Para Vanessa Sedano Capitanachi y Luisa del Carmen Martínez García,

                                                quienes en su  momento supieron del gritón que aparecerá más adelante

A partir de ayer la épica nacional y patriótica me reveló como hijo de una familia disfuncional, donde nunca hubo ni se escuchó cinta o disco alguno original, copiado o pirata de Juan Gabriel; y como ciudadano y padre de familia igualmente disfuncional, en cuyos varios domicilios hasta la fecha tampoco se ha escuchado ni copiado vinyl, cd o archivo electrónico alguno de Juan Gabriel. Obvio que con tales antecedentes puede deducirse que nunca asistí a un concierto del tal divo de Ciudad Juárez.

Respeto el dolor de todos los dolientes, tanto de los respetables hiperbólicos que ven en las giras juangabrielescas  por Estados Unidos dignas acciones nacionalistas frente a las agresiones producto de la orfandad neuronal de Donald Trump, como de los sencillos habitantes de los terrenos de la anonimia mexicana que echan en prenda la rola para que su llanto vaya en pos de ella. Sus sinceros arrebatos producto de la pena me enternecen por saberlos sinceros.

Confieso que desde 1971 me sé el estribillo “No tengo dinero/ni nada que dar/ lo único que tengo es amor para dar.”, sé que existe un antro gay llamado el Noa-Noa, una canción llamada “Querida” y… hasta ahí. Y claro que leí en su momento el texto de Monsiváis sobre Juan Gabriel incluido en Escenas de pudor y liviandad, donde el entrañable cronista se vio traicionado por el fan del espectáculo y del consabido oropel que era, al igual que le sucedió con sus exageradas genuflexiones ante las coristas, las tiples y vicetiples.

Sin embargo, vale decir que hay en mi vida una noche/mañana allá por 1995 en que escuché (involuntariamente al inició y voluntariosamente al final) a Juan Gabriel. Vaya y valga la anécdota en detalle.

Habitaba yo en el centro del puerto de Veracruz cuando al filo de las veintitrés horas de un sábado veraniego (recuerdo la estación de año porque el ambiente olía a nanche, o nance, como se dice en Chetumal, Quintana Roo) tres vecinos empezaron a beber cerveza  o licor frente a mi domicilio y el soundtrack que empezó a calentar los ánimos del respetable trío de varones era un andanada cancioneril de Juan Gabriel, lanzada al viento desde una radiograbadora portátil grandota como la que porta el personaje Radio en Do it Right Things (Spike Lee, 1989); al uso de la época, pues.

Coligo que Juan Gabriel debió sonar y acompañar toda la noche a los santos varones. Y lo hago porque seguía sonando cando me fui a acostar alrededor de las dos y aún sonaba cuando desperté a las siete y diez para, nomás abrir la puerta del dormitorio y entrar a la cocina con el fin de preparar café, reanudar mi escucha interrumpida cinco horas atrás. Sólo que ahora la voz del cantautor chihuahuense se había convertido en fondo musical, porque uno de los tres desvelados y embriagados ciudadanos emitía una serie de palabras que no alcanzaba yo a descifrar.

Curioso por ocioso y chismoso por porteño abrí poco a poco las persianas de la ventana que daba a la calle y vi enfrente al emisor del discurso amoroso/desamoroso, quien con los ojos cerrados, vaso de plástico oscilando en la mano izquierda y tambaleándose entre puntas y tacones de los zapatos (o sea hacia delante y hacia atrás, para ser claro) repetía a grito pelado tres palabras: “perra… desgraciada… puta… perra… desgraciada… puta…” Sólo eso.

No recuerdo, por mi supina y autocríticamente asumida ignorancia en torno a la obra de Juan Gabriel, qué rola le hacía emitir al amoroso varón su mantra inspirado en la amada/el amado. Sí recuerdo que siguió y siguió y siguió así por un buen rato más, aunque dejé de escucharlo porque quizás el físico no le dio para más porque el disco que puse adrede (para  anular a Juan Gabriel más que para hacerlo con el hipersensible y lastimado gritón) opacó su enternecedora e interesante perorata.

Hoy la muerte de Juan Gabriel y el transclasista, transcultural y desmesurado panegírico generado desde las izquierdas y las derechas (y desde todos los niveles educativos y grados académicos, no vayan ustedes a creer que…) acerca del ser, hacer y saber del compositor y cantante, me hacen sentir fuera de lugar e incapaz de conversa alguna con vecinos y transeúntes. Y recordar al sensiblero, romántico y querendón varón de aquel verano porteño del 95 me aporta una luz al final del túnel, que termina siendo certeza: sí, las rolas de Juan Gabriel son irrecusables productos culturales que le han dado matria a muchos millones de mexicanos y latinoamericanos, quienes los han integrado a su arsenal vital para sentidamente gritar “perra… desgraciada… puta…” cuando la ocasión lo amerita. Nada más, pero  nada menos.

Por lo anterior es que comprendo y respeto a esos compatriotas hoy vueltos dolientes adoloridos del corazón y demás vísceras. Y les pido/ofrezco una sincera disculpa por no acompañarlos en su dolor ya que no me gusta lo hecho por Juan Gabriel ni la música de mariachis (aunque reconozco la sapiencia musical de muchos ejecutantes) ni las estudiantinas ni Pedro Infante ni… tampoco exageremos, aunque Cabrera Infante haya dicho que cualquiera puede llegar a ser poeta, pero que sólo los tocados por la gracia pueden ser autores/intérpretes de música popular.