En el segundo semestre de 1973 Miguel Nazar Haro «me aplicaba toques eléctricos con una picana, me echaba agua fría en el cuerpo y me golpeaba con una barra. Sus ayudantes sólo colaboraban amarrándome y deteniéndome, pero él me aplicaba toques en el ano y los genitales. Me introducía un pequeño cable con corriente eléctrica en el pene y me sumergía en agua podrida o en piletas de excremento. A mis espaldas se encontraba quien después supe que era el capitán Fernando Gutiérrez Barrios (…) otros dos hombres, que al parecer eran de la DFS, y… otras tres personas de origen extranjero, probablemente estadunidenses, quienes presenciaban el desarrollo de la tortura a que era sometido», le dijo en los primeros meses de 2004 Rubén Melitón Ramírez González -quien alboreando la década de los setenta formó, en compañía de Francisco Juventino Campaña López, las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo- a Víctor Ballinas, vía entrevista publicada en el diario La Jornada (24/02/04).

Era la anterior una acusación más, entre muchas avaladas por organismos internacionales durante los más recientes cuarenta y pocos años, en contra de Nazar y de su tutor Gutiérrez Barrios por tortura y violación a los derechos humanos. Este último, basado en el trabajo sucio consubstancial para el sistema político mexicano, escalaría desde su origen en las cloacas hasta llegar a ser gobernador de Veracruz y Secretario de Gobernación en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Nazar Haro viviría bajo la protección de su hacedor y moriría el 26 de enero de 2012, cinco años después de ser el negociador en el secuestro de su tutor, ocurrido el 10 de diciembre de 1997, quien moriría asimismo el 30 de octubre de 2000, siendo Senador, dejando una negra leyenda tras de sí para los luchadores sociales y los impulsores de la democracia, y otra muy distinta para los priistas y beneficiarios de lo que en los últimos veinticinco años algunos consideraron el ancien régime nacional, aunque este perpetrador de paráfrasis le da la razón al clásico y considera que no fue así, que el tal antiguo régimen es el mismo de hoy y que lo acontecido es que al despertar muchos en 2012 del largo sueño de cinco lustros el PRInosaurio todavía estaba/está aquí, y que los Nazar y los Gutiérrez Barrios empollaron a más de los suyos si atendemos al reciente informe de Juan Méndez, relator del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

El mencionado informe de Juan Méndez acerca del estado que guardan la práctica de la tortura y la violación de los derechos humanos en nuestro país, producto de su estancia investigadora entre el 21 de abril y el 2 de mayo de 2014 y dado a conocer en marzo del presente, esgrime, luego de documentar, contextualizar y detallar el contenido del reporte en cuestión, duras afirmaciones, que se resumen en lo siguiente: “La tortura es generalizada en México. Ocurre especialmente desde la detención y hasta la puesta a disposición de la justicia, y con fines de castigo e investigación. El Relator Especial identificó varias causas de la debilidad de las salvaguardias de prevención y recomienda medidas para atenderlas (…) llama al Gobierno a implementar prontamente sus recomendaciones y a la comunidad internacional a asistir a México en su lucha para eliminar la tortura y los malos tratos, revertir la impunidad y garantizar la reparación integral de las víctimas.” Nada más, pero nada menos. En ese tono va la acusación, sustentada por el funcionario del máximo organismo internacional del ramo, hecha al gobierno de Enrique Peña.

El informe le pareció exagerado al gobierno mexicano y a sus corifeos; y la primera respuesta, dada por Juan Manuel Gómez Robledo, Subsecretario para Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos de la Secretaría de Relaciones Exteriores, rechazando el informe de Méndez y diciendo que era “no profesional y poco ético”, dejó ver el mucho enojo del gobierno federal, más aún cuando lo dicho fue avalado por el Secretario José Antonio Meade, quien a pesar de todo reconoció en un largo comunicado (06/04/15) que “la tortura constituye una práctica a la que todavía se recurre en distintas formas y que no ha sido del todo erradicada”. No… pero sí, pues; un poquito y ya nomás, que no es tanto sino tantito o… Meade auto evidenciándose como la síntesis del discurso priista/peñista huérfano de sustento alguno y anulado por el contundente “no puedo cambiar mi calificación a menos que me demuestren, con mucha claridad, que estaba equivocado, lo cual hasta ahora no ha pasado”, dicho por Méndez el día de hoy y que queda ahí: a la espera de que lo desmientan con las pruebas del caso, lo que deberá acontecer en este año porque el siguiente volverá a lo mismo si el gobierno de Peña nieto no opina lo contrario y evita su presencia en México.

Vale que cualquiera eche por delante su derecho a la duda respecto al informe de Méndez -“en México [afirma éste], es el detenido quien tiene que demostrar que fue torturado, cuando debería ser la acusación fiscal, la encargada de sostener la licitud de la confesión”-; vale también que esos cualquiera demuestren las falacias del informe y que la duda trascienda lo simplemente razonable. Vale, de igual manera, reconocer que unos pocos casos de tortura son suficientes para comprobar que Fernando Gutiérrez Barrios y su protegido, delfín y heredero en la DFS, Miguel Nazar Haro hicieron escuela y que su cultura torturadora prevalece, para desgracia del país y de la ciudadanía; y que el tal PRInosaurio todavía está aquí, para desgracia de todos, incluidos los -y las, no vaya usted a creer…- que con su voto lo descongelaron porque quizás, como afirma Umberto Eco en comentarios alrededor de Número cero (2015), su más reciente novela, “hoy, cuando afloran los nombres de corruptos o defraudadores y se sabe más, a la gente no le importa y sólo van a la calle los ladrones de pollos.”