Si usted nació con genitales masculinos, se sabe hombre y le atraen las mujeres, o si nació con genitales femeninos, se identifica como mujer y le atraen los hombres, su felicidad dependerá de otros factores, pero siempre tendrá asegurados el respeto y la aceptación sociales.
Si usted nació con genitales masculinos, se asume hombre pero se siente atraído por los hombres, o si nació con genitales femeninos, se sabe mujer pero se siente atraída por las mujeres, cuidado, esa simple característica lo condenará a la marginación y lo hará víctima del escarnio y de las violencias verbal y física.
Si usted nació con genitales masculinos pero se sabe mujer, o si nació con genitales femeninos pero sabe que es hombre, su situación es aún más grave, además de la marginación y la violencia, será azotado por los embates del oscurantismo. Si nació con genitales masculinos, sabe que es mujer y se siente atraída por las mujeres, y para colmo, creció en una época en la que reinaba la ignorancia en asuntos de sexualidad, tendrá que invertir media vida para saber quién es, por qué le suceden tantas cosas en apariencia anómalas y, sobre todo, cómo debe pasar el resto de su vida.
«Hay planteamientos sexológicos bien interesantes que dicen que tenemos tres ejes: sexo, género y deseo —orientación sexual—, y que son independientes. Tradicionalmente, un macho debe ser hombre y deben gustarle las mujeres, una hembra debe ser mujer y deben gustarle los hombres, pero si vemos esos tres ejes de manera independiente, todo encaja: yo puedo ser macho, mujer y pueden gustarme las mujeres», me dijo Silvia Susana Jácome, mujer que tuvo que vivir más de cuatro décadas de incertidumbre, de culpas, de confusión, de ignorancia de sí misma, para lograr vivir como debió haberlo hecho toda la vida, como la mujer que siempre fue.
El año 2004, escribió el poema De príncipes y princesas, «lo escribí —me explicó— cuando estaba en plena transición, por eso es que voy de lo masculino a lo femenino; hoy no escribiría algo así, pero en su momento tuvo mucho sentido».

De príncipes y princesas

Silvia Susana Jácome. 2004

Al caer la noche, y desatar las cadenas, se escapan los sueños,
y al hacer el recuento se mira el paso de la vida
con fuerza, con ternura, con pasión.
Y me recuerdo contento, como el niño que corre tras la pelota,
y me recuerdo contenta, como la niña que sueña con ser una princesa,
y evoco aquellas primeras zapatillas, las primeras medias, el primer bilé.
Y qué orgulloso estaba al anotar un gol, y aquella primera bronca,
o las canicas o el balero.
Pero, soñadora al fin, vanidosa, el espejo compartió mis secretos,
espejo mágico, confidente a quien conté mis sueños, mis anhelos.
Claro que el mundo no entiende
solo sabe de cochecitos y de muñecas
de blancos y negros,
de buenos y malos,
de azules y rosas.
Como si todas las aves cantaran
y solo los peces nadaran.
Pero hay extrañas criaturas
que aun sin alas pretenden volar
y sin aletas pretenden nadar.
Aunque nadie lo entienda,
aunque no lo toleren.
Ni blancos ni negros,
ni azules ni rosas.
Así somos, nosotros, nosotras,
el sol y la luna,
la tierra y el cielo.
Así somos, complejos, complejas,
pero jamás un monstruo de mil cabezas
Si acaso príncipes,
si acaso princesas.

En una muy larga conversación, me contó los pormenores de su proceso.

Pilares de oro y plata

El recuerdo más antiguo del que tengo memoria es de cuando yo tenía dos o tres años, tengo un hermano un año mayor que yo, los fines de semana nos metíamos a bañar con mi papá y cuando salíamos de la regadera, me acuerdo perfecto que me paraba sobre el cesto de la ropa sucia —era un cesto de mimbre, entonces, si hubiera sido más grande lo hubiera roto—, mi papá me daba la toalla y después de secarme me la amarraba como falda y me ponía a bailar como odalisca, y se me hacía lo más natural, en ese momento no estaba consciente de que era un niño que bailaba como una mujer, simplemente era el juego que me nacía porque veía en la televisión a las bailarinas que salían en la películas, y mi papá y mi hermano lo tomaban bien, como «qué chistoso el niño».
Otro recuerdo de esa infancia es una foto que había en mi casa de la Familia Rufino, un grupo de cantantes formado por el papá, la mamá y los hijos; la mamá tenía una sonrisa muy especial, entrecerraba los ojos cuando se reía, decían mis tías que yo me reía igual y me decían a ver, haz cara de mamá Rufino. Ahora que lo reviso, tengo muy claro que yo tenía expresiones muy femeninas desde que era muy chiquita.
Cuando entré al kínder, me juntaba con las niñas a jugar a la comidita, a Doña Blanca, a platicar o lo que fuera. Mi abuela materna tenía una vecina que tenía una nieta de mi edad y me ponía a jugar con ella y con sus amigas. Yo no me daba cuenta de que era un niño que interactuaba como niña, pero en algún momento mi hermano se burlaba porque me juntaba con las niñas, pero uno va encontrando estrategias y recuerdo que le decía lo que pasa es que te da coraje porque es mi novia y tú no tienes novia, cuando no había ninguna atracción de pareja sino simplemente era una amiguita más.
Mis abuelos vivían enfrente de una escuela secundaria y tenían una terraza, somos cinco nietos más o menos de la misma edad, una mujer, tres hombres y yo, veíamos bailar a los niños y las niñas de la secundaria, y mi prima —que es la mayor, un año más grande que yo— nos decía vamos a bailar, les voy a enseñar, y me acuerdo que yo me agarraba los pantalones como si fuera una falda y ella me decía no, los hombres van con las manos atrás, eso me impactó tanto que sigo acordándome después de 60 años. Antes de entrar a la primaria viví esa parte muy espontánea, sin culpas, sin darme cuenta incluso de qué pasaba.

El Callejón del Diablo

Entré a una primaria lasallista de puros hombres y cambió totalmente el asunto porque ahí tomé conciencia de que yo era un niño y que tenía que comportarme como hombre porque si no, la sanción social era muy fuerte. Tenía compañeros que tal vez no eran gays sino un poco afeminados o delicados, o que si se caían se ponían a llorar, o sea, que no correspondían con el mandato de género masculino y eso les generaba burlas, agresiones, todo lo que ahora llamamos bullying, que en ese entonces no se llamaba así pero era exactamente lo mismo.
Yo me di cuenta de todo eso y fui muy cuidadosa en expresarme desde lo masculino, afortunadamente me gustaron los deportes y fui buena —creo que sigo siendo más o menos buena para los deportes— y eso me ayudó muchísimo, mi papá siempre fue un deportista muy aficionado y practicante, nos inculcó eso y me gustó mucho. En la escuela me agarré de eso, jugaba futbol y básquetbol, y lo hacía bien. Además había todo ese machismo de que si había algún problema en el recreo, que pasaba alguien y te tiraba la torta o cualquier cosa así, pues había pleito a la salida. Entre la escuela y mi casa había un callejón que se llamaba el Callejón del Diablo, era muy estrecho, de tierra, con muros muy altos a los lados, muy oscuro, cuando llovía se hacía un lodazal, eran como 100 metros de una calle a otra y en medio no nos veía nadie y ahí nos agarramos a golpes, y también fui buena para los golpes, no me gustaba para nada pero tenía que hacerlo, entonces no tuve problemas con los compañeros pero sí tenía problemas internos.

De príncipes y princesas

Como a los siete años, cuando ya estaba en segundo de primaria, los domingos había reuniones familiares en casa de los abuelos paternos e íbamos mi prima, mis tres primos y yo. En ese entonces había un programa de Cachirulo que se llamaba El Teatro Fantástico, eran cuentos de princesas y toda esta fantasía, veíamos el programa y al domingo siguiente que nos veíamos en la comida, nos gustaba representarlo, ni siquiera para los tíos, nada más nosotros solos. Mi prima era la princesa, por supuesto, y de los demás, uno era el príncipe, otro era el malo, otro era el dragón o lo que fuera. Un día se enfermó mi prima y no fue, y decíamos ¿qué hacemos?, no tenemos princesa, jugamos a otra cosa. No me acuerdo si fui yo o alguien dijo pues que uno de nosotros la haga de princesa, y yo me ofrecí, de eso sí me acuerdo. Jugábamos en la recámara de mi tía, ella tiene como 10 años más que yo, en ese entonces tendría 17 o 18 años, era una adolescente y tenía vestidos, crinolinas, diademas; me acuerdo que me puse una crinolina, una diadema, unas zapatillas, y me sentí soñada, me vi al espejo y me veía como una niña.
Me sentí muy bien pero al mismo tiempo estaba en conflicto, me acuerdo que en la noche recreaba en mi mente las imágenes mías con la crinolina, los tacones, los aretes y tenía sensaciones muy bonitas pero al mismo tiempo pensaba si yo soy niño, ¿cómo hago esas cosas? Al día siguiente fui a la escuela con cierto miedo, era ilógico que se hubieran dado cuenta pero iba pensando si supieran que ayer me estaba poniendo tacones altos, una crinolina y un vestido, me iría muy mal. Ahí comenzaron mis conflictos, cuando pensaba cómo era que me sentía tan bien haciendo esas cosas que, según yo, no debería hacer.

El sol y la luna, la tierra y el cielo

El departamento en el que vivíamos tenía dos recámaras, en una dormían mis papás y en la otra mi hermano y yo, teníamos una litera. En cada recámara había una televisión, un día, cuando estaba en tercero o cuarto año de primaria, se descompuso la de mis papás, era domingo y creo que cantaba Raphael o había algo que a mi mamá le interesaba mucho entonces se fue a verlo a la recámara de nosotros. En ese entonces no había pantimedias, se usaban medias con liguero, cuando estaba viendo la televisión, seguramente a mi mamá le resultaron incómodas, se las quitó y las dejó en mi cama, donde estaba sentada. Se acabó el programa, nos despedimos, se fue a dormir y ni yo ni ella nos dimos cuenta de que había dejado las medias. Mi hermano se acostó en la litera de arriba, yo abajo, apagamos la luz y al jalar las cobijas me di cuenta que estaban las medias —que en esa época eran más sedosas, tenían menos plástico—, las sentí y me encantó su textura, además sabía lo que representaban. Primero empecé a tocarlas, a pasarlas por mis brazos, después me bajé el pantalón de la pijama y me las pasé por las piernas, entonces dije si me las pongo, voy a sentir más bonito todavía, me quité el pantalón de la pijama, me las puse y me sentí soñada acariciándome las piernas con las medias puestas, pero mi hermano estaba durmiendo arriba y me dio miedo de que se fuera a despertar y se diera cuenta. Me las quité, las boté por ahí, me puse el pantalón de la pijama y ya me dormí, pero otra vez con esa inquietud y esa angustia.
En esos días mi hermano tenía problemas dentales y mi mamá lo llevaba con un ortodoncista para que le diera un tratamiento, cada semana iban al dentista y yo me quedaba sola en el departamento porque mi papá trabajaba todo el día. Me había quedado con idea de las medias y uno de esos días dije ahora no hay nadie, puedo ponerme las medias el tiempo que quiera, me las puse y quise sentir el liguero, y al rato un brasier y después un vestido y los tacones, en esa época se usaban mucho las pelucas, mi mamá tenía varias muy bonitas y también me puse una peluca. De ahí en adelante, cada vez que iban al dentista me ponía la ropa de mi mamá, ponía un disco de Rocío Dúrcal, de Angélica María, de alguna cantante y me imaginaba que yo era la que cantaba. Me la pasaba muy bien pero con esa dualidad de ¿qué está pasando?, yo soy hombre y no debería hacer estas cosas.
Yo ya tenía perfectamente calculado el tiempo que se tardaban, entonces, a cierta hora me cambiaba, ponía todo en su lugar y no se daban cuenta, pero un día el dentista no llegó y se regresaron. Yo estaba muy contenta con el vestido, la peluca, los aretes y demás, vivíamos en un tercer piso y mi mamá tenía un coche viejito que era muy escandaloso, de pronto escuché el ruido del coche, me asomé por la ventana y vi que eran ellos. El tiempo que tardaban en bajar del coche y subir los tres pisos era muy poquito, entonces lo único que pude hacer fue agarrar mi ropa, meterme al baño y cambiarme ahí. Cuando me estaba terminando de cambiar llegaron, abrieron la puerta y mi mamá me gritó, le dije estoy en el baño, ahorita salgo. Cuando terminé de cambiarme dije ¿y ahora qué hago con la peluca, el vestido y los zapatos?, mi mamá tenía una lavadora en el baño y lo único que se me ocurrió fue meter todo ahí y taparla, y dije a ver cómo le hago después, pero por lo pronto la salvo así.
Salí, me puse hacer la tarea y al rato vi que mi mamá salió de su recámara con el montón de ropa sucia y se metió al baño, al ratito me llamó y me dijo ¿por qué está todo esto aquí? Yo no sabía qué inventar y dije es que te iba a lavar la ropa, ¿pero cómo —me dijo— y la peluca y los zapatos y los aretes? En esa época estaban de moda Los Polivoces, unos cómicos que imitaban a María Victoria y a varias mujeres y se vestían como ellas, y ese fue el pretexto, le dije que quería vestirme como Los Polivoces. Pensé que me iba a ir muy mal por la culpa que yo sentía, y no, pareció que mi mamá no le dio mucha importancia, me dijo no lo vuelvas a hacer porque maltratas mis cosas, y ya, pero ahora me doy cuenta de que evadió el tema, no quiso entrarle y esa fue su salida, pero a los pocos días llegó mi papá con unos guantes de box y me los regaló, no era mi cumpleaños, no era Navidad, simplemente me dijo mira, los vi, me gustaron y te los compré, pero nada más me regaló guantes a mí y a mi hermano no le dio nada, claro que me los compró para que me hiciera hombrecito
Había que usarlos, tenía un vecino de mi edad en ese edificio, nos llevábamos bien y a él sí le gustaba el box, entonces nos subíamos a la azotea, nos poníamos los guantes y en las jaulas para tender nos dábamos hasta que a alguien le salía sangre. Era horrible, yo sentía cómo me retumbaba la cabeza con los golpes, no sentía ningún placer en golpearlo, no me gustaba en lo absoluto ese deporte, pero tenía que hacerlo, pensaba eso es lo que me toca, no puedo seguir con mis mariconadas, pues yo las veía así en ese momento.
Ese vecino tenía una hermana más o menos de mi edad —yo tendría ocho o nueve años— y me llevaba muy bien con ella, en las tardes veíamos un programa con Pepita Gomís que se llamaba Telekínder, era muy infantil y de niñas, entonces vivía en esa dualidad, por un lado me agarraba a golpes con los guantes de box con el hermano, y por el otro, me ponía a ver programas para niñas con la hermana.

Ni blancos ni negros, ni azules ni rosas

Cuando tenía nueve o diez años, yo estaba convencida de que era una niña, era la única explicación posible de por qué hacía todo lo que hacía, ahora, como sexóloga me queda claro que esa era la realidad, pero en ese entonces no, simplemente lo intuía, me parecía la conclusión más lógica cuando me preguntaba ¿por qué no me gusta boxear como a mi vecino y sí me gusta ponerme los tacones de mi mamá?, porque soy una mujer.
Tengo una hermana pero nació cuando yo tenía 16 años, pero en aquel entonces yo nunca había visto una mujer desnuda, no sabía que existían las vulvas, ni siquiera me lo planteaba, según yo, todo mundo tenía pene, entonces mi cuerpo no era un impedimento para que yo, efectivamente, fuera una niña. Le pregunté a mi mamá con el mayor interés de saber y aclarar las cosas, pero de una manera indirecta porque no me atreví a decirle mamá, fíjate que yo soy niña, solo le pregunté oye mamá, cuando nace un bebé, ¿cómo saben los doctores si es niño o es niña? Se puso muy nerviosa y me contestó lo primero que se le ocurrió: por la carita (risas). Entonces me quedé peor, dije pues qué fácil es que se equivoquen. A mi papá le gustaba mucho la fotografía, tenía fotos mías y de mi prima de cuando éramos bebés, cuando tuve un momento sola me metí a buscar las fotos y me di cuenta de que mi prima y yo, cuando éramos bebés teníamos la carita igual de tierna, a lo mejor hasta era más tierna mi cara que la de ella (risas), y dije entonces soy una niña.
En ese momento sentí que todo se me aclaraba, todo encajaba porque sabiéndome niña ya no había conflicto, todo tenía explicación: por eso bailaba como odalisca, por eso me ponía la ropa de mi mamá. Por un lado me dio mucho coraje porque dije malditos, se equivocaron y me hicieron pasar todo esto, pero por otro lado me puse muy contenta, dije bueno, estoy a tiempo. Mi primera idea en ese momento fue que en cuanto llegara mi mamá, decirle ya vi las fotos, soy una niña. Pero no me atreví, yo creo que viendo la reacción que tuvo cuando le hice la pregunta, dije no, si le salgo con que soy niña se va a infartar, y me parece que fue una decisión prudente.
Desde mi lógica dije bueno, si soy niña, no me va a salir bigote ni barba, no me va a cambiar la voz, me van a crecer los pechos, cuando empiecen esos cambios, ya será evidente y no podrán cuestionarme nada y podrán comprarme mis vestidos. Me daba mucho gusto porque me hacía mucha ilusión una fiesta de 15 años, yo veía que en otras chicas a los 12 o 13 años empezaban los cambios físicos y dije perfecto, cuando cumpla 15 años ya estará más que claro que soy niña y me podrán hacer la fiesta, y me cambiaran el nombre y todo; hacía mi fantasía completa.

Volar sin alas, nadar sin aletas

Pero al poco tiempo tuve no sé si la fortuna o la desgracia —pero tarde o temprano tenía que pasar— de comentarlo con mi primo de mi edad de una manera muy indirecta, le dije:
—Oye, cuando nace un bebé, es muy fácil que los doctores se equivoquen sobre si es niño o niña
—¿Por qué?
—Pues porque se parecen las caritas
Y se burló de mí, era de mi edad pero tenía mucha más información que yo. Luego me habló de las vulvas —con otros nombres, por supuesto, más peyorativos— y yo no lo podía entender, me parecía inconcebible que hubiera seres humanos que no tuvieran pene. ¿Entonces cómo hacen pipí?, pensaba, pero más que nada pensaba en mi propia realidad. Como no le creía, me enseñó una revista pornográfica de su papá en la que aparecían mujeres desnudas, con la vulva perfectamente descubierta, visible, y tuve un impacto porque otra vez ya nada tenía sentido; todas esas circunstancias que encajaban perfectamente sabiéndome niña, en el momento en que me di cuenta de que no tenía una vulva sino que tenía otra cosa y no era niña, volvieron las dudas: ¿entonces por qué me pongo esa ropa?, ¿por qué juego a las muñecas?, ¿por qué todas esas cosas?
Buscando explicaciones y maneras de resolver el problema —porque era un problema para mí—, la explicación que encontré fue: pues voy a ser homosexual, voy a ser maricón, todos esos términos. Como te digo, tenía nueve años y no había descubierto la educación sexual, hoy me queda claro que no es lo mismo, pero para una criatura de esa edad era exactamente lo mismo: un hombre que se pone ropa de mujer es homosexual, entonces voy a ser homosexual y me van a gustar los hombres. Me acuerdo que me veía más grande besándome con un hombre y me chocaba esa idea, quizá por una cierta homofobia social; no me latía pero no me quedaba de otra, pensaba —muy resignada— pues ni modo, me tocó y eso es lo que va a pasar.

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: Por la cuerda floja
TERCERA PARTE: El reflejo de mis alas
CUARTA PARTE: En mi propia piel

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