“De dónde creen que voy a sacar dinero para toda la elección… Tomaré dinero de cualquiera si me lo regala”, afirma Clay Davis, Senador y ofrecedor de servicios al mejor postor para gestionar prebendas, negocios, puestos y… toda aquella necesidad que se le presente y que le otorgue su consabido porcentaje. Personaje de The wire, ese portento de trabajo serial creado por David Simons y Ed Burns -a quienes se unieron como productores/guionistas los talentos de los novelistas George Pelecanos y Richard Price para colocarlo en la cima de la narrativa literaria y televisiva-, el senador es uno de los ángulos que articulan el cuadrado política-empresa-crimen organizado global-sindicatos, cuya cimentación sustenta la corrupción en la ciudad y puerto de Baltimore, Maryland, como microcosmos de Estados Unidos.

El tráfago del dinero sucio de la venta de drogas en las calles vuelto limpio vía su paso por el mundo de la banca y los negocios con rumbo a las campañas políticas y a las cuentas de los dirigentes sindicales que… convocan en la memoria de este perpetrador de citas -el jefe E. L. Doctorow dice: “No hay ficción y no ficción, hay tan solo narrativa”- los nombres y rostros de cualquier integrante de cualquier partido político mexicano; más aún en estos tiempos cuando las campañas políticas todas agreden la estética, el buen gusto, el idioma y la inteligencia de manera integral, pues. Porque si algo revelan las tales campañas es que en el mundo de los políticos -y de las políticas, no vaya usted a creer que…- las neuronas tiempo ha se fueron de vacaciones y que entre ellos -y entre ellas, no vaya usted a creer…- no existe concepción alguna del ridículo ni de la infamia. Aunque Maryland está muy lejana en la geografía de este nuestro país y de nuestra entidad federativa, los arquetipos plasmados en la ficción literaria y televisiva traída a cuento por este perpetrador de parangones cotidianos son reflejo de una realidad hiperbolizada por sí misma, que hace palidecer de tal manera a la ficción para que ésta termine pareciendo light. ¿Qué no? Este perpetrador de afirmaciones opina que sí, y sustenta su dicho en que basta observar el entorno para corroborarlo -claro, si no está usted anclado a alguno de los cuatro ángulos señalados en los últimos renglones del primer párrafo del textito que a leyendo y que aquí termina con un hasta luego, sin tiempo establecido de retorno.