En la vida existen personas con las que quisiéramos compartir día y noche, aquellas que siempre están en los grandes momentos, quienes sin importar las circunstancias con su sola presencia nos arrancan una sonrisa de oreja a oreja y componen nuestro entorno; pero en el mundo, para que exista equilibrio, todo lo bueno debe tener su contraparte, así es que también hay gente con la que desearíamos nunca tener que coincidir, a la que tratamos de evitar porque son tan diferentes o semejantes a nosotros que tienen “el don” de sacarnos de nuestras casillas, alterar la paz y el orden en que vivimos.

A días recientes el destino se ha empeñado en encontrarme una y otra vez con alguien del último rubro y particularmente hoy fue un día complicado al momento de lidiar con uno de los integrantes de mi lista de personas non gratas. No sé si, a mi pesar, nos parecemos demasiado o si somos absolutamente diferentes. En el primer caso tengo mucho por reflexionar y modificar. Con independencia de si aplica o no la segunda hipótesis al caso, también sé que debo trabajar mi tolerancia…

En condiciones normales, sin importar que sea la una y cuarto de la mañana y deba madrugar, hubiera llegado a servirme un poco de alguna bebida espirituosa para degustar mientras me relajo y despojo del enfado y la negatividad que me provoca; sin embargo, confieso que hace poco más de un mes que mi cuerpo, sin razonamiento ni aviso previo, decidió entrar en fase de desintoxicación y rechazar -incluso- el aroma de todo aquello que contenga alcohol, de modo que opto por un té de menta con hierbabuena, cada vez con menos endulzante.

Para ayudarme a recuperar la serenidad doy play a Liebesleid de Sergei Rachmaninoff. Camino de un lado a otro de la sala intentando en cada respiración inhalar toda la paz y exhalar la opresión que siento en el estómago desde esta mañana.

Estoy cansada, pero mi recámara y mi sueño me parecen sagrados como para ir ahí molesta, me niego a ello, necesito descansar y para eso antes debo volver a mi centro. Enciendo velas, incienso y me regalo unos minutos de meditación.

Pongo pausa a mi mente, al tiempo… un definitivo stop al estrés y enfado. El aroma del sándalo entra por mi nariz para invadir mi cuerpo. Inhalo y exhalo una y mil veces al ritmo de Om mani padme hum

Pasan de las dos de la mañana. Recuperé mi sonrisa y mi paz. Re-caliento mi té y me acurruco en la sala mientras me repito una y otra vez aquella máxima budista: una ofensa es como un regalo, no es tuya hasta que decides aceptarla de quien te la ofrece. Inevitablemente suelto la carcajada. En tantas ocasiones he compartido esta enseñanza con quienes amo ¿por qué no la aplico a mi vida? Confirmo lo que ya sé, soy muy buena para dar consejos, pero muy mala para seguirlos…

De un solo trago termino mi té y me pongo en pie de un brinco. Está decidido. Desde este momento es prioridad practicar esa enseñanza, sólo me puede afectar aquello que yo decido que me afecte y, sobre todo, es momento de quitarle el poder a cualquier persona distinta a mí de sacarme de mi estado de equilibrio.

Son casi las cuatro de la mañana, debo ir a la cama. Mientras intento dormir, recuerdo que todas las personas y cosas que se presentan en nuestras vidas tienen la misión de enseñarnos algo y se van a repetir hasta que lo aprendamos… aún no sé qué debo aprender de esto, pero me prometo que lo descubriré pronto para salirme del círculo, mientras eso sucede, buenas noches…

Liz Mariana Bravo Flores.

@nutriamarina