Miguel Cruz fue una pieza clave en la formación de JazzUV, participó en la creación de los primeros diplomados, cuando Édgar Dorantes fue nombrado director de Difusión Cultural, asumió la dirección de la naciente escuela y bajo su periodo se creó la licenciatura.
Después se fue a la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas donde fue nombrado director de la Licenciatura en Jazz y Música Popular, en ese cargo logró la certificación de la carrera ante el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior de las Artes A.C., CAESA.
Musicalmente, Miguel ha hecho un viaje de ida y vuelta entre lo popular y lo académico, a los ocho años ya estaba tocando con el grupo de música tropical de su padre y echándose un palomazo con Chico Che. Estudió la Licenciatura en Música, opción Percusiones, en la Universidad Veracruzana y el Diplomado de Estudios Avanzados de Percusión en el Centro Nacional de las Artes. Fue fundador de la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz y actualmente se dedica a la música popular, al jazz y al tambor religioso.
En su más reciente visita a Xalapa, nos reencontramos después de muchos años y durante un par de amenas horas me hizo un resumen de su vida y su trayectoria.

¿Dónde te agarró el tambor?

Yo nací en el puerto de Tuxpan, Veracruz, al norte del estado. Mi papá es músico y mi abuelo materno era melómano, por él, desde niño escuché la música latina: Miguel Matamoros, el Negro Peregrino, la Sonora Matancera. Mi papá toca el bajo pero es músico lírico, no estudió, mi mamá es bailadora. Tengo una hermana maestra, ella estudió un poquito de música pero no tuvo la ocasión de dedicarse a eso.
Cuando tenía cuatro o cinco años, a veces iba la prueba de sonido del grupo de mi papá, pero tenía que irme a dormir, en esa época el grupo alternaba con Mike Laure, con Rulli Rendo, con Los Socios del Ritmo, con el Grupo Audaz, con Chico Che. Cuando mi papá se iba al baile, mi mamá esperaba a que nos durmiéramos mi hermana y yo, nos dejaba encargados con una tía que vivía al lado de la casa y se iba a ayudar con la venta de boletos. En la madrugada despertaba y me levantaba para escuchaba tocar a Chico Che, a Los Flamers, al Grupo Audaz, a los Vázquez.
A esa edad, cuatro o cinco años, me inicié en la música, empecé a tomar guitarra clásica con el maestro Serrano, que en paz descanse, me enseñaba el método americano de la guitarra, o sea, no era por nota, era por trastes y números, con él toqué Las hojas muertas, El padrino, todo eso. Después me entró la inquietud por el piano y tomé clases en la academia de la maestra Montiel, en Tuxpan.
Mi inicio en la percusión fue bastante espontáneo, mi papá tenía un banco de plástico que parecía macetero y yo, siempre que ponía música, me ponía a tocar, un día mi papá me vio y me dijo:
—¿Qué estás haciendo?
—Pues tocando
—A ver toca
Me oyó y me dijo:
—Oye, ¿no quieres tocar en mi grupo?
—Sí
—Vas a entrar, pero no vas a ir a los bailes que sean muy lejos y muy noche, los domingos no hay grupo porque tienes que ir a la escuela el lunes, si vas bien en la escuela, hay grupo, si no, no hay grupo.
En ese entonces, yo no alcanzaba las congas aunque bajaran todo el atril, entonces me subían a unas cajas de Coca Cola. Yo tenía como ocho años y fue la etapa más bonita para mí porque tuve la oportunidad de entrar al grupo de mi papá tocando conga y fue en ese momento cuando naturalmente escogí los instrumentos de percusión.
Era un grupo de fiestas, de XV años, de bailes populares y todo eso; nos íbamos a los pueblos, a veces hacíamos cinco horas en terracería, llegábamos y había que montar el escenario en la cancha de básquet de la escuela, al rededor todo era monte y estaba oscuro, cuando empezábamos a tocar, veíamos las lámparas de la gente que venía caminando por el monte para ir al baile y llegaban cien o doscientas parejas. Me veían tocar de otros grupos y se quedaban sorprendidos de que siendo tan chiquito podía tocar ese instrumento, por la fuerza que se necesita.
Una anécdota que tengo de esa época es que en un baile, después de que tocamos se acercó Chico Che y me dijo oye, ¿no quieres tocar conmigo? Para mí fue un momento de pánico porque pensaba que me quería llevar con él, y le dije que no. Mi papá me dijo ve y toca, y le dije no, no, hasta que mi papá se dio cuenta y me dijo mira, no te está diciendo que te vayas a tocar con él, te está invitando a que toques una pieza. Fui y toqué un tema con Chico Che, esa es una experiencia que queda en mí porque en esa época no había manera de filmar o grabar eso.
Ese fue proceso con el que aprendí la música popular.

Conservatorio, palabra mágica

Mi papá tenía amigos músicos que me veían y siempre me alentaban y le decían a mi papá que por qué no me mandaba al conservatorio, esa cuando palabra entró en mi oído, me despertó mucho. Terminando la secundaria, le dije a mi papá que quería hacer música y que quería estudiar en el conservatorio, tenía trece o catorce años y mi papá me dijo bueno, vamos a ir a Xalapa. Me acuerdo que fue un enero o febrero cuando vinimos, nos recibió un amigo que se llama Francisco Arroyo Chaires, en esa época estudiaba percusiones, ahora es director de la Escuela de Música de Durango.
Mi idea era estudiar piano, llegué al cubículo de la maestra y me puso a tocar lo que había aprendido en la academia, eran cosas muy elementales, la maestra escuchó un momento, se salió y al regresar le dijo a mi papá:
—Está muy bien, pero ¿cuántos años tiene?
—Tiene trece años
—Ya se le pasó la edad, pasen a hablar con el director
Fue un momento fuerte para mí porque dije entonces ya no sé qué voy a hacer. Fuimos a ver al director —era Jorge Covarrubias, maestro de piano— y bien amable nos dijo:
—Es que se toma en cuenta la edad, son diez años de carrera
—¿Y si estudia otro instrumento?, él toca congas en mi grupo —dijo mi papá
—Pues métalo a percusión, para eso sí le da la edad, ¿por qué no habla con el maestro?
Volvimos a ver a mi amigo Chaires y nos dijo pues que entre a percusión y estando adentro, a ver si se puede cambiar, pero conocí la marimba, conocí los timbales, conocí la diversidad de la música clásica y decidí ya no cambiarme. Ahí fue donde empezó mi etapa de estudiante de la Universidad Veracruzana.

Andanzas y penas en la Atenas

Me vine a estudiar al año siguiente, en el 91, tenía catorce años. Llegué a la pensión de una señora que se llamaba Blanca, estaba en el centro, en Azcárate. Ahí me daban un cuartito, mis tres comidas, todo. Tenía que hacer la prepa, me decían que entrara a las prepa abierta, pero como mi horario en la Facultad de Música era vespertino —entraba a las tres de la tarde—, no quise, porque tenía las mañanas libres. Entré a una prepa de Banderilla, entonces me levantaba a las cinco y media o seis de la mañana, tomaba el camión en el centro y me iba, regresaba a la una y media o dos de la tarde, llegaba a la pensión a comer, agarraba mis cosas y me iba a la Facultad, que estaba en Juárez, y tenía que regresar a la pensión a las nueve de la noche porque si no, me cerraban el zaguán.
Viajaba cada ocho días a Tuxpan porque seguía tocando con mi papá en los bailes, los viernes no tenía clases en la Facultad, terminaba la prepa a medio día y me iba, y el domingo, a las once o doce de la noche me regresaba, llegaba a las cinco y media o seis, desayunaba, tomaba mis útiles y me iba a la prepa.
Me daban cincuenta pesos a la semana, en esa época, el autobús a Tuxpan costaba veintitrés pesos, el resto era para mis camiones a Banderilla y no había más, no podía comprarme nada, a veces, los amigos de la Facultad decían oigan, vamos a comer tacos y yo no podía ir. Yo apenas tenía catorce años, fue una época bonita pero difícil y a veces triste, pero era la oportunidad de estar aquí.
Me acuerdo que el primer concierto de la Sinfónica de Xalapa al que fui, compré mi boleto, entré y fue una experiencia bonita pero pesadísima para mí porque nunca había escuchado una orquesta sinfónica y había momentos en los que casi me dormía, pero fue impresionante.
Cuando Javier Cabrera tenía un grupo de percusiones que se llamaba Ori en el que estaban Cándido [Rojo], Estela Lucio, Enrique D’flon, Marco Antonio Flores Mávil y no me acuerdo quién más, a veces iba a verlos a un lugar que se llamaba El Taller —que estaba en Ruiz Cortines, por el PRI—, a La Tasca o al Tope, pero no me dejaban entrar porque era menor de edad, y me quedaba escuchando en la calle. Además, como la señora cerraba la puerta, tenía que hacer mis trucos para regresar o me dejaban la llave por ahí.

La nueva etapa: Xalapa

Mi vida en la Facultad fue muy bonita, tuve muy buenos maestros: la maestra Lidia Kusielczuk, el maestro Eugenio Sleziak, Ryszard Siwy, Miguel Galicia —que ahora tiene un estudio de grabación—, el maestro Francisco González Christen, compositor. Mi primer maestro de percusión se llama Sergio Rodríguez, es percusionista de la Sinfónica de Xalapa, con él estuve cuatro semestres y después hubo una transición en mi formación musical, Miguel González Zaragoza me ofreció darme clases, hice mi cambio de maestro y ya me quedé con él toda la carrera.
Tuve la fortuna de estar en el Coro de la Facultad de Música con Eugenio Sleziak —que fue el fundador—, hicimos giras y tuvimos varias presentaciones. Cuando Bravo Garzón estaba en la SEC, hizo grupos artísticos, entre ellos la Camerata que dirigía Efraín Guigui, cuando estaba en la Facultad hubo una audición, Rodrigo Álvarez me avisó un viernes, la audición era el siguiente lunes, fui y gané, y entré a la Camerata como percusionista, eso fue a la edad de dieciséis o diecisiete años. Hacíamos giras por todo el estado, nos íbamos de jueves a domingo, entonces dejé de tocar con mi papá porque ya no podía, y aparte, como estaba en la Camerata, me invitaban de extra en la Sinfónica cuando ponían las obras grandes que llevan más percusionistas. A veces también me invitaba el Ensamble de Percusiones de Xalapa a hacer algunas obras con ellos.
Empecé a meterme un poco en la rumba, iba a casa de Cándido y nos sentábamos a tocar. En diciembre del 96, Cándido, el Pollo [Orlando Pérez Sobrevilla] y yo fuimos a aprender a Cuba. Ahí conocí a mi maestro Pancho Quinto, a Amelia Pedroso —cantante cubana muy reconocida que fue mi maestra— y a varios percusionistas como Angá, y estuve en el Festival de Jazz de Plaza de Cuba. Cuando regresamos, ya me invitaban a tocar Cándido o Javier, ya me iba moviendo entre las aguas de la rumba, pero mi concentración siempre estuvo en la escuela, no quería dejar eso.
Estuve en la Camerata como cinco años haciendo giras, tocando, hicimos un ciclo de Beethoven, un ciclo de Mahler. Después, la Camerata se volvió la Orquesta Sinfónica Juvenil, en la beca había un rubro que decía que teníamos que dar clases y se hizo la primera escuela de música de la SEV en una telesecundaria que está en Belisario Domínguez, a lado de la bodega del Seguro Social. La telesecundaria trabajaba en las mañanas y prestaban el edificio por las tardes. Ahí empecé a dar clases, luego llegó mucha gente, buscaron otra cede y nos cambiamos a un lugar que está frente a Los Berros, ahí empezó la idea del Instituto de Música.
Cuando me faltaba como año y medio o dos años para terminar la carrera, abrieron el Diplomado de Estudios Avanzados de Percusión que impartió Tambuco en el Centro Nacional de las Artes. No pude ir al primer diplomado, pero cuando abrieron el segundo, fui a hacer la audición a la Ciudad de México y después salió que de los diez lugares que había, yo tenía uno y entonces dije ¿qué hago?, ya es mi último año de carrera. En la Facultad, solamente tenía Composición con el maestro Eugenio, pero estaba en la Orquesta Sinfónica Juvenil. Ya no estaba el maestro Efraín Guigui, había entrado Herrera de la Fuente, hablé con él y se portó muy bien, me dijo Miguel, ve, ahorita no tenemos un programa en el que se requieran todos los percusionistas, pero cuando haya una obra grande, tienes que venir. Luego hablé con el maestro Eugenio y también se portó muy bien, me dijo bueno, ve, no te preocupes, me mandas los ejercicios.

 

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: Conciertos y desconciertos
TERCERA PARTE: JazzUV, la historia de un amor
CUARTA PARTE: Confieso que he percutido

 

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