El 18 de julio de 1950 el periodista Enrique Ramírez y Ramírez, dirigente del Partido Popular en el cual, desde seis años atrás y luego de su última expulsión del Partido Comunista Mexicano, militaba también José Revueltas, acusó a éste mediante un artículo en tres partes (“Sobre una literatura del extravío”) publicado en la Revista Mexicana de Cultura -suplemento del diario oficial El Nacional– y a propósito de la aparición de Los días terrenales, de haber escrito una mala obra, que agredía al realismo formalmente y era peligrosa por echar mano de la decadente filosofía existencialista. “El existencialismo es peor que la poliomielitis. Puede contraerse en todas partes y a todas horas”, decía el fundador del periódico El Día, furibundo izquierdista plegado a la línea soviética del komintern, que terminaría siendo, como casi todos los estalinistas/maoístas mexicanos dada su vena autoritaria, militante del PRI; del cual sería diputado.

Sobrevendría una andanada desde esa presunta izquierda siamesa de la derecha en contra del también autor de otro cimero ajuste de cuentas con el dogmatismo: Los errores. Retomaría la exigencia lanzada por Ramírez y Ramírez de que el escritor debería hacer una autocrítica pública y obligaría a éste a retirar de las librerías la novela, a declarar en su defensa, vía entrevista con Oswaldo Díaz Ruanova publicada en México en la Cultura (28/05/50) e incluida en Conversaciones con José Revueltas (1977), que no pretendía atacar con su obra a nadie y que había pretendido “única y exclusivamente retratar la condición del hombre” (p. 112). Pocos, muy pocos, defendieron el derecho a la libertad de opinión del autor de El luto humano y más pocos hicieron un análisis literario serio de la obra en cuestión, entre ellos Rodolfo F. Peña, Arturo Cantú y Emmanuel Carballo. Los defensores por consigna de la libertad de expresión brillaron por su ausencia y la obra trascendió al tiempo y al estrecho intelecto de Ramírez y Ramírez.

En marzo del 2015 y a propósito del affaire Aristegui-MVS, Ezra Shabot, también conductor de un espacio noticioso en la empresa de la familia Vargas y con quien este perpetrador de diferencias tiene y mantiene muchas substanciales, esgrimió, ante los furibundos -y las furibundas, no vaya usted a creer…- que en esas piras del siglo XXI que son las llamadas redes sociales le exigían renunciar en solidaridad con la salida de Aristegui y su equipo por la presunta censura ejercida en su contra, que él gozaba de toda la libertad de expresión en la empresa de noticias MVS y agregó: “no compro agendas políticas de nadie, ni me subordino a proyectos a los cuales no pertenezco” (El Universal, 24/03/15). Y de inmediato los tuiteros -y tuiteras, no vaya usted a…- fans de Carmen, integrantes de una presunta izquierda siamesa de la derecha nazi-fascista lanzaron una andanada racista por el origen judío de Shabot.

A diferencia de lo ocurrido en 1950 con el autor que definió la decidida modernidad de la narrativa mexicana, y guardando las distancias obligadas, hoy muchos se han manifestado en apoyo, como lo hace ahora este perpetrador de solidaridades sin adjetivos, con el agredido, y han condenado, como lo hace también el tal perpetrador de diversidades, la campaña de odio desatada en contra de Ezra Shabot por quienes en atentado permanente contra la racionalidad condenan furibunda, dogmática y supersticiosamente a todos aquellos diferentes a ellos -y a ellas, no vaya usted…-. Por cierto, para el caso los defensores por consigna de la libertad de expresión, como la estentórea e hiperactiva organización “Artículo 19”, brillan aún por su ausencia; y hasta donde sabe este perpetrador de dudas, su apreciada Carmen Aristegui no ha emitido condena ni deslinde alguno. Tal es la repelente realidad en esta semana que los católicos llaman santa, de la cual los no supersticiosos y ateos gozamos gracias a la contradicción eterna de nuestra laica república que violenta la leyes conmemorando las fechas religiosas para bien del descanso nacional.