Vaya y valga, en abono a la claridad y en homenaje a la premonición, cita larga de una carta enviada por Carlos Fuentes desde París el 1 de octubre de 1966 a su por entonces querido Octavio [Paz], quien ya residía en La India: “A veces pienso que nuestro país está enamorado de su propia sujeción, de su falta de auténtica libertad. Aunque desconozco la manera de obtenerlo (¿en qué blanca noche, en qué oscura mañana?, como diría Cortázar) sigo creyendo que la libertad dentro de las condiciones actuales de México, sólo puede significar pluralidad, posibilidad de puntos de vista disidentes, posibilidad de diversificación de autonomía social e individual: la creación de muchos escalones entre el poder total de unos cuantos y la impotencia total de la mayoría. Es lo más necesario y lo más difícil. Tiene que nacer de posiciones que sean, en primer término, personales, de convicción real. Ante todo, necesitamos gente dispuesta a pararse sobre sus propios pies. Dudo mucho de la eficacia del pensamiento apocalíptico abstracto. El verdadero problema es que cada cual, desde su particular nivel, sepa mantener una aspiración desautorizada, divergente.”

Más acá de que el 22 de julio de 1972 Fuentes escriba en Excélsior que dejar sólo a Echeverría es un crimen de los intelectuales mexicanos, y de que al final de Tiempo mexicano (1971) haga una defensa del entonces presidente de marras, argumentando que la derecha le puso una trampa el 10 de junio de 1971 y lo obligó a reprimir -a falta del libro puede consultarse lo dicho en entrevista con el reportero López Dóriga a escasas horas de la matanza del Jueves de Corpus, que circula en YouTube-, este perpetrador del flash back como recurso metodológico de bolsillo para comprender -o por lo menos sopesar- el presente, lo asienta aquí para sustentar que ese <tiempo mexicano> objeto de interés y análisis para, quizás, el novelista mayor de la segunda mitad del siglo XX nacional, parece haberse quedado estático en, una vez más, el tiempo. Y si entre ese enero de 1966 y el hoy nuestro hay casi cincuenta años de distancia, durante los cuales el país cambió por la tozudez de un conjunto de movimientos sociales y acciones colectivas encadenados bajo una impronta de izquierda, continúa gobernando el PRI; y lo peor no es esto, sino que su modus operandi y vivendi encarnó en todos, sí en todos, los partidos políticos y, válganos el diablo, en la mayoría de los mexicanos.

Hoy, sin un solo partido de izquierda en el espectro político nacional que pudiera impulsar un proyecto valedero frente al existente, con avances democráticos innegables, con instancias de variado cuño vigilantes de los derechos de todos, con órganos electorales que con todo y sus muchos vicios son un avance democrático, con… todo ello y lo que queramos agregarle, al país lo enmarcan circunstancias derivadas de hechos que han polarizado a sectores de la población a tal grado que los matices desaparecieron para ellos y ven la repelente realidad en blanco y negro, enfatizando la imposibilidad para lograr “que cada cual, desde su particular nivel, sepa mantener una aspiración desautorizada, divergente”, so pena de ser linchado digitalmente en esas piras que son las llamadas redes sociales. Porque ese priismo histórico, cuyo cordón umbilical arranca en 1929 y continúa vigente vuelto prianrredismorenismo y rémoras acompañantes, devino guía de actuación nacional y ahí está, viendo pasar el tiempo, porque, Fuentes dixit: “nuestro país está enamorado de su propia sujeción, de su falta de auténtica libertad.”

Más aún: los evidentes actos de gobernantes y políticos todos -y todas, no vaya usted a creer…- que ponen en duda la probidad de ellos y ellas; las casas y bancos y lo que se quiera que catapultan la certeza de los conflictos de intereses; y las preclaras evidencias de orfandad neuronal, cuyos botones de muestra son la acción discursiva y la acción atropellante del maltrecho estado de derecho, muestra que 49 años después lo escrito por Fuentes a Paz continúa como asignatura pendiente: “la creación de muchos escalones entre el poder total de unos cuantos y la impotencia total de la mayoría… lo más necesario y lo más difícil” de lograr en este <nuevo> tiempo mexicano cuya novedad se lo otorga no lo diferente en el modo, sino únicamente en que el remitente y el destinatario de la carta comentada en las líneas precedentes ya no están entre nosotros; y en que el multicitado tiempo está más nublado que entonces ahora.