Jorge Aguilar Mora dio a conocer en 1990 un texto importante y poco apreciado acerca de la cultura y la guerra -mejor aún: acerca de la cultura de la guerra- al calor de la Revolución Mexicana en su etapa armada: Una muerte, sencilla, justa, eterna… Decía ahí, a propósito de rastrear qué había detrás de las acciones de los personajes y de la población en general, que en México carecíamos de textos autobiográficos, de memorias reales debido al miedo a perder, por el motivo que sea, el prestigio público, la virtud social enganchada al tren del éxito. No se acepta, decía Aguilar Mora, “la complicidad pública en una sociedad católica donde los secretos se transmiten en el confesionario y detrás de los muros domésticos, y menos se acepta en un país donde la voz pública es la voz de unas cuantas familias que se han visto y se siguen viendo como las únicas representantes y dueñas de la nación.”

El caso del abuso sexual y violación en agravio de la niña Dapnhe por parte de Enrique Capitaine Marín, Jorge Cotaita Cabrales, Diego Cruz Alonso y Gerardo Rodríguez Acosta, la noche/madrugada del viernes2/sábado 3 de enero de 2015 en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río, manifiesta de bulto lo señalado. Y más allá del acto criminal llevado a efecto por los acusados -hijos de familias ligadas a las élites empresariales y políticas del estado- , la impunidad con la cual se han movido éstos durante más de un año y, en palabras de María Elena Morera, el cinismo con que el gobernador Javier Duarte y el fiscal Luis Ángel Contreras vienen actuando, la escucha de las grabaciones que el padre de la víctima ha hecho públicas evidencia la grosera concepción que los padres y madres de los llamados Porkys de Costa de Oro tienen acerca de la ética, la justicia y, por supuesto, la legalidad. O mejor aún: la ausencia de todo ello en su mundo de vida.

 En la grabación enunciada, que puede consultarse en http://huellas.mx/derechoshumanos/mujeres/2016/03/28/nuevo-audio-de-los-porkys-del-mirreynato-delata-complicidad-de-padres/, una de las madres -¿Cabrales?- jura que ahora sí le va a costar a su hijo lo que hizo en compañía de los otros cuatro -se acusa también de ser por lo menos cómplice al gemelo de Enrique Capitaine Marín, Felipe, quien jugaba nintendo en tanto se cometía el crimen- por el daño mayor perpetrado contra la niña y ¡el daño menor que se hicieron a sí mismos!; o sea: no existe el delito y sí una travesura que terminó haciéndoles daño a la niña y a ellos. Más todavía: el padre de nombre Héctor Cruz habla de arreglar las cosas mediante “una resanadita”, e informa que ya decidió ser duro con su vástago acusado de abuso sexual: le va a quitar el teléfono celular -seguramente el castigo será ejemplar: dos semanas sin el artefacto.

 Todos los padres y las madres grabados están de acuerdo en que es una lástima la tontería que hicieron sus hijos en un mal momento de su vida -como cuando Cotaita Cabrales golpeaba a su novia, supongo-, banalizan el hecho y reproducen una misoginia abrevada en siglos de infamia: conciben y ven el mundo con y desde su impunidad, cimentada en sus relaciones político empresariales bajo la égida de la corrupción como guía de actuación vital que les ha permitido, en algunos casos, cambiar de clase social en el transcurso de un trienio o un sexenio. Pasan de largo y vuelven anecdótica la mención de que en una junta de padres de familia en el Colegio Rougier, cuna educativa de los acusados y la víctima, se habló de más de seis casos de abuso sexual y violación cometidos por los alumnos. No les importa porque… no les importan las tales prójimas a menos que sean más que próximas y entonces sí, dignas de, dirían ellos y ellas desde su superstición, caridad.

Son todos ellos y todas ellas, incluido el nombrado mediador Gabriel Fernández      -quien dice respetar mucho a dos de los padres escamoteadores de la ley-, elementalmente básicos en su nivel intelectual. Utilizan mal las palabras, su formación educativa es endeble y su erudición es producto de Gary Jennings, J. J. Benítez, Francisco Martín Moreno, Catón y los manuales de superación personal, de liderazgos Toastmaters, de estupideces como el karma y de catecismos usados a conveniencia. Con tal bagaje han tenido el éxito económico y político porque precisamente eso es lo que se requiere para ser triunfador en la sociedad mexicana. Nunca se plantean el ejercicio y el cumplimiento de la ley como principio que articule la procuración de justicia ya que tienen en común un pasado, un presente y un futuro de engaño a toda legislación que pueda impedirles actuar como siempre han actuado, porque genético estructuralmente no saben hacerlo de otra manera.

 ¡Al diablo las instituciones y las leyes!, gritan ellos y ellas, exhibiendo la ausencia de una cultura cívica que eche por delante, y por encima de todo, el apego a la ética, a la transparencia, a lo elementalmente humano, al decoro y a su manoseado dios presuntamente justo. Y exhiben tal carencia debido a que, dice Aguilar Mora,  son “un grupo de núcleos cerrados sobre sí mismos, que no establecen relaciones verdaderamente sociales, sino familiares, que no tienen valores propios que afirmar” y que de aceptar someterse al arbitrio de las instituciones públicas -en caso de que éstas funcionen, claro-  y al escrutinio social todos sus hechos personales devienen esencialmente frágiles.

Son misóginos(as) y vulgares, sí pues, tanto como el fiscal y el  gobernador que en acciones perogrullescas y estultas declaran de manera oral y escrita lo que casi cualquiera sabe respecto al valor de las pruebas acusatorias de este caso y cualquier otro, lo que no obsta para que hubieran hecho lo que no hicieron: proceder judicialmente e investigar en tiempo y forma. Y si, Freud dixit, infancia es destino, uno descubre escuchando a los padres, madres y acompañante de marras que ahí, en esa etapa de la vida humana, deben rastrearse las claves de lo que hoy son esos a quienes hemos dado en llamar Porkys de Costa de Oro; y, sospecha/presume uno, también lo que hoy son los otros mencionados.