Agustín Bernal es uno de los bajistas de jazz más importantes de México, ha participado en muchos proyectos al lado de grandes jazzistas como Eugenio Toussaint, Héctor Infanzón, Rey David Alejandre, Alex Mercado, Édgar Dorantes, Tony Cárdenas, Rodrigo Castelán, Gabriel Puentes, Chilo Morán, Alejandro Campos y muchos más. Ha compartido escenario con luminarias internacionales como Bill Carrothers, Ignacio Berroa, Antonio Sánchez, Makoto Ozone, Bela Fleck and the Flecktones, Eddie Palmieri, Sir Roland Hanna, Jerry González, Paul MacCandles, Jean Pierre Rampal y Ralph Lalama.
Con Xalapa ha tenido una relación muy cercana, aquí se formó con Andrés Kalarus; fue invitado por Guillermo Cuevas para tocar en varios proyectos, entre ellos el grupo Jazz o Menos. Fue el primer bajista del trío Jazz entre Tres, de Adolfo Álvarez. En 2007, recibió la medalla Juan José Calatayud que otorgaba el Ivec en cada edición del Seminario y Festival JazzFest. Fue maestro fundador de JazzUV.
Después de cuatro años, la semana pasada volvió a Xalapa a tocar con el trío de Gabriel Puentes, con Paquito Cruz en el piano. Al otro día, al terminar la clase maestra me acerqué a él y no lo dejé ir hasta que me confesó toda su vida.

Reflections Of My Life

Yo crecí en una familia súper tradicional y no supe nada de jazz en mi infancia, el contacto que tenía con la música era por una estación de radio que se llamaba 6.20, la música que llegó para quedarse, ponían música americana de los sesenta, que era la que le gustaba escuchar a mi papá; también le gustaba escuchar Count Basie con la orquesta de Frank Sinatra, creo que ese fue el primer contacto que tuve con el sonido del jazz y siento que me marcó para el futuro. La música clásica me llegó por medio de mi abuela materna, que tocaba el piano, nosotros no teníamos piano, pero una tía sí tenía y mi abuelita tocaba Chopin, yo escuchaba esa música y decía no se parece en nada a lo que oye mi papá.
Esas dos fueron las manifestaciones musicales a las que fui expuesto de niño, después yo empecé a tomar las riendas con un radio pequeño que me regaló mi papá, ahí empecé a escuchar estaciones en las que se tocaba también música americana pero más contemporánea, ponían motown: Stevie Wonder, Marvin Gaye, y empecé a meterme también en el rock, me empezaron a gustar mucho los Creedence, los Beatles, Led Zeppelin, Deep Purple. Eso era lo que ponían en la radio y me empecé a meter en esa música, me empezó a gustar mucho el rock, pero ya fue por mi cuenta, mis papás nunca supieron de eso porque lo hacía en mi recámara; me la pasaba escuchando el radio muchísimo tiempo, me gustaba eso.

Oigo cómo va

Cuando tenía como doce años, en la secundaria había unos amigos se juntaban a tocar con guitarras, otro amigo dijo yo toco la bataca, sus hermanos tocaban semiprofesionalmente, le prestaban una batería y fue aprendiendo. Se empezaron a juntar a juntar para tocar, yo no tocaba guitarra ni nada, pero me gustaba la música, entonces iba a ver; un día me pusieron unas congas y empecé a tocarlas, dije está padre pero no, a mí me gustaría tocar guitarra. Pedí una guitarra y, a regañadientes, mi papá dijo bueno, pues cómprenle su guitarra, y me compraron una acústica.
Empecé a ir con ellos sin saber nada, ahí me pasaban las pisadas y empecé a tocar. Un día me dijeron:
—Oye, Agustín, somos tres guitarras y está saturada la cosa, ¿por qué no tocas el bajo?
—Pero ¿cómo voy a tocar el bajo con la guitarra?
—Apréndete los bajos y tócalos en las cuerdas graves de la guitarra
Uno de los guitarristas me empezó a explicar cómo tocar el bajo, porque es totalmente diferente, es otra función, es otra cosa. Con tal de quedarme en el grupo, dije yo toco el bajo o lo que sea. Empecé a aprender a tocar el bajo en la guitarra. Al principio no me encantaba, pero cuando lo entendí, me enamoré del instrumento
Empecé con un tema de Tito Puente que se llama Oye cómo va —que hizo muy famoso Carlos Santana—, la línea de bajo es muy sencilla, me la enseñaron y pude tocarla. Empezamos tocando esa pieza y temas muy sencillos como Reflections Of My Life, de Marmalade. Después tronó ese grupo pero yo ya estaba encarrerado.
A mi papá le gustaba mucho ir con la familia a la frontera, a Laredo y esos lugares a comprarnos ropa y una serie de cosas. A mi hermano también le gustaba la guitarra y quería tocar, y un día le dijimos a mi papá:
—Oye, queremos que nos des de regalo de navidad un bajo y una guitarra
—Sí, cuando vayamos a Estados Unidos les compro sus instrumentos
Fuimos a San Antonio, hicimos algunas compras, ya estábamos en la fila para salir y no nos habían comprado nada. Mi hermano y yo nos pusimos a llorar, literalmente, y le dijimos tú nos dijiste que nos ibas a comprar los instrumentos, y mi mamá dijo sí, Agustín, tú les dijiste. Nos salimos de la fila y fuimos a una tienda de música en Laredo y nos los compró. Era el bajo más barato, un Mustang, de Fender, pero dije no importa, yo ya quiero tener un bajo. Ya con ese bajo empecé a juntarme con músicos de mi prepa y empezamos a tocar un poco de rock, empezamos a montar piezas de Chicago y cosas un poco más complejas.

Parteaguas que has de beber, no lo dejes correr

Un día, viendo la televisión —no me acuerdo en qué canal porque era muy diferente que ahora—, en la transmisión del festival de Newport vi un contrabajista —no sé si era Ray Brown o no me acuerdo quién era— y me encantó lo que estaba viendo. Fue un parteaguas para mí, dije esto ya es otra cosa, quiero saber qué es eso.
Me quedé con esa duda porque no había mucha información en México, yo, por lo menos, no la tenía pero me quedé con la idea de que eso era muy padre. Otro día, viendo un programa que se llamaba Sábados con Saldaña, presentaron dos grupos de jazz mexicano: Blue Note, de Roberto Aymes, con Salvador Agüero en la batería, Alejandro Corona en el piano —muy joven Alejandro, tenía veintiún años—, y Ramón Negrete en el sax; un grupazo. Luego presentaron a Sacbé, con Eugenio [Toussaint] y sus hermanos. Todo me gustó, pero me incliné más por lo acústico.
Cuando Saldaña presentó al Blue Note, dijo este grupo se va a presentar mañana en La casa de la nostalgia, un lugar que estaba en la Zona Rosa, te estoy hablando del 76, por ahí. Un amigo pianista y yo fuimos a ese lugar, conocimos a Roberto Aymes y a Alejandro Corona, y nos conectamos con ellos a un nivel de groupies, de plano. Estábamos en la prepa pero ya ni estudiábamos, no sé ni cómo pasé la prepa, íbamos a todas sus tocadas, les ayudábamos a cargar sus instrumentos; yo me pegué a Aymes, mi amigo a Corona, y nos hicimos, como te digo, prácticamente groupies del jazz. Roberto nos invitaba a su casa, nos sentábamos en su sala y nos ponía discos; decía les voy a poner jazz europeo, les voy a poner Bill Evans, les voy a poner Charlie Parker, les voy a poner tal, les voy a poner tal. Esas sesiones fueron importantísimas para mí porque empecé a oír lo que es el jazz, siento que fue la única manera en que realmente empezamos a absorber el lenguaje, la onda del jazz.
Los acompañábamos a todos lados, yo, de repente casi era el chofer de Aymes porque me decía ahora hay que ir acá, y yo decía está bien, vamos. Eso fue muy importante porque así empecé a tocar jazz. No había mucha información, no había Real Book, todo era de sacar las cosas de oído. Empecé a comprar muchos discos, cuando mi papá iba a Estados Unidos le decía oye, tráeme este y este disco, y me traía acetatos. Luego llegó el casete y entonces grababa y me ponía a oír una y otra vez las cintas para no dañar los discos, de hecho, tengo una colección de LP’s de esa época.

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: El bajista en evolución
TERCERA PARTE: El funámbulo

 



 

 

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