Quizás de siempre he sido políticamente incorrecto. De niño me caían mal el Tío Gamboín y Chabelo, coincidía con el 100% de mis amigos en ser detractor de los Yankees de Nueva York, los Cowboys de Dallas y el América, y con el 5% que no le iba a los Tiburones Rojos (ahora que soy usuario de una tarjeta INAPAN también, que conste). Más adelante, antes que The Beatles prefería a The Who y a The Kinks (hasta que descubrí, una mañana de 1967, y gracias a mi padre, a Bob Dylan, y desde entonces lo escucho cada mañana antes de salir a la calle, para sentirme armado). En la pubertad/adolescencia no fui al billar porque saliendo de la escuela me la pasaba en casa jugando con mi Excalextric o dominó con mi hermano y mis hermanas o perfeccionándome en las matatenas (a grado tal que un día me llevó mi hoy cincuentona ex hermana a la campeona de su secundaria en el Ilustre Instituto Veracruzano y le puse una madriza que se hizo famosa); de aquí, de estas supuestas excentricidades, obtuve la fama de raro que me ha seguido hasta la fecha para regocijo mío.

No ejercí como el hermano mayor que soy en una familia de dos niños consentidos y tres niñas consentidas, las que al paso del tiempo llenaron la casa de hombres que yo saludaba no importándome que ellas hicieron de su dése un tambor y se lo dieran a tocar a quien quisieran (con las tales hermanas rompí hace diez años y sé que no volveré a verlas; a mi hermano tampoco porque se murió hace dos o tres años). En lo único que presumo cierta solvencia es en conocer de base ball. De siempre detesto los mariachis y las estudiantinas. No soporto ni a Pedro Infante ni a Juan Gabriel ni a los partidos políticos ni, obvio, a los políticos.

No sé jugar baraja ni cubilete. Me encanta el fútbol, pero no soy capaz de ver un partido del torneo mexicano porque sé que es muy malo, aunque le sigo yendo al Atlante (y a las Chivas) porque mis hijos me dijeron hace algunos años que debía yo ser consecuente hasta morir y así lo haré; y seguiré viendo futbol europeo y los mundiales completos. No sobra decir que le voy a los Dodgers desde 1960 y no le voy a la selección de la Federación Mexicana de Fútbol jamás, celebró cuando pierde y apuesto en su contra. No me gusta ese engendro del esnobismo madrileño llamado Chavela Vargas y considero que Sabina compuso tres/cuatro muy buenos rocanroles y terminó siendo un mal baladista. Me pareció muy mala y pretenciosamente fallida The Revenant y de acuerdo estoy con el jefe Ayala Blanco en que es demasiado Lubezki para tanto vacío de historia y baldío narrativo.

Nunca he dado ni daré un centavo para el Teletón. Me era muy antipático Juan Pablo II, al igual que Ratzinger y Bergoglio; y considero a Norberto Rivera un tipo muy limitado e ignorante, pero muy grillo y peligroso. Se sabe que soy 95% ateo y 0% guadalupano, y el 5% faltante es porque idolatro a Bowie, a la Matancera, al Clave de Oro, a Vicente Garrido, a Lara, a Miles, a Parker, a Robert Johnson, a Billie Holiday, a Monk, a Pappo Luca, a Cheo Feliciano y a Ismael Quintana, a Maradona, a Messi, a Ronaldo el gordo, a Sandy Koufax, a Bob Gibson, a Maury Wills, a Brett Favre y a Valenzuela (¿acaso hay otro que no sea Fernando?). No me gusta conocer ni frecuentar gente (tengo seis/siete amigos que me son suficientes para existir, aunque los vea muy de vez en cuando). Nunca aprenderé a conducir un automóvil. Nunca he ido a una discoteca, pero me encantan Madonna y Lady Gaga. No sé, ni sabré ni me importa nadar. No asisto ni me gustan las inauguraciones de exposiciones, las presentaciones de libros ni nada que se les parezca (asisto sólo a las de los amigos y a las propias); ni las reuniones con más de cinco/seis personas.

No asistí a un table dance hasta que al llegar en 2004 a Chetumal un amable doctor SNI, compañero de la Universidad de Quintana Roo él, me condujo por vez primera al ¿”Leo’s”? sin preguntarme (quesque una sorpresa me iba a dar, dijo) y le agradecí el gesto (nobleza obliga), aunque la segunda vez que íbamos con rumbo a otro tugurio semejante le dije que a mí no me gustaban tales lugares y hasta ahora continúa sorprendido de tal rareza; yo continúo sin ir a otro table dance. Vivo casi solo por simple opción de solitario. Soy casero, lavo mi ropa, cocino, limpio mi casa y me gusta hacerlo. Prefiero estar en casa preparando tragos y botanas para mi familia y algunos ya familiares advenedizos que en la cantina.

Voté en 1982 por el PSUM, en 1988 por Rosario Ibarra de Piedra; en el 2000 promoví el voto inútil y voté por Cárdenas; el 2 de julio del 2006 invalidé mi voto y en el 2012 también, porque considero que López Obrador no es un tipo de izquierda ni nada que se le parezca y estoy genético estructuralmente incapacitado para votar por el PRI, el PAN, el PRD, el MC, el PT, el PVEM, el PANAL y… por la derecha que son todos ellos, pues (incluida la que se autoproclama de izquierda). Por la misma razón (la tal incapacidad genético estructural) nunca he podido decirle a una mujer en la calle “adiós mamacita” ni nada que se le asemeje. Tomo café exprés en ayunas y el resto del día también desde hace casi diez lustros. Fumé 23 años tres cajetillas de cigarrillos sin filtro, dejé de hacerlo, por idiota, hace 25 años y no me importa que la gente fume a mi lado porque me gusta el aroma del tabaco.

Soy un tradicionalista pues me visto igual desde los quince años. Casi “siempre cuido mi expresión, pues no soy bien parecido” y estoy de acuerdo con Frank Zappa en que “qué bonitos son los bonitos, pero los feos somos más”. Nunca he ido a un McDonald’s ni a un Kentucky Fried Chiken ni me he tomado un cuba libre porque no me gusta la Coca Cola ni los refrescos con gas ni el café con azúcar ni el mezcal ni el brandy, tampoco me gustan la leche ni los huevos ni el plátano roatán. Seguro estoy que el café servido en “La Parroquia” es infame, creo que Shakira es transgénica y apoyaré siempre las uniones entre la gente del mismo sexo e incluso entre la de sexos diferentes, la interrupción del embarazo a criterio y arbitrio de las mujeres, la despenalización del consumo de mariguana y…

No considero a Javier Duarte el peor gobernador que ha tenido el estado de Veracruz a pesar de su mal gusto, su carencia de carisma y su orfandad neuronal, porque tengo la certeza de que todos los anteriores gobernadores que he padecido en mis sesenta y pocos años han sido y son iguales (y por supuesto que considero a todos los candidatos actuales idem), aunque entre Duarte y yo hay algo personal por sus agresiones a mi Universidad Veracruzana.

Como se lee no perpetro más que incorrecciones devenidas intrascendencias incandescentes. Por ello con afán autoreivindicatorio (qué tal que sí) haré lo que en casi cuatro décadas de escribir y publicar no he hecho: utilizar mi espacio periodístico para convocar a todos los universitarios, tanto a los que marchamos el 25 y el 26 de febrero como a los que no lo hicieron, para que nutramos la del venidero 10 de marzo. Y lo hago porque sé que debo hacerlo, aunque ello sea actuar políticamente correcto y contradecir mi propia historia. Lo hago nomás porque, dijera el clásico, entre esos tipos del gobierno del estado de Veracruz y yo ahora sí hay algo personal.