Son de historias-11
Discreto como siempre había procurado ser, el señor Ramírez caminaba con cierta lentitud arrastrando algunos pasos. Procurando el momento oportuno, se retiraba de la presentación de un libro que uno de sus conocidos había escrito. De cuando en cuando volteaba discretamente para asegurarse que no era visto, ya que quienes le reconocían, le procuraban con saludos cuando le distinguían entre la muchedumbre como uno de los historiadores más destacados. Había escrito infinidad de obras y algunas otras cosas sobre su concepción del mundo. La vieja casona, en la que se llevó a cabo la presentación y las reflexiones de los pormenores de la obra, lucía un entusiasta bullicio. Más adelante el señor Cuevas, un conocido locutor se acercó de improviso a el maestro Ramírez, le tomó fuertemente del brazo, afectuoso con su estruendosa voz le expresó: ¡querido maestro!, permítame acompañarle, ¡siempre es un gusto saludarle! Ramírez un tanto sorprendido volteó hacia los lados intentando encontrar una salida ante la encrucijada incomoda de la estentórea voz que emergía con fuerza de la pequeña figura del hombre de enormes anteojos y rizado cabello, conocido locutor de la radio, animador de eventos festivos y sociales. Cuando Ramírez y Cuevas se detuvieron para ceder el paso a unas señoras, el maestro volvió la mirada nuevamente hacia la muchedumbre que iba ya de salida, algunos de estos reconocieron al viejo maestro. Los gritos de halagos del locutor lo desprotegieron de la privacidad que él siempre procuraba ante nutridas asistencias, un grupo de personas se acerco a ellos. Se formó entonces un cúmulo de saludos y abrazos que saturaban la puerta de salida a unos pasos de la calle, lo que ponía más inquieto al maestro. Un tanto angustiado el maestro Ramírez alcanzó en la distancia a distinguir a un conocido, fue entonces que profirió un fuerte grito, llamándole por su nombre; ¡Emilio! ¡Emilio!, haciéndolo a manera de salvación. Emilio le reconoció entre la turba que impedía el paso, logrando acercarse a el maestro, que estiraba el brazo intentando asirse del hombro del joven Emilio. Después de los muchos saludos, el gentío se empezó a disipar, Ramírez, balbuceante, fuertemente sostenido todavía del brazo por el señor Cuevas, miraba con cierta desesperación a Emilio. Una vez que pudo emitir voz, dijo con firmeza: ¡quiero un cigarro!, al tiempo que dirigía su mano derecha hacia el bolsillo de su pantalón, cual acto de magia extrajo de entre su bolsa, un largo paquete de cigarrillos Raleigh que contenía una buena cantidad de cajetillas. Cuevas no dejaba de sujetarle del brazo izquierdo. Con la mirada angustiada, Ramírez volteó a verle y casi suplicante, le dijo: ¡quiero fumar!, fue así que acomedido, Cuevas le soltó el brazo apresurándose a ayudarle a abrir el paquete de cigarros y extraer una cajetilla. Casi a punto de crisis, Ramírez volvió a decir: ¡quiero un cigarro!, sí maestro con estruendosa voz respondió Cuevas, sacando el cigarrillo de la cajetilla se lo entregaba al maestro, quien dijo con fuerte voz: ¡quiero otro!, ¿dos, maestro? Preguntó Cuevas, ¡Sí!, respondió Ramírez al tiempo que colocaba entre sus labios ambos cigarrillos y sacaba de la bolsa izquierda del pantalón un encendedor cricket, y guardaba nuevamente el enorme paquete de Raleigh en la bolsa derecha. Cuevas tomó el encendedor, con cierta incredulidad, le encendía los dos cigarrillos, en los que el maestro aspiraba fuertemente, avivando la llama de ambos pitillos. Con la mano izquierda empujándole del tórax, intentaba separar a Cuevas para que no volviera a sostenerlo del brazo, con la derecha apretaba fuertemente dentro de la bolsa del pantalón el paquete de cigarros. El maestro emitía volutas de un denso y blanquecino humo. No salía de su asombro el señor Cuevas, y ante el desconcierto de los ahí presentes, Ramírez con las manos ocupadas, la izquierda en retener a Cuevas, la derecha en la bolsa afirmándose en el paquete de cigarros, sostenía los dos cigarrillos entre los labios, emitiendo condensadas volutas de humo, pronunció con fuerte gemido: ¡quiero otro!, a lo que Cuevas en atento reflejo, saco otro cigarrillo e intentó colocarlo entre los labios de quien exigía el otro cigarro. Ramírez apretó fuertemente los labios, y a una señal con su cabeza, dirigiéndose a Emilio, emitió un casi imperceptible sonido gutural; déselo a él. Después de esto, Ramírez continúo su marcha, ya no tan lenta, sino con un ritmo como aquel que pretende deshacerse de una incomodidad. Ya en el umbral de la salida de la casona, con palabras corteses, el señor Cuevas se despidió de Ramírez y de Emilio. Una vez solos, asegurándose Ramírez de que ya no hubiera nadie más, con los cigarros ya casi por extinguirse sosteniéndolos aún entre sus labios, le dijo a Emilio: ese hijo de la chingada hizo que todos voltearan a verme.
Al abordar el auto, Emilio lo condujo hacia la avenida principal, preguntando al señor Ramírez: ¿a su casa maestro? ¡No! respondió con alta y enérgica voz, allá no me dejan fumar. Al virar el auto en sentido contrario a lo que era la dirección hacia su casa, Ramírez en un gesto de alegría con fuerte tono de voz, en un claro acento francés, entonó una parte de la primera estrofa de la Marsellesa:
¡Allons enfants de la Patrie,
le jour de gloire est arrivé!
Contre nous de la tyrannie,
L´étendard sanglant es levé
L´étendard sanglant es levé…
De pronto, Ramírez, pregunta a Emilio: ¿traes ahí tu casete de Agustín Lara? Sí maestro responde. Ponlo, dijo. Fue así que, con Lara al piano cantando sus composiciones, el historiador y Emilio recorrieron en amena charla las calles de la ciudad.
Sintácticas
De Jevs:
Este armazón ideológico ha quedado inequívoco en todos los dramas de esta contienda electoral, la traición y la deslealtad al pueblo son las que han escenificado el lamentable cuadro de algunos líderes políticos, arrogantes como se observan traicionan a las clases sociales intentando salvarse políticamente de la lucha que estas han emprendido. El voto esta definido, aguardan el 1º de julio.
Isabel Esain, viola da gamba: La Leclair, Antoine Forqueray
Adagio 189 – Allegro 208 – Allegro 205, Carl Friedrich Abel
Grand Ballet, Marin Marais.