Había una vez una princesa

La princesa Marie Bonaparte, sobrina nieta de Napoleón, nació en Saint-Cloud, Francia, el 2 de julio de 1882. A los pocos días de nacida, se quedó huérfana de madre. Creció al lado de su abuela, su nodriza y su institutriz quienes le brindaron todos los cuidados y atenciones, pero no le dieron afecto. Amaba estar con su padre pero la agenda de la nobleza les dio pocas oportunidades de convivir. Aunque sin carencias materiales, la niña creció casi en completa soledad, quizá esto le ayudó a forjarse un carácter tesonero, luchón.

Someday my prince will come

Marie Bonaparte y  príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca
Marie Bonaparte y príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca

La vida de la princesas, pese a los episodios oscuros, suele ser un cuento de hadas, esto se confirmaba cuando, a los 25 años, su padre arregló su matrimonio con el príncipe Jorge de Grecia, un hombre 13 años mayor que ella, alto y extremadamente guapo del que se enamoró a primera vista.
La boda civil se hizo en París el 21 de noviembre de 1907 y, unos días más tarde, se llevó a cabo la unión religiosa en Atenas. A partir de ese momento pasó a ser la Princesa María de Grecia y de Dinamarca.
Su vida parecía haber salido de la pluma de Corín Tellado, todo era dicha y esplendor pero, no lo olvidemos, los ricos también lloran. Como en el jazz, la dramaturga no escribió la partitura de la noche de bodas, la dejó a la improvisación y ahí la historia comenzó a quebrarse. Resulta que el hermoso consorte no se sentía, ni mínimamente, atraído por las mujeres ni por la pasión conyugal, estaba más interesado en la relación íntima que sostenía con su tío Waldemar, con quien pasaba todos los veranos en Dinamarca.
Yo odio lo que estamos haciendo tanto como tú, pero es nuestro deber si es que queremos tener hijos, le dijo en la luna de miel.
Al menos en un par de ocasiones tuvieron que hacer el sacrificio porque procrearon dos hijos.

De tu amor y de mi amor / no está quedando nada…

A partir de este momento, la Princesa de Grecia y de Dinamarca, ya desentendida del guión original, tuvo que inventar su propio personaje. Lejos de resignarse a llevar una vida de resignación y ascetismo, se dio a la búsqueda de candidatos que suplieran la carencia conyugal. No faltaron, por supuesto, acomedidos, no sé cuántos, pero varios fueron los aspirantes a cubrir tan noble (y Noble) encargo pero con ninguno consiguió llegar al orgasmo.

La distancia entre los dos / es cada día más grande…

Nuevamente, más que lamentarse, tomó el toro por los cuernos. Guiada por la intuición, discernió que la causa de su incapacidad para alcanzar el climax coital era la distancia entre su clítoris y su vagina. Con esta hipótesis emprendió una investigación con 243 mujeres adultas a las que preguntó la frecuencia de sus orgasmos y midió la distancia entre el clítoris y la vagina. El resultado, que publicó en 1924 en la revista científica Bruxelles-Médical bajo el pseudónimo de A. E. Narajani, arrojó los siguientes datos:
Las mujeres que tenían una distancia menor a 2.5 cm (el 69% de la muestra) eras quienes disfrutaban más a menudo de orgasmos durante el coito. Aquellas cuya distancia era mayor (el 21% de la muestra) tenían serias dificultades para llegar al punto climático. Y un tercer grupo, que representaba el 10%, estaban en un punto intermedio al que llamó el umbral de la frigidez.
La investigación resultó asombrosamente precisa, en la actualidad, los cirujanos plásticos especializados en la reconstrucción vaginal consideran que la distancia idónea que debe haber entre el clítoris y la vagina es, precisamente, dos centímetros y medio.

Sin embargo, el corazón / no quiere resignarse…

Ella hizo, por supuesto, su propia medición y quedó en el fatídico grupo del 21%, no había duda, el problema era físico pero no se amilanó. El cirujano vienés Josef Halban le propuso una solución que consistía en mover quirúrgicamente su clítoris para que llegara a la gloriosa distancia de los 2.5 centímetros, una operación que calificó de «simple» porque ignoraba que bajo la piel se oculta una gran cantidad de terminaciones nerviosas.
La Operación de Halban-Narjani (así fue denominada) se llevó a cabo y tras un período de recuperación, que debió parecerle eterno, la intervenida buscó con quién estrenar sus nuevas dimensiones íntimas. Los resultados fueron frustrantes, no pudo llegar al clímax tan anhelado pero no renunció, se sometió a una segunda cirugía que, lejos de mejorar la situación, la empeoró pues el clítoris quedó casi insensible.
(Si alguna mujer que lee esto está en esa condición, despreocúpese, la solución, según los sexólogos, es mucho más sencilla, basta con tener relaciones sentados frente a frenete, esta posición favorece el roce del clítoris con el pene. Ah, bendito seas, Kamasutra).
Uno de sus amantes, el psicoanalista Rudolf Loewenstein, era discípulo de Sigmund Freud y le propuso que acudiera a él. Dado que los intentos fisiológicos habían fracasado, se avino (como no podía venirse, no le quedaba más que avenise) a los buenos oficios del psicoanálisis.

Siempre pensé que la envidia / era un sentimiento errado…

En su artículo La Psicología del Ego, Marie Bonaparte, S. Freud y la Envidia del Pene, Felix Larocca describe el principio que Freud llamó Penisneid (envidia del pene):
El principio Freudiano de la envidia del pene se resume en los párrafos siguientes:
La niña pequeña observa el, característicamente visible y bien proporcionado, órgano sexual de un hermano o compañero de juegos, reconociendo de inmediato que representa el equivalente superior a su órgano pequeño y disimulado, lo que la acongoja.
Desde ese mismo instante, de acuerdo a la teoría, la pequeñuela -como si fuese víctima de un «virus de, posible, transmisión memética»- será afligida por la «fiebre» permanente de la envidia del pene.
Ella lo ha visto, sabe que no lo posee, y desea estar dotada con uno.
A nadie le gusta ser menos…
Así es como Freud describe este, supuesto, drama de la niñez en: Some Physical Consequences of the Anatomical Distinction Between the Sexes (1925).

El principio del placer

A partir de este principio, el padre del psicoanálisis sostenía que el orgasmo clitoridiano es infantil y debe ser superado por las mujeres cuando tienen relaciones sexuales pues el único orgasmo maduro es el vaginal.
En un texto sobre la sexualidad femenina escribió:
En la fase fálica de la niña el clítoris es la zona erógena rectora. Pero no está destinada a seguir siéndolo; con la vuelta hacia la feminidad el clítoris debe ceder en todo o en parte a la vagina su sensibilidad y con ella su valor, y esta sería una de las dos tareas que el desarrollo de la mujer tiene que solucionar.

La dama y el Segismundo

Marie Bonaparte y Sigmund Freud
Marie Bonaparte y Sigmund Freud

La terapia fracasó, la princesa siguió con su anorgasmia vaginal pero pasó de ser paciente a discípula de Freud y, finalmente, se convirtió en psicoanalista.
Tratando de comprobar la teoría de su maestro, Marie hizo una encuesta entre mujeres cuyo clítoris había sido extirpado, ya por motivos médicos, ya por «ablación ritual» (según el eufemismo que usan muchas culturas para justificar la mutilación). Según Freud, estas mujeres, ya desprovistas del distractor, deberían haber delegado totalmente el placer en la vagina pero lo que encontró es que la mayoría seguía masturbándose, aunque con dificultad, sobre las cicatrices (la condición subcutánea del clítoris lo permite).
Ante su gran fracaso, don Segismundo expresó: La gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de treinta años de estudios sobre el alma femenina, es qué desea una mujer.
Sin embargo, la empatía entre la dama desesperada y el psicoanalista fracasado era grande y mantuvieron una fuerte relación. Además de su maestro, Freud se convirtió en su amigo y consejero, así logró convencerla de que no se practicara la tercera cirugía que tenía en mente.

Con dinero baila el perro

El dinero de Marie -continúa Felix Larocca-, soportó el Movimiento psicoanalítico en una variedad de maneras.

Marie Bonaparte
Marie Bonaparte

Ella, con su dinero, rescató la casa publicitaria del psicoanálisis varias veces, cuando estaba al borde de la banca rota, compró la correspondencia de Freud con Wilhelm Fliess (la que rehusó devolver a Freud, por miedo a que éste la destruyera) y pagó la suma que los nazis demandaron cuando Freud, finalmente decidió abandonar a Viena.
Algunos 200 judíos adicionales debieron sus vidas a la influencia y generosidad de la Princesa.
La Gran Dama del psicoanálisis laico, asimismo, hizo muchas contribuciones a la literatura de esta ciencia, escribiendo, inevitablemente, un libro titulado La Sexualidad Femenina, cuya traducción en inglés apareció en el año 1923.
A pesar de que el libro, por su mayor parte, parece anticuado por los estándares modernos, asimismo -en su tiempo- estaba muy adelantado, si se juzga por los mismos.

Exipit

El psicoanális no le resolvió el problema, pero le dio un remanso y un motivo para ocupar su vida. Pese a tanta mudanza, su clítoris nuca llegó al lugar exacto del placer pero, supongo, alcanzó a vivir en paz. Murió en 1962, a los ochenta años de edad

Escribo esto porque mañana, sábado 8 de agosto, es el Día Mundial del Orgasmo Femenino (Ver: El Día Mundial del Orgasmo Femenino, bienvenidas), hablaremos de ello, mientras tanto, recomiendo a todas las mujeres que comiencen el festejo y que no lo suspendan nunca. Bienvenidas sean todas.

 

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