CIUDAD DE MÉXICO.- Del Museo de Medicina, antes Antiguo Palacio de la Inquisición, a la iglesia de Santo Domingo; del Castillo de Chapultepec a la Cámara de Diputados en San Lázaro; de la Catedral Metropolitana al Templo Mayor. Son tres de los trayectos subterráneos que, según las leyendas urbanas, permanecen debajo del centro de la Ciudad de México.

Son túneles construidos durante la conquista española, algunos incluso en tiempos del Imperio Azteca, que sirvieron como pasadizos secretos, para realizar torturas a herejes o esconder tesoros, y si bien los historiadores rechazan estas creencias populares, existen documentos que refieren explícitamente a los caminos debajo de la tierra.

Nos fuimos al Archivo General de la Nación a buscar los otros orígenes de la ciudad; a nosotros los que nos interesaba era entender cómo la ciudad se va transformando, y buscamos los registros de edificios culturales emblemáticos como el Museo de la Ciudad de México o el Palacio de Bellas Artes y nos fuimos encontrando con estas historias de túneles, los documentos dicen cómo algunos gobiernos los aprovecharon”, señala Héctor Juárez, arquitecto.

La investigación resultó en el libro Palacio negro que fue parte de la exposición Trazo urbano. Gráfica contemporánea desde México, que se presentó en febrero de 2014 en el Museo de la Ciudad de México. El proyecto, a cargo del colectivo Limit –del que es parte Juárez– plantea que debajo de la arquitectura modernista, principalmente en el Centro Histórico, existe una suerte de enredadera horizontal que atraviesa.

“En el Centro Histórico de la Ciudad de México existe una serie de túneles interconectados; de ellos, como eje de esta investigación, tomaremos el Palacio de Bellas Artes, construido sobre cavidades que datan de tiempos precolombinos. El caso de Bellas Artes encubre uno de los puntos neurálgicos bajo tierra, y está cimentado sobre una intersección de los mencionados túneles, lo que a Porfirio Díaz le daba una seguridad estratégica y le connotaba a su propia seguridad”, señala la introducción del libro.

Uno de los principales documentos es el expediente 532/12 del Archivo General de la Nación fechado el 4 de octubre de 1954 que contiene una carta dirigida al arquitecto Eulalio González, donde se informa que por el hundimiento natural del terreno donde está el Palacio de Bellas Artes se desviarán los túneles clasificados 12norte y 14norte, lo que afecta la comunicación con el Atrio de de San Francisco.

De los túneles que más llama la atención, y más presente está en la memoria colectiva, es el que conecta al Antiguo Palacio de Inquisición con la Iglesia de Santo Domingo. La leyenda cuenta que el pasadizo llegaba a un sótano creado para torturar herejes en la cárcel de los pecadores. Se conoció de este camino subterráneo en 1860 cuando, en la remodelación del Palacio, algunos obreros hallaron trece momias debajo de la tierra, entre éstas, la de Fray Servando Teresa de Mier.

En 1913, un cronista del periódico El Imparcial publicó el relato titulado Caminando debajo de México, en el que aseguraba haber recorrido los túneles del centro de la ciudad: “largos pasadizos, tesoros y momias estaban escondidos debajo de nuestros capitalinos pies”, contó.

Aunque historiadores como Guillermo Tovar rechazaron la existencia de estos caminos: “Los únicos túneles son los del Metro y el drenaje, todo lo demás forma parte del gran mito urbano generado por las diversas etapas constructivas de la capital”, dijo en una ocasión.

Lo cierto es que desde tiempos prehispánicos el subsuelo ha sido un espacio por explorar; es el caso del camino a un costado del Templo Mayor, en el predio que se conoció como Las Ajaracas que en 2006 investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia descubrieron  un túnel donde se encontró el monolito de Tlaltecuhtli, y 16 ofrendas.

También se tiene noticia del túnel debajo de Teotihuacán donde se encontraron cámaras que podrían ser funerarias. Es un camino a 18 metros de profundidad y más de 100 metros de longitud, con las paredes y el techo salpicados de minerales con los que probablemente los teotihuacanos recreaban el inframundo, y dentro se resguardaba más de 50 mil piezas prehispánicas.

Al final se trata de develar una ciudad que no se conoce, revelar la historia que está detrás de lo que se nos enseña como oficial”, concluye Juárez, quien deja abierta la posibilidad de creer o no en estos pasadizos subterráneos.

Sonia Ávila/ Excelsior