En algún lugar de sus largas conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, García Márquez dice, con estas o similares palabras, que toda la historia de América Latina puede resumirse en el olor de una guayaba podrida. Quizá sea válido afirmar que la historia del jazz mexicano (para ser mexicano basta con nacer en México), especialmente la del siglo pasado cuando las grabaciones eras escasas y muy poco difundidas, puede resumirse en las hojas de algunos diarios, en algunas cuantas reseñas y en los pocos libros que varios especialistas tercos se empecinaron en escribir.
La historia de nuestro jazz está contenida, por supuesto, en los testimonios fonográficos pero también, y de manera no menos importante, en el olor de la tinta y el papel.
Antonio Malacara es uno de esos tercos, desde hace 19 años ha sumado su pluma al movimiento jazzístico nacional tanto en su columna Jazz, que se publica en el diario La Jornada, como en varios libros que lo mismo recogen testimonios que aportan reflexiones, biografías, piezas sueltas del rompecabezas.
Recientemente se ha publicado su Atlas del Jazz en México, resultado de un largo y arduo recorrido que partió de esa entidad federativa que fue nuestro Distrito Federal y ahora no sabemos cómo llamar, y se extendió por los 31 estados en que ha sido dividida nuestra geografía, para recabar testimonios de viva voz no solo de quienes hacen la música con sus manos y sus corazones sino de melómanos, difusores, enormísimos cronopios, hedonistas que no escatiman esfuerzo alguno por compartir el jazz y la sal.
La cosecha lo rebasó y rebosó el costal que tenía preparado para colectar los frutos, en consecuencia, algunos quedaron fuera pero ya prepara la segunda edición que tendrá el tamaño suficiente para contenerlos a todos y no habrá convidados de piedra, todo mundo ocupará gustoso su lugar en el banquete.
De todo esto nos habla Antonio Malacara en esta segunda entrega de la conversación que sostuve con él la semana pasada.

No hay jazz que por bien no venga

En la sala de redacción de La Jornada, que es el periódico para el que escribo, el jazz está incluido en la sección de Espectáculos, en todos los demás periódicos al jazz lo incluyen en la sección de Cultura pero a mí me parece un acierto que aquí esté en Espectáculos. El cuate que se dedica a la Cultura, Pablo Espinosa, es un melómano tremendo, tremendo desde siempre y cada vez que aparecía algún concierto de jazz internacional en el país, de inmediato decía esto es para Cultura y tomaba las cortesías [risas], así es el agandalle institucional pero yo, lejos de enojarme, desde siempre lo festejé.

El jazz nuestro de cada día

A los grande males, grandes remedios. Cuando empecé a platicar con los grandes maestros pioneros del jazz en México se congratulaban enormemente, incluso algunos se emocionaban y me abrazaban porque decían que nunca, nunca en la historia de este país había existido tanto apoyo para el jazz nacional, que incluso Juan López Moctezuma o el doctor Durán y los pocos que escribían de jazz en los años 50 y 60, rarísima vez volteaban hacia el jazz mexicano o hacia el jazz que se hacía en México, incluso la mayoría decía que el término «jazz mexicano» era una barbaridad, que eso no existía, que cuando mucho se podía hablar de jazz hecho en México.
Ahora mi columna es catorcenal pero durante muchos años fue semanal y cuando había un festival importante como los de ustedes, en Xalapa, yo publicaba diario, durante un Jazz Fest, de esos que hacía [Javier] Flores Mávil, publiqué una columna diaria de jazz durante siete o nueve días.
Yo publicaba muchísimo todo el tiempo y me abocaba al jazz mexicano y con esto, además de que le daba gusto, obviamente, a los jazzistas del país, me di cuenta de que estaba yo construyendo una plataforma que no existía, que estaba llenando un vacío cultural en el país y eso me dio mucho gusto cuando lo asimilé. Todo lo que tenía que ver con el jazz internacional era cubierto, repito, por Pablo Espinosa entonces La Jornada tenía un equilibrio.

Malacara Papers

El primer libro que publiqué fue uno de Elvis Presley en 1977, de Editorial Era. Luego escribí uno que se llama El Tri a lora de Lora, cuando Alejandro Lora se quedó con este grupo, esto fue en 1986. En 2001 publiqué un Catálogo subjetivo y segregacionista del rock mexicano. Después, la Universidad Nicolaita de Michoacán me propuso hacer una selección de las mejores notas (así dijeron ellos) que se habían publicado en La Jornada, yo les dije que sí, obviamente, entonces salió un libro que se llama De la libertad en pequeñas dosis, en 2002. Luego publiqué un libro que se llama Alfredo Arcos, el hombre de las maravillas, este un libro sobre el muralismo efímero. Después viene el Catálogo casi razonado del jazz en México, en 2005. En 2007 publiqué la biografía de Juan José Calatayud, y en 2008 un libro que se llama Viaje al fondo del jazz. Luego vino la biografía de Eugenio Toussaint, en 2009. En 2012 salió Subversión de los hechos, donde pongo las declaraciones, sobre sus propios discos, de 200 bandas de jazz, y ahora el Atlas del jazz en México que aparece en 2016.
No he contado a todos los que aparecen en el Atlas porque, por cuestiones de espacio (no hubo espacio ni para el índice) saqué a muchísimos jazzistas de los últimos dos directorios, eso me deprimió durante un rato pero van a entrar en la segunda edición, ya la estoy preparando.
El libro se está distribuyendo, absolutamente, en todos los rincones del país porque, como hay testimonios de los 32 estados entonces, obviamente, toda esta gente está ayudando a su distribución
El Atlas se presenta en Bellas Artes, el 1 junio a las 6:30 de la tarde, van a venir a comentarlo Carmen Fuerte, del Conservatorio de Música del Estado de México, Juan González, de Radio Universidad del Estado de Morelos, y José Pablo Argüelles, de Radio Universidad del Estado de Puebla.

NOTA: Si alguien está interesado en adquirir el Atlas del Jazz en México, comuníquese conmigo vía Facebook o Twitter, en la parte inferior están las ligas a mis cuentas.

 

 

PRIMERA PARTE: El jazz nuestro de cada día

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