Quizá una de las dimensiones que no hemos valorado de lo que estamos viviendo como sociedad con todo lo que nos trajo esta pandemia es el “duelo”. El duelo a todo lo perdido, el proceso por el cual decimos adiós a muchas cosas que ya no tenemos y el proceso que nos lleva a sanar y estar en paz con los hechos y con la situación actual.

El duelo es algo que los seres humanos vivimos en varios momentos de nuestras vidas, algunos más fuertes que otros, y cada persona de distinta manera e intensidad, de acuerdo a las interpretaciones con las que lo acompañamos. Como sociedad también se viven y se procesan duelos. El problema es que muchas veces ni siquiera sabemos que estamos en un duelo o que estamos viviendo un duelo. Los efectos de no procesar un duelo o de no ser conscientes de que lo vivimos pueden ser en muchas ocasiones muy destructivos.

Las personas y también las sociedades, una comunidad o una familia, pueden quedarse en una posición de víctimas permanentes cuando los duelos no se procesan o no se hacen conscientes.

Cuando somos víctimas de una situación injusta, de un delito, de un abuso, y no de un accidente o de una causa natural, el duelo se vuelve doblemente difícil, y también se corre el riesgo en mayor medida de caer en una autopercepción de víctima permanente, vitalicia.

Cuando las víctimas lo son por una promesa que se rompió o que no se cumplió, como puede ser una violación, un abuso, una agresión, un homicidio, o cualquier acción transgresora de la libertad, dignidad, la identidad de una persona, superar esa situación se vuelve algo sumamente complicado, doloroso y, a veces, insuperable.

El duelo es relativamente más fácil de superar cuando la causa es algo que se dio como natural, como la muerte por enfermedad, o un accidente, aunque ello no quiera decir que no tenga su grado de complejidad o que también no sea un proceso doloroso.

Como comunidad, como sociedad, o incluso como humanidad entera, también podemos pasar por el proceso de ir diciendo adiós y despedirnos de algo que ya no volveremos a tener, y desde luego eso también es causa de angustias, de formas de reaccionar distintas y muchas veces de conductas erráticas.

Para no quedarnos en la situación de víctimas permanentes, sea ello producto de un proceso natural o de una injusticia, es necesario procesar los duelos. La acción, y las conversaciones como una forma de acción, es una herramienta muy poderosa para vivir las pérdidas; para ir hacia un espacio o momento distinto, donde podamos llegar, sin haber olvidado, a ser distintos; para aprender de ese proceso y de esas pérdidas; para interpretarlas de una manera diferente que nos den paz y, quizá también, nuevas perspectivas de futuro.

Sin embargo, hay víctimas que su modus operandi es seguir siendo víctimas, casi hasta profesionalmente, se vuelven víctimas profesionales, de eso viven, a eso se dedican, y “exigen” a otros un trato, una dádiva, una concesión, una compensación, un apoyo, de manera coercitiva, clientelar, casi obligatoriamente, casi corporativamente.

La víctima vitalicia exige al otro que debe de servirle porque “soy víctima”, le exige a su familia, sus amigos, su  comunidad o al gobierno que lo trate como víctima.

Desde luego una víctima durante un tiempo razonable se considerará una víctima y vivirá un proceso de duelo doloroso. Lo sano sería que esa persona poco a poco y con el tiempo, rehaga su vida, supere el trauma, e incluso aprenda de él, e idealmente, se vuelque a la acción, a nuevas formas de ser y de hacer, a ver con optimismo y esperanza el futuro, y sobre todo pedirle a quienes lo rodean y con quienes interactúa que no lo traten como una víctima.

La otra opción es que la persona se quede sin superar ese trauma, en el juicio de ser una víctima toda la vida, en la amargura y el resentimiento, y peor aún, en la exigencia hacia los demás de que la traten siempre como a una víctima.

El lenguaje y las conversaciones son vías muy poderosas para resolver quiebres, duelos, relaciones, e interpretaciones sobre la realidad y sobre las posibilidades que tenemos hacia el futuro, tanto como personas como comunidades, sea ésta una familia, un grupo social, un espacio laboral, etc.

Las declaraciones, como actos del lenguaje, pueden ser liberadoras en un proceso de duelo. La declaración del perdón es quizá en ese sentido la más poderosa. Cuando perdonamos se disuelve el duelo.

Desde luego muchas veces es necesario la ayuda externa, ante el quiebre, que alguien nos ayude a salir de esa condición, un o una terapeuta, una o un tanatólogo, etc. Muchas veces no podemos hacerlo solos.

Necesitamos que nos ayuden a observar la forma como le conferimos sentido a una situación, a crear otras interpretaciones, a observar nuestras posibilidades, nuestros dilemas, nuestras emociones, y a poder hacer las declaraciones necesarias o abrir las conversaciones que necesitamos.

Heráclito decía que el logos, la palabra, es como un rayo que ilumina las cosas. El lenguaje y las conversaciones nos ayudan aclarar las cosas y eventualmente a sanar, a reconciliarnos con el pasado, a no quedarnos en el resentimiento y en la resignación, para ir hacia la aceptación y movernos hacia el futuro.

La familia que ya no tenemos, la pareja que ya no tenemos, los amigos que ya no tenemos, las relaciones que ya no tenemos, la colonia, ciudad, país que ya no tenemos, todas son pérdidas, todos son duelos que procesamos bien o mal.

En México necesitamos nuevas distinciones, nuevos juicios, nuevas interpretaciones, nuevas declaraciones que nos posibiliten nuevos aprendizajes, nuevas acciones y nuevas formas de relacionarnos para poder salir del resentimiento y la resignación, de la discordia permanente, y nos guíen hacia el futuro y la paz.

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