Los hombres que están constituidos en su naturaleza por el furor, tienen tanta ferocidad al principio de las luchas, que esta voluntad se va deponiendo conforme se va pasando el furor, perdiendo así la fuerza de la misma voluntad. Saber manejar el furor que se da al principio de una rebelión, se puede mantener con arte, la voluntad feroz de los hombres hasta el final de las luchas, para alcanzar la victoria.

Y para probar esto, menciona Maquíavelo, hay tres tipos de ejércitos: uno en donde hay furor y orden, porque del orden nace el furor y la virtud; pues todas las historias nos demuestran que en los ejércitos romanos, había una buena organización, logrado por el largo sometimiento a la disciplina militar. Y en un ejército bien organizado, nadie debe de hacer nada sin tener orden de hacerlo, y por eso vemos, que en el ejército romano, del cual, después de que hubo vencido el mundo, tomaron por ejemplo todos los demás. No se comía, no se dormía, si no era por orden del cónsul. Pues los ejércitos que obran de otra manera, no son verdaderos ejércitos, y si se comportan bien, lo hacen por furor y por ímpetu, pero no por su virtud. En cambio, aquellos en que la virtud organizada usa su furor en los modos y tiempos oportunos, no se atemorizan ni pierden el ánimo ante ninguna dificultad: pues el buen orden les renueva el ánimo y el furor, alimentándolos con la esperanza de la victoria, que nunca falta, mientras el orden permanece firme. Lo contrario sucede a los ejércitos y a los gobiernos en donde hay furor, pero no orden: pues, si no logran vencer o poner orden al primer empuje, como aquel furor en que ponen su esperanza, en donde no se sostiene por una virtud ordenada, no tienen, fuera de eso, nada en lo que confiar, en cuanto se enfría el furor, se vienen abajo.

Y esto se comprueba en todas las acciones humanas. Por eso el bien, se conquista tan difícilmente, a no ser que la fortuna ayude de tal modo, que con su fuerza pueda superar ese inconveniente natural y ordinario.

De la consecuencia de las órdenes a un ejército o a un grupo que no esté bien preparado

Nicolás Maquíavelo revisa los conflictos, en las batallas o la gobernanza, en cualquier circunstancia en que se produzcan; una acción o unas palabras, pueden llevar al triunfo o al fracaso. Sucedió en la guerra de los romanos, contra los volscos, cuando Quincio, viendo que uno de los flancos de su ejército cedía, comenzó a gritar fuertemente que se mantuvieran firmes, que el ejército vencía en el otro lado, y como sus palabras dieron ánimos a los suyos, se descorazonaron los enemigos, y venció.

Si tales voces causan un gran efecto en ejércitos bien organizados, en uno desigual y desorganizado resultan aún más eficaces, porque todos se dejan llevar por su impulso. Un ejemplo notable, sucedió en la ciudad de Perugia, que estaba dividida en dos partidos, el de los Oddi y el de los Baglioni. Éstos gobernaban y aquellos que estaban desterrados, con la ayuda de sus amigos reunieron un ejército y, ocultándose en algún lugar cercano, con el apoyo de su partido entraron una noche en la ciudad sin ser descubiertos, se dirigieron a tomar la plaza principal. Como aquella ciudad tiene en todas las esquinas cadenas que cierran las calles, los partidarios de los Oddi llevaban delante a uno que, con una maza de hierro, rompía el cierre de las cadenas para que pudieran pasar los caballos. Y cuando sólo le faltaba romper la que desembocaba en la plaza, ya se había dado la alarma, y el que rompía las cadenas se encontró tan apretado por los que le seguían, que no podía levantar bien el brazo para romper aquel último candado, por lo que, para poder moverse, dijo: “¡Haceos atrás!”, y esa

palabra, atrás, fue pasando de boca en boca, de modo que los últimos empezaron a huir, los otros les siguieron alocadamente, derrotándose a sí mismos, y el intento de los Oddi, fracaso.

El furor del triunfalismo, les lleva a los gobiernos, a la profunda confusión que les socaba el entendimiento, cayendo en el tobogán del fracaso, que les conduce no tan sólo a la pérdida de la credibilidad, si no al aniquilamiento, porque, la razón, se les extravía en el marasmo de la omnipotencia, llevándoles a la perdición de la memoria, de su origen, de quienes son, y que la frustración acumulada durante años, se les convierte en soberbia enceguecedora, metamorfosis  que en aparente bálsamo para su alma, les derrota.

He ahí infinidad de ejemplos, que la Divina Providencia ha dado, empedrando los caminos de buena voluntad, que conducen al destino; pero, que más de las veces, es la sinrazón del ser, la que obnubila la realidad, y se camina por las piedras incandescentes que les arroja al precipicio de Hinón, identificada metafóricamente con la entrada al mundo del castigo en la vida futura, siendo el infierno un lugar para el malvado y los incapaces en estos menesteres, en el que la mayoría de los castigados permanecen años, aunque algunos eternamente,  protagonizando como Hades y Perséfone, el descenso a sus propios infiernos.

Sintácticas

De los consejos del cardenal Mazarino

Di palabras elogiosas al que está afligido, y sobretodo, consuélalo, pues en situaciones como éstas, salen a la luz los pensamientos más secretos y ocultos.

Para comprobar los conocimientos de alguien, dale a leer, por ejemplo, un epigrama. Si lo elogia en exceso, y los versos no son buenos, es una persona mediocre; si lo alaba en justa medida, es una persona honesta y culta. De igual modo, si le hablas de comida, sabrás si es un gourmet,  y lo mismo sucede con otros vicios y virtudes.

Consulta a alguien sobre un asunto, y pasado unos días, vuélvele a hablar de lo mismo. Si la primera vez no te dijo la verdad, la segunda vez te dirá otra cosa distinta, pues la Divina Providencia hace que nos olvidemos fácilmente de las mentiras que decimos.

De Los Monólogos y Diálogos de Froylán Flores Cancela:

El del poder acaba odiando silenciosamente a quienes le rodean.

Un privilegio del que suelen gozar los poderosos es que toda la información que reciben de sus sirvientes es para hacerlos sentir bien…

Del tiempo de los Césares:

Roma paga a los traidores, pero los desprecia.

De un semiótico:

La gente vulgar se complace con sus defectos.

Jean Sibelius (1865-1957). Sinfonía n° 2 en Re Mayor. Op. 43. Conductor: Dima Slobodeniouk:

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