Su música parecía salir abandonada.
Cuando tocaba, la canción necesitaba
consuelo: lo que desbordaba de emoción
no era su manera de tocar, sino la canción
misma, herida. Parecía que cada nota,
suplicante, intentaba quedarse
con él un poco más
(Geoff Dyer)

Es un lugar común referirse a Chet Baker como un hombre frágil, introspectivo, nostálgico y apesadumbrado; la ausencia de vibrato, el desplazamiento en registros medios, los prolongados silencios y la profundidad de su sonido, tanto en la trompeta como en la voz, parecen confirmar tales afirmaciones, sin embargo, Michel Graillier, pianista que lo acompañó durante la última década de su vida, las desmiente:

Chet Baker joven
Chet Baker joven

«Se ha hablado mucho de la fragilidad de Chet (…) pero solo es un bulo [sic, en la traducción de Juan Claudio Cifuentes]. Por el contrario: era una verdadera fuerza de la naturaleza. Le vi con el torso desnudo y tenía una musculatura de atleta. Además, su forma de tocar la trompeta no tenía nada de débil. No sé de dónde han sacado los críticos eso de la sonoridad desfallecida. No hay más que escuchar sus discos para darse cuenta de que el sonido siempre es pleno, claro, poderoso. La sensación de debilidad se deba a que rechazaba los efectos y todo lo efectista que, en general, se basa en los juegos dinámicos que él consideraba soluciones fáciles para un trompetista. Basta con contar los conciertos y los discos en que ha participado para comprender la auténtica dimensión de su resistencia física. Ponía su fuerza al servicio de unas insaciables ganas de tocar.»

Por su parte, Juan Claudio Cifuentes, el Cifu, refuerza la afirmación:
«Ya está bien de morbo. Todos sabemos que la vida de Chet no fue un camino de rosas, pero de ahí a presentarlo siempre como un hombre derrotado por la adversidad, para luego poder insistir -como muchos periodistas, especialmente los europeos- una y otra vez, en la «infinita tristeza que impregna sus baladas» o en el «sonido a punto de quebrarse de la trompeta de un artista herido por la vida» (por citar algunos de los trilladísimos tópicos que se suelen utilizar) etc., nos parece una forma desvirtuada de ver la realidad. ¿Porqué (sic) no pensar que frente a las canciones de amor Baker no puede evitar ser simplemente un romántico impenitente y que si, en algún momento, su soplo parece ahogarse, no es sino un recurso técnico de acuerdo con su personal concepto de la estética sonora?»

El último rostro de Chet Baker
El último rostro de Chet Baker

Es fácil caer en estas apreciaciones cuando se escucha su música y se conoce su vida.
Muy joven llegó a la cresta de la ola, su parecido físico con James Deam lo llevó a convertirse en el gran galán del jazz de los años cincuenta y a llenar auditorios por su atractivo físico, algo común en los territorios del rock y del pop, pero inusual en los ambientes jazzísticos.

Sus colaboraciones con Charlie Parker, Miles Davis y Gerry Mulligan hicieron que las revistas Time, Metronome, Down Beat y varias más pusieran su mirada y sus elogios en él.
El diminuendo comenzó con su adicción a las drogas; los constantes encarcelamientos, las deportaciones, los problemas con los proveedores y una golpiza que le costó la dentadura (hecho verdaderamente trágico para un trompetista pues ahí está el apoyo del instrumento) fueron aislándolo hasta el grado de que abandonó la música por completo y se dedicó a trabajar en gasolineras y lugares marginales para mal vivir y proveerse de estupefacientes.

Dizzy Gillespie llegó a rescatarlo y con la ayuda de la metadona pudo controlar la adicción pero la mala vida ya le había pasado la factura, el bello rostro juvenil ahora estaba surcado de hondas grietas y la mirada era triste. No dudo de las afirmaciones de Graillier y del Cifu pero, efectivamente, su voz de la última etapa siempre me produce algo de congoja y desasosiego, algo que no se parece a la paz pero coincido con Sergio Rigazio, su trompeta es inmortal.

Once Upon A Summertime (Chet Baker Vive)

Sergio Rigazio

A las cinco de la tarde
de una tarde cualquiera
Chet Baker todavía vive.

Hay un tumulto de nubes hacia el oeste del cielo,
un par de benteveos
y el zumbido de las abejas revoloteando sobre el trébol.

A las cinco de la tarde
de una tarde cualquiera
hay millones de sonidos
en millones de lugares,
cualquiera sea la hora sobre la tierra.

Están las transmisiones de radio,
canciones llenas de cencerros y trompetitas
y gentes vociferando barbaridades
alrededor del planeta.

Está el ruido de los puertos.
Está el ruido de los gallineros,
el de la selva,
el de los camiones en las rutas.

Supongo que hay ruidos como el de los pintores de autos,
o el ruido sigiloso de los bazares,
el del papel de envolver, el de los radares,
el de las tripas de los elefantes
y el de las tripas de los que cazan elefantes.

Pero a las cinco de la tarde
de una tarde cualquiera
en algún lugar parecido a este,
a pesar de la inimaginable cantidad de ruidos,
algunos más molestos que otros,
hay un tipo escuchando la trompeta de Chet Baker

Ver También:

Crónica de una muerte inopinada | Chet Baker / II

Chet en el silencio, en el pensamiento, en el corazón │ Chet Baker / III

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