En la madrugada del 18 de agosto de 1936, en algún lugar sin nombre localizado en el camino entre Víznar y Alfacar, bajo las ramas de un olivo, fue asesinado Federico García Lorca. Se le imputaban tres cargos: ser espía de los rusos, ser masón, ser homosexual.

Las reacciones superaron lo imaginado por la dictadura franquista, el crimen fue condenado por una gran cantidad de países y muchas grandes personalidades del mundo entero. El hecho se convirtió en un lastre para un régimen que pasó años tratando de ocultar las evidencias y de deslindarse del asesinato.

Hasta la fecha se ignoran los detalles, el lugar y el momento exactos de la ejecución. ¿Cuántas balas tocaron su cuerpo?, ¿qué verso acudió a su mente en el instante previo al primer disparo?, ¿caminó a solas con la muerte sin miedo a su guadaña?

Antonio Machado —a quien Lorca definió como «un monumento de persona y de poeta, siempre cubierto de ceniza y de honda simpatía»— escribió un poema que se publicó en Ayuda. Semanario de la solidaridad un par de meses después, el 17 de octubre.

El Crimen fue en Granada

Antonio Machado

I. El crimen

Se le vio, caminando entre fusiles
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
… Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

 

II. El poeta y la muerte

Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque— yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban…
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

III

Se le vio caminar…
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

 

Otro de sus grandes amigos y cómplices de la palabra, Vicente Aleixandre, en un texto sobre el que ahondaremos mañana, narra:

«Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos del amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: ‹Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!› Me miró y se sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la capacidad sin par del corazón de su poeta».

 

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