Definir al jazz es una tarea imposible, Joachim Berendt cerró la primera edición de su libro El jazz —publicada en Alemania en 1953— con un capítulo titulado La definición del jazz en el que, bajo la premisa: «No he hallado una sola definición ni aproximadamente satisfactoria del jazz en ninguna de las respetables obras de consulta científicas», intenta un extensa definición que tuvo que ir adecuando a lo largo de los años porque se trata de una música escurridiza y mutante. Para la séptima edición —publicada cuatro décadas después, en 1993—, renunció a la tarea y capítulo apareció con el nombre Ensayo sobre «la calidad del jazz».

En la misma obra, en el apartado dedicado al blues sostiene que éste puede definirse a partir de diferentes ángulos: «desde un punto de vista ambiental, racial, sociológico, melódico, armónico y formal», y apunta: «La definición del blues desde el punto de vista ambiental es la más importante y la más usual».

En 1989, los críticos musicales franceses Gerald Arnaud y Jacques Chesnel publicaron el libro Los grandes creadores del jazz, un muy recomendable recorrido por los creadores, los estilos y los instrumentos del género, y algunas de sus periferias como el cine, la moda, la plástica, la literatura. El prólogo contiene una atinada definición ambiental que me parece pertinente transcribir como una modesta manera de celebrar el Día Internacional del Jazz que celebra cada 30 de abril en todo el mundo tras la proclamación que hizo la Unesco en su Conferencia General del año 2011.

«El jazz es la música más impúdica y, a la vez, más hermética; cuanto más se la ama, menos se deja ‹poseer›. Es el arte que expresa con más libertad y también con más profundidad el genio de este siglo. Nacido con él, se ha apropiado de sus mismas contradicciones, de todas sus aceleraciones, ha gritado con sus rebeldías y cantado con sus esperanzas. Erik Satie decía: ‹nos cuenta su dolor, y nos importa un bledo: por eso es bello y real›.

«Pero, al igual que la vida misma, el jazz se resiste a ser simplificado por la Historia. Su cronología no les enseñaría más de lo que una disección puede revelar acerca de la vida que pudo llevar un cadáver. El jazz está muy vivo, y por ello hemos preferido interrogarle sobre sí mismo sin orden ni concierto y en su propio idioma que es el de sus voces y sus instrumentos (…)

«Y es que el jazz es el eterno retorno de lo mismo, siempre renovado, la sorpresa (no desprovista de cierto peligro) al pasar continuamente de un día a otro. Se dice que es música para la noche. En realidad, es también música para soñar y para el insomnio. Cada página de este libro nos recuerda que sus grandes creadores han vivido todos ‹alrededor de la medianoche›. Algunos murieron por ello, pero la mayoría conocieron así una cierta dimensión de la felicidad y sólo nuestra puede ser la decisión de compartirla con ellos.

«Repartidos por todo el mundo, somos millones para los que el jazz es una filosofía, un viático, cuando no una religión. A veces, incluso, tenemos la sensación de ser mutantes, pues al despertarnos cada día nos cuesta volver a abrir los ojos para contemplar un mundo que carece tanto de la inquietante belleza como de la oscura nobleza del jazz. El músico y el aficionado al jazz, sean blancos o negros, pertenecen a ese pueblo universal de desarraigados que se niegan a ser unos ‹desfasados›. El ‹swing› acaba siendo, para cada uno, el arte de vivir nuestro tiempo presente, mientras rechazamos tanto su inexorabilidad como lo que pueda tener de escandaloso. Para todos los grandes creadores del jazz, la música es un camino duro y empinado hacia el placer, el éxtasis, el trance. Gracias a ellos, el genio africado ha superado todas las pruebas para recordar a la humanidad el valor de cada instante vivido intensamente.

«Muchos han muerto sin que su existencia les permitiese imaginar que un día se transformarían en héroes de la leyenda. El ‹jazzman› es, por naturaleza, artista del presente más que de la inmortalidad. Él sabe bien que todo lo que crea es efímero, ya que inmediatamente es asimilado por otros creadores que lo ‹devoran›. El jazz, en eso, es caníbal…

«Así pues, este libro empieza y termina con estos tres puntos suspensivos, como la misma palabra ‹jazz› cuya primera letra suena ‹djjh› como el chasquido del plato doble de la batería y cuyas dos ‹z› se alejan en la noche, subiendo como notas de música que jamás se apagan. Nos gustaría que estas páginas fueron leídas, o mejor, hojeadas como se escribieron: en medio de ese ruido feliz que los discos van grabando cada vez más profundamente en nuestra vida íntima, mientras escuchamos, una y otra vez, a esos grandes creadores del jazz e intentamos robarles algunas notas más de esa embriagante libertad que consiguen hacernos entrever…»

 

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Como cada año, JazzUV festejará el día con un concierto, en esta ocasión se presentarán Parzz Trío —agrupación integrada por alumnos—, un ensamble de docentes y el grupo decano del jazz veracruzano, Orbis Tertius. Será una velada llena de swing que se realizará el martes 30 de abril a las ocho de la noche en el teatro J. J. Herrera. La entrada, por supuesto, será libre, veámonos ahí.

 

 





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