En esta segunda parte de la conversación, Silvia Susana Jácome continúa relatando sus vivencias, sus dudas, sus temores, sus culpas, sus falsas soluciones, sus constantes reincidencias, toda la incertidumbre que la rodeó desde la infancia y que no se disipó ni con el noviazgo ni con el matrimonio ni con las relaciones sexuales ni con la partenidad.

Su cuerpo, del mar juguete, nave al garete…

A mis papás les encantaba ir a Acapulco cada año, íbamos a un hotelito muy modesto pero tenía su alberca y a mí me encanta nadar desde chiquita. Cuando tenía como 11 o 12 años, fuimos de vacaciones, una tarde estábamos en la alberca y llegó una niña como de mi edad y me pareció preciosa, me acuerdo que tenía un traje de baño azul con unas cositas verdes y se veía bellísima
Me llamó mucho la atención, me gustó y no sentí por ella esa atracción que sentía por mi vecina o por mi compañera del kínder, a las que veía como amigas, sino que era algo diferente. Me di cuenta de que me atraía y dije ¿pues no que voy a ser homosexual?, si me gustan las mujeres, soy heterosexual. Esa explicación de que iba a ser homosexual no me gustaba pero me tranquilizaba porque por lo menos explicaba lo que pasaba, quizá si hubiera visto a un niño y me hubiera gustado hubiera dicho pues claro, yo tenía razón, pero no, era una niña la que me gustaba, entonces, otra vez surgieron las dudas: ¿qué demonios pasa conmigo?, ¿por qué pasa esto?
Trataba de ya no ponerme la ropa de mi mamá, de ya no tener esas actitudes femeninas, de ser muy hombre. Buscaba la manera de curarme porque yo sentía que era como una enfermedad, como un vicio, porque eso parecía: me ponía la ropa, decía ya no lo voy a volver a hacer, pasaban dos o tres semanas, ya no aguantaba y lo hacía otra vez. Así como hay gente que no puede dejar el alcohol o no puede dejar el cigarro, yo no podía dejar eso. Como te digo, yo siempre me inventaba cosas, entonces, en mis fantasías dije lo que necesito es una novia, cuando tenga una, ya se me va a quitar.
Yo ya sabía que cuando entrara a la pubertad iban a manifestarse los caracteres sexuales secundarios, pero en el momento en el que sucedió fue horrible. Yo veía que a mis compañeros de la secundaria les salían tres pelitos y ya se sentían Emiliano Zapata con el bigotote y estaban felices de la vida, y cuando yo me veía con vellos me sucedía todo lo contrario y decía ¿pero por qué no me gusta esto y a ellos sí?, ¿estoy tan enfermo que odio que me pase esto?, y cuando me empezó a cambiar la voz fue muy horrible.

Strikeout

Me refugiaba en el deporte y me sentía bien porque estereotípicamente un hombre debe ser un buen deportista, entonces era como una prueba, si era bueno para el fútbol y para el béisbol, era un hombre que funcionaba y que socialmente podía ser respetado.
A mi papá no le gustaba mucho el béisbol pero a mí, por alguna razón me encantaba, veía los partidos por la televisión y en la escuela lo jugaba y lo jugaba bien. A los 13 años le pedí a mi papá que me metiera a un equipo de béisbol infantil y accedió a meterme a un equipo que participaba en la Liga Tolteca. Dos días a la semana me llevaba en las tardes a entrenar por El Toreo. Empezó el torneo, yo era muy buena para batear, era el cuarto lugar de la liga y estaba muy contenta con eso, pero lo otro no desaparecía, me acuerdo que tenía un compañero del equipo que tenía una hermana muy bonita y me pasaba algo muy extraño con esa niña, sí me gustaba pero la envidiaba, quería ser como ella a diferencia de la que conocí en Acapulco que me hubiera gustado como pareja, o sea, había mujeres con las que me sentía atraído y mujeres de las que sentía envidia. Era una chica que veía todos los días cuando yo salía de la escuela, pero había esa dualidad, por un lado estaba el béisbol y yo siendo bueno, y por el otro lado veía a la niña y quería ser como ella, tal vez era por la forma de vestir, veía sus faldas preciosas, sus calcetas, y tenía ganas de ponérmelas.
Más o menos iba sobrellevando todo con el deporte y resulta que en alguna ocasión nos quedamos sin agua en el departamento, fui al baño, hice pipí y no le pude jalar porque no había agua, al rato mi mamá preguntó quién había entrado al baño, le dije que yo, y pensando que me iba a regañar le dije que no había podido jalarle porque no había agua, me dijo no es eso, es que no me gusta el color de tu orina, vamos a hacerte análisis, le dije que me sentía bien, que no me dolía nada, pero ella insistió. Me hicieron los exámenes, nunca he sabido bien lo que tenía pero era como un conato de fiebre reumática y tenía que dejar de hacer ejercicio porque si no, se me podía desencadenar e iba a tener problemas muy serios.
Fue horrible porque tuve que dejar de jugar béisbol y todo lo que jugaba en la escuela, incluso las clases de Educación Física. Eso era muy feo porque nunca se habían burlado de mí por nada, ni siquiera por mi identidad de género, porque la ocultaba, pero cuando llegué con el certificado para no hacer Educación Física y estar sentada en la banca mientras los demás hacían ejercicio, se empezaron a burlar, decían que era falso, que era por flojera, y me daba mucho coraje porque lo que yo quería era justo seguir haciendo deporte y sabía que era mejor deportista que todos ellos. Ahí sí sufrí bullying y sentí mucho coraje y mucho dolor.

El Rey Pelé, el salvador

Cumplí 15 años el 21 de diciembre del 69, unas semanas antes, sabiendo que no habría vestido, no habría medias, no habría maquillaje, no había nada, y tampoco podía jugar béisbol, pensé ¿qué sentido tiene vivir?, ¿para qué?, y me acuerdo perfectamente que pensaba: si en este momento salgo a la calle y me atropella un camión y me muero, no me importa. No tenía ideas suicidas, no llegué a pensar en quitarme la vida, pero sí llegué a pensar que si algo me pasaba, no iba a meter las manos, pero pasó algo bien curioso que ahora hasta risa me da, estamos hablando de diciembre de 1969, en mayo de 1970 iba a ser el Mundial de Fútbol en México y venían Pelé, Beckenbauer, Gianni Rivera, eran mis ídolos y saber que iba a poder verlos en el estadio me emocionaba mucho, y me acuerdo que cuando estaba pensando eso de que si me moría no me importaba, dije bueno, pero después del Mundial (risas).
Incluso hice un performance, y lo presenté aquí en Xalapa, que se llama Infancias trans o de cómo fue que el Rey Pelé me salvó la vida. Yo no sé qué hubiera pasado si no hubiera habido Mundial o si mi papá no hubiera comprado boletos, a lo mejor de esa idea de «si me muero, no importa» hubiera pasado a «pues sería bueno morirme», y luego a «¿cómo le hago para morirme?, a lo mejor no sería malo tomarme algo», no sé qué hubiera pasado pero esa idea del Mundial frenó la posibilidad de que llegara a tener ideas suicidas, y con tan buena suerte que cada semana me hacían exámenes y un poquito después, un doctor descubrió que mi problema estaba en las amígdalas y que si me operaban, se resolvía el problema.
Me acuerdo perfectamente que al entrar al quirófano me pusieron la mascarilla y el doctor me dijo que contara del 10 al 0, empecé a contar y de repente me quedé dormida, y cuando desperté, estaba en el cuarto y el jefe de mi mamá, un señor que me quería mucho, muy amable me llevó una manopla —que todavía tengo—. Fue muy bonito porque pude volver a hacer deporte, ya no pude regresar a la Liga Tolteca porque era una liga infantil y ya no daba la edad, pero jugué en otras ligas.

Por la cuerda floja

Fui un misterio anatómico,
una pregunta que se quedó sin respuesta
un caminante por la cuerda floja
entre el niño torpe y la niña que pide disculpas.
(Lee Mokobe.
Traducido por Sebastian Betti.
Revisado por Denise R Quivu)

Mi abuela vivía en un edificio precioso de los años 30 del siglo pasado, estilo art decó, y era frecuente que, aprovechando la cercanía, tanto mi hermano como yo fuéramos a descansar cuando teníamos alguna hora libre. Ella trabajaba y a esas horas no estaba en su casa.
Recuerdo una ocasión en la que no acudió un maestro e inmediatamente venía el descanso, tenía libre casi hora y media por lo que decidí ir a casa de la abuela a dormir un rato. Al llegar, sin embargo, se me quitaron las ganas de dormir. Sobre la cama estaba un vestido verde y no resistí la tentación de ponérmelo.
Me puse el vestido, una peluca que tenía mi abuela que me gustaba mucho, unas medias y unos zapatos que me quedaban un poco apretados pero me entraban. Me puse un poco de maquillaje y me pinté los labios. Me miré en el espejo y a mis 16 años me veía como una chica un poco anticuada en el vestir, pero una chica al fin.
Luego puse las llaves y un poco de dinero en una bolsa de mi abuela y salí a la calle. Al bajar las escaleras temblaba de la emoción y de los nervios, con el miedo de toparme con alguna vecina. Afortunadamente no me encontré con nadie. Crucé el portón de hierro y pisé la banqueta de la avenida Revolución. Era la primera vez que la luz del sol me iluminaba ataviada con vestido, aretes y maquillaje. Me subí a un camión, pagué los 30 centavos que cobraban en ese entonces y me bajé a las tres cuadras. Me regresé caminando, disfrutando de ese momento pero sin poder alejar el temor de que me pasara algo o de que, al regresar al departamento de mi abuela me topara con alguna vecina o, peor, me encontrara con mi hermano.
Nada de eso sucedió, afortunadamente. Así es que entré, me cambié, me lavé la cara con todo esmero y regresé a mi escuela. Veía a mis compañeros y para mis adentros pensaba qué harían si supieran que hacía apenas unos minutos yo había estado caminando por las calles cercanas con medias y vestido. Se hubieran burlado, por supuesto, pero nunca lo supieron.

All i need is love

Seguía con la idea de que cuando tuviera una novia se me iban a quitar las ganas de ponerme ropa de mujer. A Los 16 años tuve mi primera novia, una chica de origen libanés, estaba fascinada con ella y pensaba ahora sí ya tengo novia, ya soy todo un hombre y ya voy a olvidarme de esas mariconerías, esas cosas quedaron atrás. Pero resulta que tendríamos como tres semanas de empezar a ser novios y un día me dijo oye, acompáñame a la Comercial Mexicana, quiero comprarme ropa. Fuimos muy felices de la vida, llegamos al área de ropa; había varias faldas, ella tomó una y me dijo ¿cómo ves esta?, yo le dije ah, pues está bonita, la tomó, me la puso encima y me dijo a ver, ¿cómo se te vería? (risas), y yo para mis adentros pensaba si quieres me quito el pantalón y me la pongo, me pongo las medias y todo. Para ella fue un juego, una cosa muy inocente, pero yo sentí otra vez ese deseo, ese impulso, y dije ¿pues cuál?, no estoy curado, sigo igual y qué pena con ella si se enterara de que yo me pongo esa ropa. No tenía idea de qué estaba pasando conmigo porque por más que trataba de no hacerlo, el impulso era muy fuerte.
Por ahí de los 17 años, era la época de Los Beatles, de los Rolling Stones, del pelo largo, y una manera que yo tenía de más o menos hacer algo propio de las mujeres, era traer el cabello un poquito largo, tampoco podía traerlo mucho porque mis papás eran muy conservadores, pero bueno, traía un poquito de melena. Un día estaba en casa de mi abuela, una señora de cierta edad tocó el timbre, abrí la puerta y me dijo: hola linda, ¿está tu mamá? Y cuando me dijo «linda» yo me sentí soñada, sentí bien bonito; le dije sí, ahorita le llamo, cuando le contesté me delató y me dijo ay, perdón, joven, discúlpeme; le dije no se preocupe, pero para mis adentros decía que siga diciéndome linda. Entonces me di cuenta de que no era solamente ponerme la ropa, sino el trato que me daban, porque si me trataban en femenino, para mí era importante.

El regusto persistente

Le pedí a Jesús que me sane
y cuando no me respondió,
el silencio se volvió mi amigo]
con la esperanza de que mi pecado
ardiera y aliviaría mi boca,]
disolviéndose como el azúcar en la lengua,
pero la vergüenza se quedó
como un regusto persistente.]
(Lee Mokobe.
Traducido por Sebastian Betti.
Revisado por Denise R Quivu)

Estaba muy confundida y dije bueno, lo de la novia no funcionó, pero cuando tenga relaciones sexuales o cuando me case, me voy a curar. Otro dato curioso es que en esa época, la virginidad en las mujeres era muy preciada, tenían que llegar vírgenes al matrimonio y en los hombres era todo lo contrario, tenían que llegar al matrimonio con experiencia, pero yo me propuse llegar virgen; ahora que lo reflexiono me doy cuenta de que como yo me asumía como una mujer, asumí a esa misma obligación, pero lo disfrazaba de solidaridad si, decía si mi esposa va a llegar virgen, pues yo también, voy a ser solidario.
Entré a estudiar la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, ahí conocí a otra mujer que me gustó, nos hicimos novios y nos casamos dos años después de que terminé la carrera, yo tenía 23 años. Pensé un señor casado ya no puede estar con esas cosas, pero tampoco funcionó. Ella trabajaba los sábados, yo no, entonces, en las mañanas me quedaba sola en el departamento con toda su ropa a mi disposición, me la ponía y volvían esos sentimientos encontrados.
Cuando nos conocimos estábamos en un grupo juvenil católico —yo fui muy católica durante mucho tiempo—, cuando nos casamos ya nos habíamos salido pero seguíamos frecuentando a los amigos, cuando teníamos como un año de casados, organizaron un rally —esas competencias en coche en las que había que llegar a ciertas metas y cumplir ciertos retos— y nos pidieron que participáramos como jueces. Les dijimos claro, les echamos la mano, y resulta que el requisito era que los hombres llegaran vestidos de mujer y las mujeres vestidas de hombre. Cuando me enteré me dio un coraje porque dije hubiéramos participado, era la ocasión perfecta para poder vestirme como mujer sin que nadie lo tomara a mal porque era un juego y había que cumplir, pero ya nos habían dicho todas las reglas y ya no podíamos participar, no era válido, y ni modo, a ser jueces.
Cuando vi a mis amigos llegar travestidos, otra vez se me antojó mucho. Fue muy fuerte y la noche estaba piense y piense, imaginándome cómo hubiera sido participar y llegar vestida de mujer, y pensando qué ropa me hubiera puesto y demás. Fue un sábado en la noche y ni siquiera pude esperarme hasta la siguiente semana para ponerme la ropa de mi esposa; ella estaba dormida, me levanté y me puse una ropa interior de ella y unas pantimedias, y dije por lo menos un ratito —ahora que lo recuerdo, reflexiono que eran como migajitas para poder saciar esa necesidad—; eso me medio tranquilizó. Según yo, iba a ser un ratito, pero me quedé dormida y al día siguiente, mi esposa despertó antes que yo y al rozar sus piernas con las mías, se dio de cuenta que tenía las medias y la panti, me despertó y me dijo ¿por qué te pusiste eso?, y no sabía qué decirle. Mi abuela me contaba que cuando era adolescente y me quedaba a dormir en su casa, me levantaba en la noche como sonámbula, en alguna ocasión se lo había platicado a mi esposa y de ahí me agarré, le dije yo creo que me quedé con la idea del rally, me levanté dormida y me las puse, pero ahorita me las quito. La respuesta no la convenció y siguió preguntándome por qué lo había hecho, y me preguntó si me gustaba eso.
Por otro lado, yo tenía mucha necesidad de poder hablarlo porque nunca lo había hablado con nadie por temor a la burla, simplemente, cuando mi mamá me descubrió con la ropa en la lavadora, le hubiera podido decir es que me gusta, qué bueno que no lo hice porque seguramente me hubiera llevado con un psicólogo y si hoy en día todavía hay psicólogos creen que eso es un trastorno, pues me hubiera ido muy mal, entonces me felicito de no haberlo hecho, pero seguía yo con esa inquietud y es angustia, entonces, cuando mi esposa me empezó a presionar, le terminé diciendo que desde muy chico me gustaba ponerme esa ropa y que era algo que no me podía quitar.
También se lo dije porque seguía con esas suposiciones de que «cuando tuviera novia», «cuando me casara», y mi nueva suposición era que cuando alguien me viera vestida como mujer, ya se me iba a quitar la tentación y finalmente iba poder saciar mi fantasía y se iba a acabar. Se lo dije y le pedí su colaboración: dame permiso de ponerme tu ropa, me ves y ya se me va a quitar.
No me acuerdo si fue ese mismo día o nos esperamos al siguiente fin de semana, el caso es que accedió, yo estaba muy nerviosa pero muy emocionada, muy contenta de que al fin iba a poder vestirme de mujer sin esconderme. Yo estaba cambiándome en la recámara, ella estaba esperándome en la sala, me vestí, me maquillé y demás. Cuando abrí la puerta y me vio, se puso a llorar como si le hubieran dicho que se acababa de morir su papá, horrible. Me sentí súper mal de causarle ese daño e inmediatamente me volví a cambiar, y ya no se habló del asunto.
Me sentía muy mal, muy culpable y tenía el propósito de no volver a hacerlo por el daño que le estaba causando. Ya ni siquiera lo hablamos, fue un asunto que se enterró, ni ella tocaba el tema ni yo, pero yo seguía con la inquietud de cómo hacerle para que no fuera cuestión de aguantarme, yo me preciaba de no tener vicios, de adolescente, mis amigos fumaban y me ofrecían, llegué a fumar pero muy poco porque no quería agarrar el vicio, entonces decía si no sucumbí ante el vicio del cigarro y el alcohol ¿por qué esto de plano no me lo puedo quitar?, era horrible.
Volvieron las fantasías de que algún día se me iba a quitar, que algo iba a pasar para que ya no me dieran ganas de hacerlo. Dije ya tuve novia, ya me casé, ya tuve relaciones sexuales y nada, pues ahora lo que necesito es tener hijos o hijas: todos mis razonamientos tenían un fundamento supuestamente muy lógico, entonces decía si tengo hijas, en ellas voy a poder volcar toda mi feminidad, voy a poder comprarles un montón de vestidos, muñecas, todo lo que yo hubiera querido tener, y voy a realizarles su fiesta de 15 años; podré volcar en ellas todo lo que yo no pude ser y ya con eso estaré satisfecho y contento. Si tengo un hijo, tendré que ser modelo de masculinidad para ser un ejemplo de padre varonil, fuerte, etcétera.
Tuve dos hijas, se llevan tres años entre sí y, efectivamente, nació la primera y le compré un montón de vestidos, muñecas, un hornito mágico, todos los juguetes que yo hubiera querido tener de niña, pero yo seguía igual.

(CONTINÚA)

PRIMERA PARTE: El sol y la luna, la tierra y el cielo
TERCERA PARTE: El reflejo de mis alas
CUARTA PARTE: En mi propia piel

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