El martes 9 de diciembre de 1997 fue secuestrado en la esquina de Miguel Ángel de Quevedo y Fernández Leal, Coyoacán, uno de los hombres de confianza del ancien régime: Fernando Gutiérrez Barrios, cuya carrera policiaca ha devenido en emblemática de todo aquello relacionado con la represión, la tortura, las desapariciones de ciudadanos y… con un estado de cosas que pensábamos la alternancia en el poder arrojaría al baúl de la historia. No fue así y el PRI reloaded ha dado ya muestras de ello con los hechos más recientes del contexto nacional, mimismos que parecen darle la razón a Fabrizio Mejía Madrid, quien afirma en Un hombre de confianza (2015), atisbo biográfico novelado del policía y político veracruzano Gutiérrez Barrios, apodado “El Pollo” y decano de ese monumento a las cloacas del sistema político mexicano llamado Dirección Federal de Seguridad, que el mal es inherente a dicho sistema y genera envolvente una cultura compartida por la sociedad nacional. “Existe un componente del mal [dice] en el que están involucrados todos: torturadores y el resto que miró hacia otro lado, que siguió con su vida como si nada ocurriera. El mal, al final, es mediocre” (114) Y para “don Fernando”, operador del lado más oscuro de las alcantarillas nacionales, “como para el resto de su generación de seguridad nacional [Mejía Madrid dixit], no había víctima inocente” (105).

Estructurada en siete partes, los días que duró el secuestro de Gutiérrez Barrios, la no fiction novel de Mejía Madrid, producto de una larga, acuciosa y decantada pesquisa en variopintas fuentes primarias y secundarias, parte de un flash back como matriz paridora que hace al secuestrado ir escanciando los detalles, las circunstancias y las situaciones que moldearon su carrera, cuyos “días ganados comenzaron cuando el presidente Miguel Alemán siente que puede ser asesinado” (84) y decide crear el cuerpo de guardias presidenciales. Para entonces, a su paso por “el colegio militar… Gutiérrez… no se había distinguido en ninguna materia… pero sí en una sola actitud: la obediencia. [Así fue que] el chico de las paletas de Alto Lucero, Veracruz, protegería al presidente de la República… y le copiaría el bigotito recortado, el copete las mancuernillas, los trajes… los calcetines de resorte y las lociones.” (85) Después vendrían su paso por la DFS de negra memoria, por la CIA -clave de agente LITEMPO-4 (Morley, 2006 y 2008)-, la subsecretaría de Gobernación con Echeverría -a quien le copiaría el uso de las guayaberas, dicen-, la Dirección General de Caminos y Puentes Federales, la gubernatura de Veracruz, la Secretaría de Gobernación, el Senado… en un proceso ascendente bajo la égida de la obediencia a pie juntillas, “persiguiendo opositores eternamente porque sabía que nadie lo iba a castigar por ello.” (33)

Amigo desde 1956 del dictador Fidel Castro, ayudó a éste para salir en el Granma desde Tuxpan rumbo a Cuba y librarse del problema que representaba para el gobierno mexicano tener a los miembros del Movimiento 26 de julio en suelo nacional. Y el dictador más duradero de la historia mundial -“Mefistofidel” y su “castradura que dura” o la “Castroenteritis”, según Cabrera Infante (1993; 1999)- le devolvería el favor: informándole acerca de los movimientos sociales y los grupos guerrilleros surgidos en México en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, así como negándoles a éstos el apoyo que le daba a todas las guerrillas en América Latina y África. “Fidel y Gutiérrez Barrios entendieron [en 1956 que]… podían ayudarse… Eran más que amigos… aliados. Los dos subirían los peldaños del poder amparados en sus tráficos de información, de favores, de sobreentendidos.” (53) Ello le quedaría claro a las guerrillas mexicanas en 1973 luego del secuestro del cónsul estadounidense en Guadalajara, Terrence Leonhardy, por las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo -FRAP-: “la [por entonces agotada] Revolución Cubana no estaba con ellas. Estaba con el PRI… [éste] y el Partido Comunista de Cuba mantenían una alianza estratégica. Sus componentes: Fidel Castro y Fernando Gutiérrez Barrios.” (74-75)

La debacle del hombre de confianza de lo que coloquialmente llamábamos el PRI Gobierno se inició cuando Carlos Salinas lo incorporó a su gabinete como secretario de Gobernación, para que hiciera lo de siempre: el trabajo sucio. “Se sabía parte de los hombres del poder que… sólo son utilizados por los que siempre han estado arriba” (178) y echó por delante su patrimonio por todos sabido: la obediencia. Además de que en 1989 se encontró con un hombre igual a él, de ésos a quienes les gusta operar desde las oscuridad cómplice de toda trapacería: José Córdoba Montoya, quien igual que Gutiérrez Barrios “conocía bien a la izquierda. Pero no por perseguirla [como el veracruzano], sino por su propio padre, un… republicano… que el franquismo encarceló por seis años.” (153) Córdoba sería el negociador del Tratado de Libre Comercio con el gobierno estadounidense y del reconocimiento del gobierno cubano al de Salinas. Gutiérrez, el amigo/aliado del dictador cubano, había sido relevado del trato directo con Castro, quien hábilmente había apostado por el ganador: “El presidente te ha pedido la renuncia -le dijo [Córdoba a Gutiérrez] y colgó [el teléfono].” (158)

Terminaba así una vida de obediencia por encima de lo elementalmente humano de un personaje demodé, que se revela en la novela de Mejía Madrid como de una sola pieza: oscura toda ella, por supuesto, al igual que su largo trajinar hasta el día en que fue secuestrado y liberado después de pagar seis millones y medio de pesos suministrados por Carlos Hank González; el negociador sería elegido por el propio Gutiérrez Barrios de entre sus más cercanos, aventajados y entrañables pupilos: Miguel Nazar Haro.[2] Ya liberado se refugiaría en su casa y cuenta “uno de sus empleados que… bajaba de su recámara en bata, entraba al estudio y tomaba un teléfono rojo… Hablaba durante largas medias horas, volvía a marcar, asentía, tomaba notas. En la casa todos sabían que ese teléfono estaba desconectado.” (221) Y una amiga de este perpetrador de versiones con fuentes acreditadas, laboriosa reportera de La Jornada ella, le contó que le dijo un cercano a Gutiérrez que éste padeció una insoportable neurodermatitis que lo desquiciaba durante los casi tres años que sobrevivió al secuestro. Más que justicia poética, le diría al firmante un hijo.

Legible por su pulcritud, su honestidad, su acuciosidad y valentía, Un hombre de confianza es de esas obras necesarias no sólo para ajustar cuentas con la historia universal de la infamia, sino también una crónica a grandes saltos temporales articulados por un ritmo narrativo cuyo eje es el Don Fernando, tutor de más de tres oscuros personajes -el Don “Beltrone”, entre otros- y símbolo de esos viejos tiempos que en estrofas geniales el clásico decía estaban cambiando; por cierto, el mismo clásico diría en el dos mil que las cosas ya habían cambiado. Sin embargo, al parecer muerto Gutiérrez Barrios y vuelto personaje de novela no se acabaron esos viejos tiempos que fueron los nuevos tiempos y que hoy son, one more time, los nuevos tiempos. ¿Qué no? Van las muestras como postales decembrinas: el gobierno de Javier Duarte reprimiendo a jubilados, pensionados y reporteros -unos por exigirle al gobierno que les paguen lo ya trabajado y otros por cumplir su misión informativa-, el mismo Duarte negándose a pagarle a la Universidad Veracruzana lo que le debe como subsidios estatales y federales desde 2008, los diputados a la orden de Duarte recortándole en casi ciento setenta y tres millones de pesos el presupuesto a la UV para el 2016 y… lo que venga en los próximos días de este 2015 que agoniza, y que ha visto emerger la digna postura de los universitarios veracruzanos exigiendo lo que les(nos) deben. ¿La novela? Mejor léala, porque a este perpetrador de banalidades no se le da eso de contar bien las historias, mucho menos cuando anda imbuido del zeitgeist que campea los días nublados que habitamos.

Fuentes citadas:

[1]Mejía Madrid, Fabrizio. (2015). Un hombre de confianza. México: Grijalbo.

[2] En 2004 Rubén Melitón Ramírez González, integrante de las FRAP, contaría como había sido torturado en 1973 por Nazar Haro: “me aplicaba toques eléctricos con una picana, me echaba agua fría en el cuerpo y me golpeaba con una barra. Sus ayudantes sólo colaboraban amarrándome y deteniéndome, pero él me aplicaba toques en el ano y los genitales. Me introducía un pequeño cable con corriente eléctrica en el pene y me sumergía en agua podrida o en piletas de excremento. A mis espaldas se encontraba quien después supe que era el capitán Fernando Gutiérrez Barrios.” (Ballinas, 2004)

Ballinas, Víctor. (2004, 24 de febrero). Nazar Haro torturaba en presencia de Gutiérrez Barrios, señala ex guerrillero, La Jornada. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2004/02/24/007n1pol.php?origen=politica.php&fly=1

 Cabrera Infante Guillermo. (1993). Mea Cuba. México: Vuelta.

  (1999). Mea Cuba. Barcelona: Alfaguara.

 Morley, Jefferson. (2006, 18 de octubre). LITEMPO: The CIA’s Eyes on Tlatelolco, The National Segurity Archive. Disponible en: http://nsarchive.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB204/index.htm.

     ———-                  (2008). Our Man in Mexico: Winston Scott and the Hidden History of the CIA. Kansas City: University Press of Kansas.