Viñeta 1

En el último bimestre de 2014 Patrick Cockburg, colaborador de Financial Times, The Independent y London Review of Books, publicó en la editorial OR Books, de New York, un libro resultante de su largo y añejo trabajo en Medio Oriente: The Jihadis Return: ISIS and the New Sunni Uprising. En la obra hacía un seguimiento de ISIS -siglas en inglés del Estado Islámico de Iraq y Levante- y cómo durante el verano de aquel año había transformado en cien días toda la política de aquella región; hoy, luego de los ataques terroristas del 12 de septiembre en París, sabemos que también la política mundial.

Entre el 10 de junio y el 23 de septiembre de 2014 ISIS tomó Mosul, Estados Unidos extendió los bombarderos para detener al autodenominado llamado Estado Islámico y ”durante los 105 días que separaron estos dos acontecimientos, ISIS arrasó con Iraq y Siria, derrotando a sus enemigos con facilidad aun cuando éstos eran más numerosos y estaban mejor equipados. No ha de sorprendernos que atribuyeran sus victorias a la intervención divina”, (Pref, p: 3)[1] señala el periodista. Lo real es que mediante la combinación de fanatismo religioso y experiencia militar los yihadistas obtuvieron en poco tiempo “victorias espectaculares e inesperadas en contra de las fuerzas iraquíes, sirias y kurdas. ISIS llegó a dominar la oposición sunita a los gobiernos de Iraq y Siria ya que se expandió por todas partes, desde la frontera de Iraq con Irán hasta el Kurdistán iraquí y la periferia de Alepo, la ciudad más grande de Siria.” (1)

Imbuido de wahabismo, una versión fundamentalista del Islam del siglo XVIII rupestre en extremo que impone la sharia, relega a las mujeres, plantea la vuelta a una presunta pureza del islam primitivo y ve en los musulmanes chiitas y sufíes gente que debe ser exterminada junto a cristianos y judíos, ISIS no es un Estado Nacional y sí un ejército guerrillero que se mueve permanentemente, no tiene cuarteles generales ni bases de operaciones fijas y, por ende, resulta muy difícil destruir su logística y sus arsenales. Por lo que los bombardeos que el gobierno estadounidense, con el apoyo de sus aliados, lleva a efecto de mucho tiempo atrás han impactado en la población civil e incrementado el sentimiento antioccidental de las víctimas, lo que ha capitalizado ISIS. “Los Estados Unidos, los europeos y sus aliados regionales… crearon las condiciones para el surgimiento de ISIS” (Cap 1, p: 12)

Y si fue y es la guerra en Siria el hecho que impulsó, desplegó y fortaleció el asentamiento de ISIS como una opción que día con día gana adeptos entre los anclados al fundamentalismo de las supersticiones religiosas basadas en el Islam, en el centro de todo plan político por debilitar a ISIS, señala Cockburg en el Epílogo a su obra, debería estar la desescalada de la Guerra en Siria. “Y si los combatientes de ISIS comienzan a ser asesinados por los ataques aéreos estadounidenses, no pasará mucho tiempo antes de que una organización famosa por su crueldad a la hora de buscar venganza envíe a sus hombres bomba para destruir blancos estadounidenses. De cualquier manera, la probabilidad de que haya un éxito militar de los Estados Unidos es remota.” (Cap 9: p: 14)

Cockburg se equivocó ligeramente en su afirmación: los blancos del 7 de enero y del 13 de noviembre de 2015 no fueron estadounidenses, sino franceses; parisinos, pues.

Viñeta 2

El 11 de enero de 2015 Fouad Ben Ahmed -francés de 39 años y enlace entre los residentes y el gobierno local de Bondy, un suburbio al noreste de París, en el Departamento 93- fue uno del millón y medio millón de ciudadanos franceses que se manifestaron en la unidad de la Place de la République para protestar por los atentados terroristas del 7 de ese mes y año a la sede de la revista Charlie Hebdo. “Mi corazón francés sangra, mi alma musulmana llora”, había escrito ya en su página de facebook, que se convirtió de inmediato en un foro para discutir los hechos, según lo contó a George Packer, autor del extenso y ejemplar reportaje titulado “The Other France. Are the suburbs of Paris incubators of terrorism?”, publicado el 31 de agosto de 2015 en The New Yorker, al través del cual se muestra la tensa relación prevaleciente entre los franceses con apellidos y rasgos fisonómicos árabes y aquellos con apellidos y rasgos fisonómicos europeos -los “franceses con raíces”, según algunos de ellos mismos. “Tengo miedo de los musulmanes franceses intolerantes y asustados”, así como de quienes confunden los terroristas con todos los musulmanes… nuestro país se va a dividir más», explicaba entonces Ben Ahmed a Packer.

El 93 es uno de los muchos banlieuses -expresión peyorativa para referirse a los barrios marginales parisinos multiétnicos, pero habitados mayoritariamente por migrantes de origen árabe y africano- integrados por cités -bloques de edificios de veinte pisos promedio-, que para muchos franceses alimenta el estereotipo que suma desempleo y musulmanes y obtiene como resultado crimen y terrorismo. Ben Ahmed vivió hasta hace unos años en uno de ellos: el de l’Abreuvoir, de los más duros y ubicado en Bobigny, donde desde los veinte años y hasta ahora ha trabajado en el gobierno como organizador comunitario con jóvenes problemáticos que fueron y son sus amigos y vecinos que entran y salen de la cárcel con frecuencia.

J. P., hijo de francesa blanca y padre de origen árabe, es uno de esos amigos que en su primera reclusión fue a Villepinte, donde conocería a Amedy Coulibaly, quien a los quince años inició su carrera delictiva y en 2006 conoció en la cárcel a Chérif Kouachi, recién convertido al islamismo. A los 23 años Coulibaly encontró, también en la cárcel, a su mentor: el yihadista Djamel Beghal, argelino llegado a Francia en 1987, convertido en agente de Al Qaeda en el año 2000 y que al año siguiente sería acusado de conspirar para bombardear la Embajada estadounidense en París.

A pesar de haber sido recluido en una celda de aislamiento, Djamel Beghal pudo comunicarse con Kouachi y Coulibaly para que éste lo ayudara a grabar un video acerca de las infames condiciones de la prisión y hacerlo público vía la televisión francesa. Chérif Kuachi y su hermano Said caerían abatidos por la policía francesa el 9 de enero de 2015, dos días después de haber perpetrado el ataque al local de Charlie Hebdo. Koulibaly moriría igual el mismo día, al secuestrar a doce personas en la tienda de comida judía “Hyper Cacher”, ubicada en el número 23 de la avenida Vincennes parisina. La esposa de Koulibaly, Hayat Boumedienne, sería grabada por las cámaras de televisión llegando al aeropuerto de Estambul con rumbo a Siria unos días antes del atentado del día 7 de enero, iba acompañada de un joven francés ingeniero en electrónica, Mehdi Belhoucine, hermano menor de Mohamed, ingeniero en minería que ya estaba en Siria. Ambos habían sido excelentes alumnos, hijos de buenos padres y sin necesidades económicas, un caso más de los muchos con los que se ha encontrado Sonia Imloul, trabajadora social que vive en un pequeño departamento en el 93 y quien asiste a familias que piden ayuda para sus hijos sospechosos de ser yihadistas: “he tenido hijos de médicos, periodistas, generales. Es casi una epidemia nacional”, dice Sonia.

La experiencia ha convertido a Ahmed Ben en un especialista y por ello George Packer lo convirtió en <su Virgilio> para el reportaje aquí citado. Por cierto, las estadísticas dejan en claro que no hay conexión mecánica de causa-efecto entre clase social jodida y terrorismo; muchos, muchísimos, de los europeos, y franceses en particular, incorporados a los grupos terroristas árabes son jóvenes burgueses y clasemedieros, lo que no significa que los jodidos no se incorporen, claro. Más de mil quinientos franceses se han unido a ISIS, una cuarta parte del total de europeos que lo han hecho, y la mayoría estos musulmanes <blancos> franceses, con mucha presencia femenina, no tiene relación alguna con los banlieues, ni pertenecen a familias desintegradas. Un dato más: de los sesenta y cuatro mil prisioneros que hay en Francia el sesenta por ciento son musulmanes y éstos representan sólo el ocho por ciento de la población total francesa.

En su obra Radicalisation, editada en 2014 en París por Éditions de la Maidon des Sciences de l’Homme, Farhad Khosrokhavar, especialista en yihadismo en las prisiones francesas plantea con solvencia un hecho: el reclutamiento de los franceses o migrantes de origen árabe que se han incorporado a los grupos terroristas no se hace en las mezquitas, porque en la última década éstas han estado bajo tal vigilancia que hoy venden su apoliticismo como valor agregado. Se da en las cárceles -y por supuesto vía Internet- como resultado de una ecuación donde la suma de racismo, marginalidad y desempleo en los banlieuses alimenta a la delincuencia y los delincuentes van a prisión. Y el culpable, desde la óptica delincuencial, es el Estado francés, visión catapultada por hechos como, por ejemplo, el que, como afirma Khosrokhavar, de los 64 mil prisioneros que hay en Francia el sesenta por ciento son musulmanes, grupo éste que representa sólo el ocho por ciento del total de la población en ese país.

Badroudine Abdallah y Mehdi Meklat, escritores que sostienen un blog en Bondy, hablan de dos mundos paralelos que no se tocan, de una “frontera social” que genera una “dinámica esquizofrénica” entre París y los suburbios. En un lado de esa frontera seguramente está ese cuarenta y dos por ciento de la población que, según una encuesta de Le Monde, no siente que Francia es su casa; y debe estar J. P., quien sintetiza los hechos así: “Nunca he visto la ‘Mona Lisa’. Quiero verlo antes de morirme.”

Viñeta 3

Natalia Arroyo, veinteañera michoacana sobreviviente a los ataques terroristas del 13 de noviembre al “Bataclán” en París, fue entrevistada el 16 del presente mes por Carlos Loret de Mola y la plática se dio a conocer en el noticiario matutino de Televisa que aquel conduce. En su relato la joven mencionó que una amiga acompañante le dijo que en el momento que se escondieron dentro de un palco uno de los terroristas subió al lugar, las miró, no les disparó y se alejó.

Natalia, quien está en París para aprender francés, razonó acerca del hecho y llevó a afecto un magno homenaje a la ilustración y a la modernidad al afirmar la causa por la que sobrevivió: “Es increíble que yo esté viva. Es… pura suerte. No pienso que haya sido un acto de dios ni nada. Pura suerte. Porque si realmente hubiera un dios no entiendo por qué mataría a esa mujer [una de las víctimas que ella vio] y no a mí, ¿sabes?”.

Ese lunes por la noche en el noticiario estelar der Televisa, conducido por Joaquín López Dóriga, éste reprodujo la entrevista entre Natalia y Loret de Mola con una diferencia: la exclusión de la parte en la que la joven oriunda de Morelia, en rechazo a todo fundamentalismo religioso que para el caso fue la superstición católica, agradece a su buena suerte -al azar como sustento irrecusable de la vida y de la historia- el estar viva y no a una presunta deidad inexistente. Pero el fundamentalismo católico censuró la libre opinión de la respetable Natalia.

Quede aquí.

 

 

 

 

[1] Cito de la versión ebook del libro.