En su reportaje Las mujeres de la basura que lideran la rebelión por sus derechos, publicado en El País el 23 de agosto, Javier Sulé Ortega, narra la historia —entre las de otras latinoamericanas— de Carol Gutiérrez, un mujer que creció en los basureros de Barranquilla, Colombia, porque su madre murió cuando ella era muy pequeña y tenía que acompañar a su padre, que trabajaba en una compañía recicladora, a colectar desechos. El peor recuerdo de Carol, afirma el periodista, «es lo mal que trataban a los empleados. Ahí nació su conciencia para luchar por sus derechos y hoy, a sus 28 años, es la presidenta de la Asociación de Recicladores de Barranquilla Puerta de Oro. ‹No hacíamos daño a nadie, solo escarbar en la basura para poder recuperar algo de material. Aprendí que no debemos dejarnos humillar ni apenarnos de lo que hacemos, pero tampoco quiero que nos vean como unos pobrecitos. Este es nuestro trabajo, nuestra forma de sustento y debemos llevar la frente en alto›, dice convencida la barranquillera».

Hace un par de décadas sucedió algo similar en el sur de nuestro estado, el 30 de abril de 1989 se incendió el basurero de Minatitlán. En las inmediaciones vivían algunas mujeres que, tras el riesgo y las pérdidas patrimoniales que les causó el siniestro, decidieron que no tenían por qué vivir en condiciones tan precarias, insalubres y riesgosas. Se organizaron y lucharon hasta lograr que el basurero fuera reubicado. La victoria les dio ánimos para continuar organizadas en torno a acciones de beneficio común. Así nació una hortaliza y un gallinero comunitarios, un centro de salud y una cooperativa dedicada a vender antojitos para obtener fondos que aseguraran la manutención de su proyecto.

Posteriormente, emprendieron la construcción colectiva de la vivienda de cada una. Gracias a la movilidad, la empatía y la fe inquebrantable en el trabajo comunitario, la organización sigue viva. Leticia Valenzuela las conoció y le resultó tan interesante y conmovedora su historia que escribió un monólogo. La obra fue llevada a escena el año pasado bajo la dirección y complicidad de Enrique González; como, además de la amistad, comparten la condición de ermitaños pues ambos viven refundidos en el monte, firmaron el montaje como Dos en la montaña.

«La obra se llama Los sueños de la lluvia —me comentó la autora y actriz en aquella ocasión— y esto es porque la lluvia siempre ha estado presente allí, es un lugar donde llueve mucho, y porque la lluvia era un problema para ellas y después se volvió su aliada en varias experiencias que tuvieron, ellas quieren ser como la lluvia que crece y hace crecer, justamente eso es lo interesante.

«Es una puesta muy sencilla, el escenario está prácticamente vacío, sólo tenemos un tapete que decoró mi esposo, Salvador López, que delimita ciertos espacios y tiene que ver con la historia que se cuenta, y una actriz que va haciendo varios personajes. Eso es lo que tiene el monólogo, es una sola persona en el escenario pero son muchas las presencias que evoca, que conjura; de lo que se trata es de que un solo cuerpo pueda multiplicarse en una serie de presencias, de acciones, de posibilidades y que el público esté dispuesto a entrar a esa convención y a poner su parte para crear eso que no se ve pero que puede crearse dentro de su cabeza y de su corazón»

Los sueños de la lluvia es una de la obras seleccionadas para presentarse en el Primer Encuentro Estatal de las Artes, la función será el viernes 24 a las 16:00 horas en la Sala Chica del Teatro del Estado. La entrada será libre, los pases van a repartirse ahí mismo media hora antes de la función, así que hay que llegar temprano para alcanzar lugar. No vayan a perdérsela.

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Programa general del Primer Encuentro Estatal de las Artes

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