«Rafael Solana, escritor, crítico teatral, pilar del diarismo mexicano, hombre de nuestro tiempo y de las letras nacionales, ha sido partícipe de los grandes cambios culturales que se han llevado a cabo en México», se lee en la cuarta de forros de Crónicas de Rafael Solana, libro publicado la Universidad Veracruzana. Claudio Rodríguez y Mireya Rodríguez fueron los compiladores de los textos que conforman ese volumen que «reúne artículos literarios, artísticos, políticos y populares en una selección que va de 1964 a 1992, año en el que muere Solana, y fueron publicados en El Día, periódico en el que escribió desde su fundación en 1962».

Diez pesos, uno a uno, pagué por la segunda edición de ese libro, publicada en 1997, en el stand que presentó la UV en la pasada Feria del Libro Infantil y Juvenil. En un vistazo a vuelo de pájaro (acabo de comprar el ejemplar y no he tenido tiempo de leerlo) me encontré un texto fechado el 14 de febrero de 1992 —unos meses antes la muerte del autor— en el que, con cierto enfado y gran ironía, narra el fenómeno provocado por un revolucionario invento del que, según se deduce del texto, no tenía idea de hasta dónde iba a llegar.

El artículo se llama Telefonía celular, cito algunos fragmentos:

«Ha aparecido una novedad sobre las mesas de lo restaurantes; hace entre setenta y cinco y ochenta años surgió otra; los generales colocaban frente a sí, al lado de la botella de Hennessy, su pistolón, cuando se disponían a echar una manita de póker en el Sonora-Sinaloa, que era el lugar de reunión que preferían (…). Con un gesto un tanto parecido, hoy las fieras de los negocios, pues la banca y la bolsa han sustituido a la milicia, colocan junto a su plato el teléfono celular, con lo que ya meten miedo a sus comensales e interlocutores… hasta que a la semana siguiente también éstos llegan pertrechados con tal fetiche, y ya no se dejan amedrentar. El arte de la conversación, especie ya en extinción desde hace tiempo (la televisión le ha asestado una cruel puñalada) sufre una nueva embestida; no lleva mucho de iniciada una charla cuando un zumbido la interrumpe, y uno de los dialogantes empuña su arma, como empuñaban la macana los caballeros águilas, y atiende una llamada de negocios. Apenas la ha terminado, y ha dicho a su compañero ‹¿en qué íbamos?›, cuando suena el teléfono del otro (…). Y así sucesivamente. Mientras llega el día dichoso en que en los restaurantes exista, además de la sección de ‹no fumadores›, una de ‹no telefoneadores›, a la que acudan a buscar paz y tranquilidad quienes hacen ascos a esta moda de convertir la mesa del desayuno en escritorio de despacho».

El texto se sitúa en una época, no muy lejana, en la que la telefonía celular era tan onerosa que solo las élites económicas tenían acceso a ella. ¿Qué pensaría el escritor veracruzano ahora que el teléfono celular se ha convertido en uno de los bienes más —acaso el más— preciados e imprescindibles para cualquier mortal de a pie? En las llamadas telefónicas, aunque efímera y superficial, al menos se entablaba una conversación, los servicios de mensajería de texto han dado la estocada final al placer conversatorio y las redes sociales se han convertido menos en espacios de sana comunicación que en hogueras de vanidades y campos de batallas tan feroces como vacuas y muchas veces estultas.

Ante la descortesía que provocan y alimentan tan diabólicos aparatos, Solana encontró una sarcástica salida:

«Se me ha ocurrido, para hacer uso de ella en la mesa en que tomo algunos días mi desayuno al lado de personas tan ocupadas e importantes, una argucia, pienso decirles: ‹Agradezco la fineza que tienen ustedes al no querer abandonar ni momentáneamente nuestra cordial reunión, para acudir, como hacían antes, al teléfono, a contestar o hacer llamadas. Yo, por mi parte, que estoy por cierto tratamiento médico obligado a la ingestión de un diurético, habrán notado que veces tengo que ausentarme por el urgente cumplimiento de una pequeña necesidad fisiológica. Les prometo no volver a incurrir en ese descortés abandono. Desde muy pronto he de traer, y poner sobre la mesa para su inmediato uso, un pato, pero no de plástico, ni de peltre, como los que usan en los hospitales; como también presumir es uno de los objetos del teléfono portátil, mi orinal será de plata, como el que el comediógrafo Hugo Argüelles atribuye al Papa en una de sus comedias. Lo voy a mandar a hacer a Taxco, a alguna de las más famosas casas que los discípulos de Williams Spratling tienen allá; será, además de un instrumento muy útil, un exponente de riqueza, y quizá, lo que los teléfonos de ustedes no tienen, de arte y buen gusto›».

Si queremos contrarrestar los embates de descortesía que nos asestan en el siglo XXI los teléfonos celulares, debemos tener siempre a mano nuestro pato taxqueño y ostentarlo en las unidades del servicio urbano, en las oficinas, en los conciertos, en las exposiciones de arte, en los parques, en los supermercados, en las plazas comerciales, en los cines, en las banquetas, en las banquitas y hasta, por contradictorio que parezca, en los baños públicos. Como nunca habrá secciones de no telefoneadores en los restaurantes ni en ningún lugar público, un expendio de patos artísticos será un negocio boyante, espero abrir muy pronto el mío, estén pendientes (aunque, claro, muchos de los que ahora me leen lo hagan en su celular).

 

 

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