para ser bendecidas…Los misterios de la religión le apresan, conduciéndole a los límites de su esencia.

La monja está de espaldas, voltea dando al mismo tiempo una bolsa de plástico al cortador de hostias para que las vacíe en ella, otra bolsa de papel para los recortes sobrantes que se llevará como gratitud o recompensa por permanecer parte de la tarde en esa sagrada labor. La religiosa despide a Benedicto del convento, con la bolsa de pedazos de ostias aún no bendecidas, se encamina; contrario a su costumbre, se dirige por la calle calzada con piedra recorriendo tramos sobre la banqueta adosada de lajas; algunas de estas se mueven con el peso del pequeño caminante; toma por la calle Alatriste, viendo a lo lejos la iglesia de la ciudad, templo construido durante la evangelización española. Poco a poco se va acercando, sube por las escaleras hasta alcanzar el atrio, hace un alto en la entrada principal; ya dentro, camina por la izquierda; las gruesas columnas que sostienen la nave le impiden ver en su totalidad el retablo de madera tallada del altar; divisa sentado en una de las bancas, libre ya de las columnas, a el presbiterio, el ambón y la credencia; al fondo del altar, la imagen de la virgen de la Asunción, a la izquierda un Cristo crucificado, con el cuerpo sangrante. Benedicto se incorpora,  se acerca con la bolsa de papel sostenida en la mano izquierda, con las trazas de las hostias; eleva la mirada manteniéndola un largo rato contemplado el Cristo…

Benedictino, se formó como sacerdote, ya adulto, en la iglesia Di Chiesa del Sacro Nome di Gesú, iglesia madre de la Compañía de Jesús, en Roma; opulenta desde su construcción en el siglo XVII, en profuso arte barroco romano. El sacerdote jesuita hincado ante la imagen se pregunta: ¿Por qué mi alma buscaba tantas pruebas? ¿Por qué me obstinaba en darle la espalda?.., quizá como decía Monsieur Napoleón, en su última batalla: La fascinación de los hombres, por lo fantástico me apresaba… Mi alma quería a esa parte de mi ser, aún aprisionado por la razón, que todo aquello, no era más que un sueño… Los límites de mi corazón, se niegan a encontrar una respuesta, hacerlo, sería aceptar ser razonable…y no le deseo a nadie… los límites de esa prisión.

 

Sintácticas

En la película británica-serbia, Cuando cae la nieve, la hermosa Katya Grinkova a Alexander Ivanov:

¿Le gusta su trabajo? Sí, ¿apasionadamente?.. Quiero cambiar las cosas, ¿Para qué?.. Para tanta gente como pueda…Por eso me metí en política…Fue mi padre quien me inició en esta carrera… ¿Y cómo va a encontrar su pasión en la vida…si sigue el sueño de su padre?

De la misma Katya Grinkova: Los crímenes de un hombre no invalidan toda una ideología.

En la película Anna Germán: A veces un día…es igual a toda la vida.

Martha Argerich. Chopin- Piano Concerto N° 1 in E minor. Op. 11. Varsovia Orchestra. Conductor: Jacek Kaspszyk: