Uno de los tenoristas más importantes del swing es Ben Webster. Coleman Hawkins y Lester Young son los otros integrantes de esa santísima trinidad, pero Webster se inició en el estudio de la música con el violín, después se pasó al piano (su primer trabajo fue como acompañante de películas mudas), más tarde al clarinete y finalmente al saxofón tenor.

Se formó en las grandes orquestas de los años treinta, tocó en las agrupaciones de W.H. Young —padre Lester—, Bennie Moten, Andy Kirk, Fletcher Henderson, Benny Carter y Cab Calloway. Para fines de la década, ya era considerado uno saxofonista importante, pero su consolidación definitiva llegó en 1940, cuando se integró a la orquesta de Duke Ellington.

«Entre 1940 y 1943 —informa el portal Apolo y Baco—, uno de los grandes momentos de la orquesta de Ellington, Webster fue un pilar indiscutible en la sección de saxos, sin duda la mejor de toda la historia del jazz, junto a Johnny Hodges, o Russell Procope. Temas como ‹Satín Doll› y sobre todo ‹In a Mellowtone› fueron escritos por Duke Ellington y Billy Strayhorn, para mayor gloria de su saxofonista tenor».

Al final de la Segunda Guerra Mundial, las grandes bandas entraron en crisis, muchas tuvieron que disolverse y los músicos tuvieron que convertirse en solistas y buscarse un lugar en la escena jazzística. Aunque no fue el caso de la banda de Ellington, Webster siguió esa inercia y abandonó la orquesta en 1943.

A partir de ahí comenzó su carrera en solitario, ya como líder, ya como sideman, y fue convirtiéndose en el referente que sigue siendo. A fines de los cuarenta, Norman Granz lo integró a sus giras Jazz at the Philharmonic, en las que participó durante una década. Después se convirtió en trotamundos, en el portal Biografías de la Asociación Ronda-Jazz, se lee:

«Con posterioridad Webster viaja a Europa y se establece en Copenhague en 1965 donde le gustaba, al cerrar los clubs, bajar al puerto y tocar frente al mar hasta que amanecía. Mas adelante se traslada a vivir a Ámsterdam. Durante todo este tiempo, viaja en tren sin descanso por toda Europa, tocando en prácticamente en todos los clubs de jazz del viejo continente, con su saxo, su soledad y su botella de whisky como amigos inseparables, rememorando aquellas interminables jam sessions de Kansas City, abriendo su estuche y tocando en el vagón del tren, si algún pasajero le reconocía y se lo solicitaba».

Se le ha calificado como La bella y la bestia o como el Dr. Jekyll & Mr. Hyde por la ambivalencia de su sonido: áspero, gutural y lleno de energía en la piezas rápidas; terso, susurrado y cargado de feeling en las baladas. Ámsterdam fue la última de sus patrias, ahí lo sorprendió un infarto el 20 de septiembre de 1973. «Moría un hombre corpulento y bonachón —concluye el texto de Biografías—, sentimental y de lágrima fácil. Capaz de emocionarse con todo. Con su inseparable saxo y ese sombrero de ala ancha echado hacia atrás como un solideo. Con el paso del tiempo su cuerpo y su música se hicieron casi idénticos entre sí: Grandes, potentes, redondos».

En el portal Más palabras para olvidar hay un poema sin firma que resulta muy ad hoc para recordar al Rana entre la niebla, el chipi chipi y el frío que hacen de ésta, como aquella de 1973, una tarde agria.

Poema intermitente

La tarde es agria.
Me viene a la boca un sabor despreciable
análogo a aquello que siempre da pena recordar,
la falta de destreza que el deterioro produce
al pasar las horas, como un error
acostumbrado.
No suena más Ben Webster.

La tarde es hoy distinta.
Y es infundio mi nombre, lo mismo se suceden
los instrumentos de coser la médula,
lo mismo se aventuran a apostar contra mí
y me maldicen al llegar a la puerta, ven
y nos morimos.
Nada ya en mis manos.
Si adivinas mi cara, soy el deforme que aborreces,
como el lienzo de C. que no es posible mostrar
a las visitas.
La tarde trae a cuestas su dolor y su peligro.
Aparta de aquí, villano, hijo de puta.

 

 





 

 

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