Antonio Malacara es uno de los más importantes divulgadores del jazz mexicano, o del jazz hecho en México, según como quiera definirlo cada quién. Casi un par de décadas de publicar, en el diario La Jornada, la columna Jazz, y una decena de libros entre los que figuran el Catálogo casi razonado del jazz en México (2005), las biografías de Juan José Calatayud (2007) y Eugenio Toussaint (2009), Viaje al fondo del jazz (2008), Subversión de los hechos (2012) y el más reciente, Atlas del Jazz en México, publicado este año, dan fe de la terquedad de un hombre empecinado en que en ninguna mesa falte el jazz nuestro de cada día.
Comenzó escuchando, entre muchísimas otras cosas, a Los Panchos y algunos tangos, y llegó al jazz haciendo un tango o, más bien, haciendo un pancho por ciertos tangos.

Yo nací en Gabriel Mancera y fui a un barrio vibrador…

Yo nací en la calle Gabriel Mancera, en la Ciudad de México pero viví, desde que tengo uso de razón, a media calle del antiguo Colegio Militar de Popotla, ahí estuvo muchísimos años hasta que lo cambiaron a la carretera a Cuernavaca entonces, entre mi entorno musical era, y créeme que hablo en serio, todas las madrugadas escuchar El toque de Diana y todas las tardes-noches escuchar la música con la que desfilaban estos cuates todo el tiempo. Es una música que parecería un contrasentido frente al jazz por lo cuadrada, por lo marcial, pero a mí me sigue encantando cada vez que la escucho.

…soy hermano de la espuma, de las marchas, de las rolas…

En mi familia hay melómanos, músicos, ninguno. En mi casa, y esto desde que tengo uso de razón (la poca razón que pueda tener), en las mañanas mi mamá ponía cosas como Nicholas Urcelay, Los Panchos, Agustín Lara, Toña la Negra; Javier Solís también le gustaba mucho. Tengo dos hermanas mayores, yo estaba chavititito pero recuerdo bien que llegaban después del mediodía y ponían rock and roll, yo soy del 13 junio 1955 entonces calculo que tendría entre 4 y 5 años cuando ellas ponían a Los Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo, los Black Jeans, en fin, los grupos del incipiente rock and roll de aquellos años. En la tarde-noche llegaba mi papá y ponía a Ella Fitzgerald, a Frank Sinatra, que le gustaba mucho, a Duke Ellington, que también era su pasión, a George Gershwin. Ponía mucha música pero recurrentemente a estos que te acabo de mencionar. Ese es el abanico que yo tuve desde chavito y por lo mismo me adentré en toda esa música, absolutamente en toda, y toda me sigue gustando.

…y del rock y del rock

Cuando yo tenía 14 años hicimos un grupo de rock con mis compañeros, en aquel entonces, acá en la Ciudad de México, tú levantabas una coladera y encontrabas, sin falta, un grupo de rock ahí ensayando. Había grupos absolutamente en todas partes y entre esas todas partes estaba la calle de Lago Chalco, te digo, a media calle del Colegio Militar, con nosotros, el grupo Aquelarre. Obviamente nunca, nunca llegamos siquiera a una medianía, digamos, de calidad, nos aplaudían mucho porque en aquel entonces la gente aplaudía y, de hecho, todavía en 2016 yo me he dado cuenta que los mexicanos tenemos la tendencia de aplaudirle a todo y con muchas ganas. Nosotros le echábamos muchas ganas pero éramos muy, muy básicos en lo que tocábamos, teníamos un excelente guitarrista que todavía se dedica a la música profesionalmente, vive en Puerto Vallarta. Todos los demás nos fuimos por otros rumbos, uno es médico, otro es contador público, yo me dediqué a escribir y solo él, Arturo López Barajas, sigue en la música. Él era el director y el que nos decía por aquí, por allá y nosotros nada más obedecíamos y disfrutábamos. Tocábamos piezas de aquella moda, de Deep Purple, de Led Zeppelin, de Black Sabbath, de todo eso. Yo tocaba el bajo y cantaba.

Opinión para mi muerte

Estudié Letras en [la Facultad de] Filosofía y Letras de la UNAM, donde ahora estudian mis dos hijos, pero dejé la carrera inconclusa. Después entré a trabajar a La Jornada, tenía una columna que se llamaba Discoterapia y ahí igual escribía de música clásica que rock, que de trova, que de tango, que de jazz, escribía de muchas, muchas cosas hasta que, de repente, en una ocasión tuve algunos entrones con el editor por un disco de Charly García que era muy, muy, muy mediano, tirándole a chafa, a mí me pagaban por dar mi opinión y puse lo que yo estaba escuchando y me dice este cuate:
-¿Pero cómo, maestro, si Charly García es casi Dios?
-Pues sí pero este Dios se calló porque este disco está pinche
Y no me portaba yo tan fuerte en la crítica, ponía que Charly García no podía tener un disco malo, que esa era una ley casi natural pero que este disco era un muy, muy menor en comparación a su obra anterior y que este cuate pensaba que cualquier cruda musicalizada debía ser vitoreada por todos y que estaba equivocado, ese es un disco bastante mal logrado.

Del tango al pancho

Bueno, ahí tuve un primer broncón con ellos, después Óscar Chávez sacó un disco que se llama Los tangos prohibidos donde hace un recuento de todos aquellos tangos que las juntas militares argentinas prohibieron, hace un trabajo de investigación de excelencia, como siempre. El disco tiene un cuadernillo de más de 40 páginas, es un trabajo sensacional, enorme pero Óscar Chávez no sabe cantar tango y eso puse. También ahí me la hicieron de tos, me dijeron:
-Esto no es publicable
-¿Cómo no va a ser publicable si me estás pagando por dar mi opinión?, esa es mi opinión y cualquiera que sepa algo de tango te va a decir lo mismo
Estábamos muy alterados, llegó un punto muy fuerte de la discusión y me dijeron:
-Si no te parece, ahí está la puerta muy amplia
Y yo me paré y, cuando iba rumbo a la puerta, una lucecita hizo que me acordara que mis hijos seguían necios en tomar leche todos los días y me di la media vuelta y le dije:
-Tengo una solución
-¿Ya ves, pinche Malacara?, siempre hay soluciones
-¿Por qué, en lugar de seguir escribiendo de todo tipo de música, que mi columna se convierta solo en una columna de jazz?, la música de jazz en México no tiene ni siquiera distribución de discos entonces menos va a tener intereses comerciales
Y fue así como nació mi columna en 1997.

SEGUNDA PARTE: Malacara Papers

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