Alonso Blanco es el músico que su padre no pudo ser, le inoculó el amor por la música a través del ADN y propició su desarrollo otorgándole todas las facilidades para que se desarrollara. Rodeó a sus cuatro hijos de instrumentos musicales, los motivó a tocar desde la infancia, generó todas las condiciones para que se contagiaran de su pasión y cuando descubrió que Alonso había sido seducido por Santa Cecilia, lo trajo a Xalapa y lo inscribió en la Facultad de Música. Así empezó una larga historia que ha surcado los mares del planeta cautivando, como sirena, a cuanto oído se le ha puesto enfrente.

Intro

Mi familia es de Huatusco, ahí nací y crecí. A mi papá siempre lo movió mucho la música, pero mi abuelo era muy exigente y se tuvo que ir a estudiar medicina a la Ciudad de México. Allá iba a conciertos, conoció gente que tocaba y, a la par que estudiaba medicina, fue aprendido, con amigos, a tocar la guitarra y el órgano.
Recuerdo una anécdota: nos decía fue a una escuela de música en México y preguntó qué se necesitaba para estudiar ahí, y le dijeron ¿cuántos años tiene su hijo? (risas). Iba a preguntar para estudiar él, pero como ya estaba grande, no había posibilidades.
Como pudo aprendió a tocar. Cuando regresó a Huatusco, se casó, formó una familia y empezó a formar grupos con amigos o con músicos de ahí y era la novedad porque tenía instrumentos y equipo que llevó de México.
Somos cuatro hermanos, dos mujeres y dos hombres; crecimos en una casa llena de instrumentos musicales que ahora son vintage: un teclado Rhodes, un órgano de pedales tipo Hammond, una bocinota Leslie, que eran muy famosas. A mi papá le gustaba tocar de noche, nosotros nos íbamos a acostar y lo escuchábamos antes de dormir; ahí me entró el gusto por la música popular mexicana, los boleros de la época de oro como los de Agustín Lara, todo eso tocaba mi papá.

Take one

Desde chicos empezamos a adentrarnos en la música. Primero, mi papá nos ponía a cantar villancicos y nos decía a ver, tú agarra la batería; tú, la guitarra. Después hicimos nuestro conjunto que se llamaba Los cuatro hermanos, fue una etapa de muchos años en la que empezamos a desarrollarnos en la escena musical. En la mañana íbamos a la escuela, en las tardes jugábamos un rato y luego mi papá nos ponía a ensayar, a veces no queríamos pero teníamos que hacerlo y se volvió una rutina. Así fue como empezamos a aprender a tocar varios instrumentos, yo toqué un poco de todo, empecé con la batería, luego toqué guitarra, bajo, piano eléctrico. Mi papá también tenía el gusanito de la composición, empezó a componer sus piezas y nosotros las tocábamos. Estaba el boom de la bossa nova en México, mi papá la escuchaba mucho y nos aprendimos La chica de Ipanema, O barquinho, todas las famosas. Me encantaba esa música.
Cuando ya teníamos armado el grupo, empezamos a hacer presentaciones, tocábamos en los festivales de las escuelas, en los festivales del Día de la Madre, todo eso. Hay un teatro en Huatusco que tuvo su época de oro antes de la Revolución, se llama Teatro Solleiro; dicen que llegaban óperas de la Ciudad de México, tiene su historia ese teatro pero durante muchos años abandonadísimo, luego lo remodelaron y volvieron a abrirlo, ahí hacía festivales mi papá y tocábamos.
En una época, mi papá quiso poner un lugar que tuviera un escenario, abrió un restaurante y le puso El rincón del bohemio. Ahí llegaban todos los músicos de la región —tríos, cantantes, pianistas— y se armaban unas tertulias increíbles. A Huatusco le llamaban la ciudad de los pianos porque había muchos, entonces había una cultura del piano y mi papá ya tenía piano acústico. También tenía una marimba grande, entonces, mis hermanas tocaban la marimba, yo el bajo y mi hermano la batería; así tocábamos todos los domingos en El rincón del bohemio y eso se ponía en grande. Era muy bonito, son grandes recuerdos.
Hubo una etapa en la que llegó un violinista de Córdoba que se llamaba maestro Centurión, tenía un cuarteto de cuerdas y a mí me sonaba increíble, decía wow. Mi papá tenía violines y le dijo a ese maestro que nos diera clases, entonces estuvimos estudiando un tiempo, a mí me costaba mucho trabajo porque la técnica del violín es muy difícil, pero ahí estábamos.
Poco a poco me fui adentrando más en el teclado, me gustaba sacar piezas de oído y empezaba a improvisar, porque cuando tocábamos música tropical —tocábamos de todo— había una parte en la que mi papá nos decía decía ad libitum y le hacíamos como podíamos, pero yo no tenía una idea de qué era eso, no sabía de jazz ni nada de eso.
Alguna vez, mi papá tocó algo en el piano y yo dije suena tremendo. Era el famoso Take Five, fue un boom; ahora ya nadie lo quiere tocar (risas), pero yo me acuerdo que lo oía y decía ¿qué será eso?, alguna vez lo intenté tocar, no pude pero se me quedó ahí como algo buenísimo.
Durante la primaria, la secundaria y hasta la prepa, yo seguía tocando el teclado. Ya tocaba un poco más y, como te decía, empezaba a improvisar. Mi papá nos enseñó lo básico: primera, segunda, tercera; mi mayor, mi menor; círculo de do; todo lo que aprende un músico popular. Poco a poco fui encontrando más cosas de armonía, tocaba un acorde y le ponía otras notas y decía esto suena chido; con el tiempo me di cuenta de que eran las séptimas, novenas, oncenas, trecenas, toda esa teoría que ahora encuentras donde sea, pero en ese tiempo no la encontrabas. Una vez estaba improvisando y me encontré una nota que dije ay, esta nota suena increíble, ya después me di cuenta que era la famosa blue note que todo mundo conoce en el ambiente del jazz, pero yo la encontré tocando antes de que me la enseñaran.

Saxofón, saxofón, no me quieras matar, saxofón

En el transcurso de la preparatoria, mi papá se dio cuenta de que me gustaba mucho y me dijo yo no tuve la oportunidad pero tal vez tú sí quieres seguir en la música. Ya sabíamos que en Xalapa estaba el Conservatorio —así se llamaba la Facultad de Música en esa época—, ¿qué te parece si vamos a preguntar?
Tomé algunas clases en Huatusco con una maestra, ella me dio mis primeras clases formales de piano; usaba el famoso método Beyer, son cosas muy básicas para principiantes y yo entendía bastante bien. Ese fue mi primer acercamiento a las notas y al solfeo, además de las clases de violín en las que el maestro nos ponía a hacer planas de las notas.
Llegamos a Xalapa, fuimos a preguntar y me dijeron mira, para piano es muy difícil porque se le da prioridad a los más chicos; puedes presentar examen pero no sabemos si vayas a quedar, pero presenta para otro instrumento en el que sí te dé la edad.
Presenté para saxofón porque también lo había tocado en Huatusco, y quedé. Entré a la Facultad y fue como un golpe porque no tenía nada que ver con lo que yo hacía, era otra música, otro entrenamiento, solfeo, historia de la música; el repertorio del saxofón era contemporáneo, algo que yo jamás en la vida había oído. No entendía y no me gustaba, fue bien difícil. Me ponía a improvisar en el patio de la Facultad y me acuerdo que una vez un maestro me regañó, me dijo primero tienes que estudiar así y asá, y después ya podrás improvisar.
Estuve como dos años en saxofón, toqué algún material contemporáneo pero la verdad es que no estudiaba mucho. Debes tener mucha disciplina porque es un repertorio pesado, tienes que estar en friega todo el día, y yo me ponía tocar el piano porque me gustaba más, entonces no le daba el tiempo necesario al saxofón. En un momento, metí una carta al Consejo Técnico para cambiarme a piano, y se pudo.

Platica con el piano mientras yo te gano

Me cambié a piano y volví a empezar (risas), pero también era otro mundo, había que aprender las bases del piano, la técnica, el repertorio; Bach, Beethoven, todos los grandes compositores de los que yo no tenía ni idea. Además, había que leer y yo no tenía ni la práctica ni el gusto, sí iba a solfeo pero era porque tenía que hacerlo. Me llevó un tiempo porque cuando no tienes esa práctica, te ponen una partitura y tardas horas en coordinar dos manos, diez dedos, y tienes que ver una clave arriba y otra abajo. Cuando estás empezando es súper difícil, es un sufrimiento (risas), pero fui persistente, estuve friega y friega, y llegó el momento en que logré verle el lado práctico y el lado necesario a leer.
Empecé a conocer y a adentrarme más en el repertorio del piano, son siglos de música y la empecé a valorar. Disfruto mucho toda esa música que es interminable, en piano hay música para toda la vida, sería imposible tocarla toda, sin embargo, yo traía el gusanito de la música popular, de improvisar y eso me fue difícil porque ahí nadie improvisaba. A veces me ponía a improvisar pero con miedo, alguna vez entró un maestro y me dijo ¡no, no puedes tocar eso, deja de tocar eso!, pero bien enojado, y yo me espanté. Fue una parte difícil de la Facultad de Música (risas) porque no había apertura; ahora es diferente, ya hay hasta escuela de jazz, son otros tiempos, pero antes, no.
En la Facultad había algunos compañeros que tocaban música popular, estaban un tiempo y la mayoría se salían porque no era lo que querían, pero yo seguí adelante como pude y tarde o temprano fue positivo para mí.

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: En el jazz, la vida es más sabrosa
TERCERA PARTE: El siete mares

 



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