Nunca olvidaré la cara de orgullo de mi hijo Camilo, a sus tres años de edad, cuando llegó a la casa y me dijo, casi gritando:

—Papi, papi, mi tío Joaquín me presentó a Octagón, y mi tío es más musculoso que él.

En esos años ochenteros, mi hijo llegó a presumir a su escuela que había estado con el entonces más famoso luchador mexicano, y su mirada de niño inteligente delataba el respeto que inspiraba la fuerza física de su familiar consentido.

Mi cuñado y el hermano más cercano de mi esposa Elsa, Joaquín de León Aguirre, nos dio siempre muchas satisfacciones de este tipo, y de muchas más. Pero es que era un hombre sumamente fuerte, en el sentido más físico del término, aunque no me querrán creer que su complexión atlética apenas era el cobijo para un corazón lleno de ternura y bondad, que apenas lograba malocultar con sus modos bruscos de hombre hecho en la brega de la vida, en el trabajo duro y peligroso, en el gimnástico cultivo de su enorme musculatura.

Joaquín además cultivaba un sentido muy personal sobre la justicia, el cual lo hacía domeñar sus fuerzas en razón del cuidado de los más débiles. Y junto a ese sentido, vivía de acuerdo a su personalísima consideración sobre la dignidad, que lo llevaba a enojarse seriamente cuando veía afectada su condición de hombre justo… aunque nunca dejado.

Cuando yo lo conocí, tuve que echar mano de todas mis ganas para mantenerle la mirada y para mantener el sitio que yo le había puesto al corazón de su hermana. Y algo debió haber visto en mí, porque bajó sus armas y así el noviazgo prosperó hasta el victorioso matrimonio en el que hemos persistido por más de 30 años.

Treinta años… y se me agolpan tantos recuerdos, este 2 de octubre que no se olvida y que no olvidaremos en adelante porque Joaquín se nos adelantó en el camino. Hombre valiente como pocos, mi cuñado trabajó durante mucho tiempo como un experto en el manejo de la alta tensión. Yo a menudo le preguntaba si no le daba miedo andar entre las líneas vivas, que representaban la muerte a unos centímetros apenas, o cuando se subía a esos postes de 30, 40, no sé cuántos metros de altura, y él nomás se reía y me decía:

—No, cuñado, no me da miedo, ¡me da pavor! Por eso me cuido como sólo yo sé hacerlo.

Y así lo hizo concienzudamente, hasta que hace unos días se descuidó por primera vez, y la traicionera electricidad le cobró la vida que él le había regateado por tantos años.

Con tantos orgullos como nos dio, con tanto amor que le tenía su querida hermana que es mi querida esposa, nos queda reconfortarnos con la idea de que Joaquín tuvo una vida plena y consiguió todos sus anhelos.

Vivió como quiso vivir, y eso muy pocos lo pueden blasonar como él lo hacía.

Descansa en paz, mi querido Joaquín, tus más gratos recuerdos permanecen invictos entre nosotros.

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