La décima, el son, el blues
han sido los componentes
para sortear las dolientes
heridas que, en Veracruz,
han secuestrado la luz.
Pero ese amargo veneno
no ha logrado ser un freno
para las voces genuinas
pues brotó, de entre sus ruinas,
la voz de Miguel Centeno.

La voz de Miguel Centeno,
forjada por la violencia,
es la voz de la impaciencia
mas también es el terreno
en el que creció y fue pleno
un haz de paz y deseo.
Para exorcizar lo feo,
para superar lo obtuso,
Miguel Centeno compuso
su disco en un Parpadeo.

En esta conversación
cargada de claroscuros
se vislumbran los apuros
para evitar la traición
a la real vocación.
Para no cargar la cruz
y retornar a la luz
Miguel se impuso un camino:
construir su propio trino
con son jarocho y con blues.

Si la violencia nos cerca,
que el canto sea libertad
y la voz de la verdad
le de otra vuelta a la tuerca.
Algo nuevo ya se acerca
porque el mundo aun es bueno
y sobre tanto veneno
siguen brotando las rosas,
sobre todas estas cosas
nos habla Miguel Centeno:

«Yo soy de Acayucan pero de niño iba mucho a Chihuahua por mi abuelo y allá escuché el blues. Este primer material, que se llama Parpadeo, reúne canciones acumuladas de mi primera etapa en las que hay una mezcla de son jarocho con blues y con la décima.

«Si bien ahorita la gente me conoce como jaranero, yo empecé tocando la guitarra. En muchos lados ni saben que hago canciones, por el programa de radio, por el fandango, por lo que sea, pero empecé como trovador, a los quince años, cuando estaba en la prepa, yo quería ser Silvio, quería ser Delgadillo y esos fulanos de tal que veía y admiraba.

«El primer concierto al que fui, a los 13 años, fue de Alejandro Filio con Fernando Delgadillo, en Puebla, entonces ya tenía una línea muy marcada hacia a dónde quería ir. Después, mi novia de la prepa se iba de intercambio a Francia, yo tenía 17 años y ya te podrás imaginar: el amor de mi vida se va, entonces le hice una canción o un esbozo de canción feo, feo, la verdad es que muy feo, pero en ese momento, unos amigos me ayudaron a grabarla con dos o tres micrófonos y lo que tenían, quemé un disco, le puse una etiqueta y se fue hasta allá.

«Así es como empecé, después pasó un año para que volviera a hacer una canción; pasó otro año para que hiciera otra canción; pasaron dos más para que volviera a hacer otra canción.

«Después de hacer esa primera canción, salí de la prepa y llegué a la casa diciendo:
«—Yo voy a ser músico
«—No estás loco te vas a morir de hambre

«Hubo una reunión familiar en el comedor de mi abuela, es un comedor antiguo con una mesa larga de 14 sillas, en una cabecera estaba mi abuelo, en la otra estaba mi abuela y a los lados todos mis tíos, y todos estaban contra mí: ¿de qué es vas a vivir? y no sé qué. En ese momento, yo nomás salí corriendo y me puse a llorar, porque a mis 17 años no tenía argumentos para decir así va a ser.

«Vine a Xalapa a estudiar Administración y cosas con las que estaba de acuerdo la familia, pero siempre terminaba saliéndome de la escuela para irme a tocar con mis compas o para irme a tocar a La Tasca con Bemberecua, un grupo del cual formé parte mucho tiempo. Conocí a Chava [Suárez, propietario de La Tasca] y empecé a conocer el movimiento de aquí de Xalapa y me metí en eso.

«Pasaron dos años y mis papás me dijeron:
«—Oye, ¿y la boleta?
«—No, pues es que no hay ni escuela
«—Muy bonito, pues vente para acá y ponte a trabajar

«Me regresé a Acayucan y me puse a trabajar entre semana y a estudiar los sábados. Dejé de tocar, me aferré al trabajo y caí en una suerte de depresión, de ansiedad, me estaba negando a mí mismo. Me compré un Tsuru, traía dinero en la cartera, pero siempre andaba de malas, enojado con la vida. Hice mucho daño, iba viendo a quien chingaba porque yo estaba chingándome por dentro

«Mi mamá se dio cuenta —y es algo que le agradezco— y un día me dijo:
«—A ti el dinero te está haciendo daño, te vas a ir a la escuela
«—¿Quién te entiende?, quieres que trabaje, pues estoy trabajando
«—No, si tienes la posibilidad, vive esa etapa.

«Regresé a la escuela entre semana, dejé de trabajar y decía ¿y ahora qué hago con mi vida? Estaba en la Universidad del Golfo, ahí hay una rondalla, no es la música que me gusta pero me pidieron que me hiciera cargo de ella, acepté y volví a la música. Después me salió una oferta de trabajo para dar clases de jarana en una escuela secundaria y preparatoria, y también acepté. Me regresé a tomar clases los fines de semana y me puse a trabajar en algo que yo había conseguido, ganaba poquito pero ya me sabía diferente.

«Al año siguiente, la rondalla que teníamos ganó un concurso estatal de universidades, entonces me contrataron. Ya ganaba dos o tres pesitos y empecé a sentirme otra vez encarrilado. Después se abrió el Cobaev de Acayucan y entré a trabajar ahí, luego, al CBTIS; a los 23 años ya era yo el profe Centeno, el profe joven, buena onda, bohemio.

Miguel Centeno (Foto: Mario Hernández)

«Después de un tiempo dije yo no quiero llegar a mis 40 siendo el profe Centeno, con la guitarrita, en el mismo CBTIS, y empecé a tocar. En esa época la zona ya era un polvorín, ya estaba muy fuerte la inseguridad, pero yo regresé a tocar, me empecé a enrolar y de repente ya tenía un circuito: acomodé mis horarios para trabajar en las escuelas de lunes a jueves y los jueves en la noche tocaba en Acayucan, los viernes en Minatitlán, los sábados en Coatzacoalcos, pero se empezó a acrecentar más la delincuencia al grado de que un día llegaron a donde estaba presentado mi show, cerraron el lugar y, literal, nos secuestraron de 11 de la noche hasta el mediodía siguiente, yo estaba tocando y pensando a ver en qué momento se pone esto muy heavy y empieza a haber balazos.

«Dejé de tocar, me estaba volviendo loco y dije ¿qué hago?, pues yo sé hacer décimas, y me puse a escribir y escribir, no sé, como 50 décimas diarias, una cosa exagerada, como una manera de desfogar. De ahí salió un libro que se llama De lo que sé.

«Después de eso dije no, aquí ya no hay más, ya no tengo para donde hacerme. Si de por sí esta cuestión no es tan bien pagada en general, pues ahora imagínate en Acayucan, Coatzacoalcos, Minatitlán, Jáltipan, es muy complicado, en lo que aquí consigues tres tocadas, allá consigues una y mal pagada porque porque no es cumbia, no es mariachi; dicen ¿canción de autor?, qué hueva. Entonces dije vámonos, vendí todo, mi carro y las cosas que tenía, me quedé con la guitarra, ropa y dije vámonos, ¿a dónde?, pues a Xalapa, es lo más cercano y donde sé que si llego hoy, el viernes estoy tocando y ya luego vemos. Decidí dar ese salto y ya llevo aquí ocho años.

«Luego la violencia alcanzó a mi familia, secuestraron a mi primo, mi abuelo ya estaba con cáncer terminal pero ese secuestro aceleró su muerte. Eso me provocó una paranoia que hasta el día de hoy, si me entero de que ya mataron a otro, siento una suerte de estrujamiento en el pecho y hablo a mi casa para preguntar como están. Ha sido tan fuerte que si hoy, marzo de 2019, hago un pase de lista de mis compañeros de clases, ya sea porque se fueron al lado del dinero fácil o porque les tocó de rebote o por lo que sea, de 100, 30 están muertos.

«Tomé conciencia de que quería hacer esto a los 23 años, pero tuvieron que pasar siete años para que lo hiciera, ahora me doy cuenta de que he tenido miedo de asumirme como lo que soy, un cantautor, pero hacerme responsable de lo que involucra eso no es sencillo, al menos para mí no lo es, habrá gente que lo tenga muy claro y qué bueno, yo lo sufro porque está la familia, hay que pagar la renta, hacer lo que todos tenemos que hacer, además, esos comentarios de ¿cuándo te vas a conseguir un trabajo de verdad?, ¿cuándo vas a hacer algo de tu vida?, ese tipo de cosas, abonan a la indecisión. Qué malo que tardé siete años, pero pude tardar 15.

«En general, este disco es consecuencia de no dejarme de los actos de violencia que he vivido desde casa hasta el entorno, al final se vuelve un escudo, pero hay dos o tres canciones de amor, hay una que se llama La ronda de los amantes, que al mismo tiempo es pueril. Alguna vez escuché la canción de Fito Páez que se llama Once y seis, que habla de unos niños de la calle que venden chicles y que se encuentran y se enamoran, partiendo de ese principio, La ronda de los amantes habla de ese tipo de amor que podemos encontrar a pesar de cómo están las cosas, empieza así:

«Estos son un par de niños
que juegan entre lombrices,
inventan mundos sin hambre
y canciones que no existen

«Y el coro es:

«Que llueva, que llueva
la noche en tu cuerpo
y en el agua clara,
fundirme en tu aliento.
Naranja dulce, dame un abrazo,
limón partido, soy tu regazo

«Es como mezclar lo pueril de la ronda con el acto de amar, el disco tiene ese tipo de cosas.

«Yo soy un hijo de la violencia, si no fuera por eso, a lo mejor seguiría escribiendo ‹yo te amo› y cosas así. Está cabrón que haya tenido que pasar por ese proceso, pero también ya lo veo más desde afuera y digo pues ni modo, eso me tocó y no me lo puedo quitar, ¿qué hago con eso?, pues mezclarlo con el blues que pude aprender de niño en Chihuahua, con el son jarocho que llevo tocando media vida y con la décima, que es una forma que me encanta, que domino, que juego con ella. Esos son los elementos que conforman el concepto que tengo y sobre todo las canciones.

«Gracias a Rafa Campos tuve la posibilidad de grabar esto en RTV Música. La canción que más me gusta se llama El son de tus suspiros, es la canción que hice cuando regresó mi primo del secuestro y después de que murió mi abuelo. Creo que esa canción es poderosa y la gente se ha fijado en ella y la ha buscado, incluso hay un par de colectivos de padres y madres de desaparecidos que tienen interés en poder generar un video o algo con la canción.

«Como te decía, yo soy hijo de la violencia y el disco, las décimas, el trabajo de la radio con el son jarocho son cosas que he hecho para intentar curarme.

«Este disco es el resultado de esta breve historia de mi vida, el fin de semana pasado lo presenté en la galería Cauz y en San Juditas Playhouse, voy a hacer otras presentaciones durante todo el mes: el viernes 8, en La Moderna, aquí en Xalapa; el sábado 9, en Al-Andalus, en Coatepec; el viernes 15, en Acayucan; el sábado 16, en Coatzacoalcos; el viernes 29, otra vez en Xalapa, en Flavia Galería; y el sábado 30, en Huatusco».

 

 

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