Este cielo de México es oscuro,
lleno de gatos,
con estrellas miedosas
y con el aire apretado.
(Anoche, sin embargo, había llovido
y era fresco, amoroso, delgado.)
Jaime Sabines

En su poema en prosa La procesión del entierro…, Jaime Sabines habla de «la terrible indiferencia del mundo», si para algo sirve la poesía, quizá sea para combatir esa terrible indiferencia. Entre octubre y noviembre de 1999, durante su 30a reunión, la UNESCO decidió proclamar el 21 de marzo como Día mundial de la poesía. Unos meses antes, el 19 de marzo, Jaime Sabines, el vendedor de telas, el francotirador de la literatura, había muerto en la Ciudad de México bajo un cielo «oscuro, lleno de gatos, con estrellas miedosas y con el aire apretado». (La noche anterior, «sin embargo, había llovido y era fresco, amoroso, delgado.)»

Jaime Sabines
Jaime Sabines

Comenzamos el siglo XXI celebrando la poesía pero huérfanos de uno de los más populares de nuestros poetas, el chiapaneco de la palabra directa, visceral, desprovista de ornamentaciones artificiosas o elucubraciones contaminantes. El chiapaneco, a decir de Octavio Paz, «se instaló desde el principio, con naturalidad, en el caos. No por amor al desorden sino por fidelidad a su visión de la realidad. Es un poeta expresionista y sus poemas me hacen pensar en Gottfried Benn: en sus saltos y caídas, en sus violentas y apasionadas relaciones con el lenguaje (verdugo enamorado de su víctima, golpea las palabras y ellas le desgarran el pecho), en su realismo de hospital y burdel, en su fantasía genésica, en sus momentos pedestres, en sus momentos de iluminación».

La poesía, siendo la hija más celebrada de la literatura es también la menos visitada; más allá de los románticos que ornan las aromáticas y plenilunadas noches de serenata, el poeta es considerado un semidiós provisto de una lira áurea cuyas melodías solamente pueden ser apreciadas por la élite intelectual. Sabines, sin embargo, fue el único poeta, al menos hasta donde alcanza mi memoria, capaz de llenar el Palacio de Bellas Artes y no porque sus versos fueran populacheros sino por ese amasijo de emociones al que alude Paz, por ese caudal desbordado de sensaciones que arrastra, para bien y para mal, a ese que somos y al que representamos, ya en el cotidiano desempeño, ya en la más apacible o lóbrega de nuestras intimidades.

El siglo XXI nació sin Sabines pero con un día destinado a desmitificar y gozar la poesía en todo el mundo. Aunque para el poeta, no sin razón, el mejor de cuantos poemas produjo era (sigue siendo) Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, el veredicto popular le ha dado el triunfo a Los amorosos. En esta columna celebramos el Día Mundial de la Poesía y honramos a Jaime Sabines recordando, con fruición y nostalgia amalgamados, el más leído y memorizado de sus hijos.

Los amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

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