En dos días marcados con la fecha de hoy, 22 de marzo, murieron, lejos de su patria, sendos músicos cubanos cuyas obras marcaron indeleblemente el destino de esa música que llaman latina: Israel López«Cachao», en 2008, y Bebo Valdés en 2013 —nacidos ambos en 1918 con menos de un mes de diferencia; Cachao el 14 de septiembre y Bebo el 9 de octubre—. Recordemos hoy a Cachao.

La vieja casona ubicada en la actual calle Leonor Pérez —originalmente calle Paula— de la Habana, estaba destinada para que en ella nacieran —sin que su constructor lo imaginara ni remotamente— el más grande poeta y varios músicos notables de la isla.

En una entrevista para el portal Cubaencuentro.com, Cachao le comentó a Joaquín Gálvez: «Nosotros todos nacimos en la casa de Martí, en la calle Paula 102. El último fui yo, en 1918. Todos los años la familia tenía que pintar la casa para el 28 de enero, fecha del natalicio de Martí. Entonces teníamos que abandonarla para que la visitaran las escuelas. Nos íbamos para casa de una tía, donde nos pasábamos una semana. Pero, en 1919, el gobierno nos manda a mudarnos para convertir la casa en monumento nacional, dándonos 700 dólares, lo cual era mucho dinero en aquella época. Por cierto, en esa casa solamente han vivido la familia de Martí y la mía. Fue así que nos tuvimos que mudar para Guanabacoa, lugar donde me crié, y unos años después nos fuimos para Luyanó, donde me casé y viví hasta 1946».

Todos los miembros de la familia López dominaban al menos un instrumento musical, pero sentían especial atracción por el contrabajo: «Mis padres, mis hermanos, Coralia y Orestes, eran contrabajistas. Pero, además, yo tocaba trompeta y piano. De esos dos, prefería el piano, pues padecía de bronquitis asmática para la trompeta. Si no fuera por eso, me hubiera salvado de estar cargando con un instrumento tan pesado como el contrabajo. Mi hermano Orestes sí tocaba 12 instrumentos. Mi hermana, piano y contrabajo; mi madre, guitarra y contrabajo; mi padre, contrabajo solamente. Incluso, dicen que mi familia se compone de 35 contrabajistas. Y yo no los conozco a todos, pues la familia creció y yo salí de Cuba hace mucho tiempo. Uno de los que toca el contrabajo es mi sobrino Cachaíto, que está en Cuba».

A partir de su debut en 1926 —cuando apenas contaba con ocho años de edad— como bongonsero del famoso Conjunto Casino, y de su incursión, al año siguiente, en la musicalización de películas mudas, oficio que ejerció como integrante de la orquesta de Bola de Nieve, Cachao pasó, según comenta en la misma entrevista, por más de doscientas orquestas de diversos géneros, desde populares hasta la Orquesta Filarmónica de La Habana, de la que fue contrabajista durante treinta años.

Tiene en su haber dos innovaciones que impactaron fuertemente no solo en la música isleña sino en la del mundo entero. En 1937, junto con su hermano Orestes, inventó el mambo:

«De hecho, mi hermano y yo fuimos los creadores del mambo en 1937. Lo hicimos para variar, pues el danzón era muy sencillo y nosotros lo enriquecimos armónica y rítmicamente también. Le dimos un viraje de 180 grados, sin dejar de ser danzón, ya que siempre respetamos el formato del danzón. Pero la idea nuestra era diferente, ya que con la velocidad que le dimos no se podía bailar. Entonces reducimos [sic] la velocidad e hicimos una especie de mambo-danzón, que sí se podía bailar. Pero a finales de la década del cuarenta, Dámaso Pérez Prado hace una versión del mambo basada en lo que hicimos nosotros.

«Él es quien lo llega a popularizar en el mundo entero, y si no es por él, no se llega a conocer. Eso se lo tenemos que agradecer a Pérez Prado. Que la gente entienda que nunca hubo rivalidad entre nosotros. Incluso, en una ocasión que él venía de una gira por Japón hacia Madrid, se le enfermó el bajista y yo fui quien lo sustituyó. También en aquella ocasión hicimos dos semanas de radio en Madrid. Por desgracia, hay gente que ha tergiversado este asunto»

Dos décadas después, introdujo la descarga en las jam session del jazz cubano:

«Precisamente, en 1957, creo la descarga. Me encargué de reunir a un grupo de músicos para hacer las descargas a partir de las cuatro de la madrugada, después que salíamos de los night clubs, donde trabajábamos, ya fuera el Riviera, el Capri, el Nacional, etcétera. Entonces nos reuníamos varios músicos para hacer las descargas. Éramos Guillermo Barreto, en el timbal; El Negro Vivar, en la trompeta; Gustavo Tamayo, en el güiro; Tata Güines, en la tumbadora; y yo, en el bajo.

«Recuerdo que en la primera descarga no incluí el piano. La gente cree que hay un pianista, pero no lo hay. No lo hice por nada malo, sino por experimentar. Luego lo incluí, pues dije: ‹Se van a morir de hambre los pianistas por culpa mía›. Entonces mi hermano o yo tocábamos el piano. Luego se fue ampliando la orquesta e incluimos saxofones, trombones, etcétera. Pero eso lo hacíamos como un hobby. Yo le decía a los músicos, después de cada grabación, que se escondieran por ahí, que los iban a matar. Y al contrario: le gustó al público. Fue así que se quedó la descarga. Le pasó lo mismo que a La engañadora, que Jorrín la hizo sin ningún tipo de pretensión musical, y sin embargo, gustó y se quedó para siempre».

Tras el triunfo de la Revolución Cubana, su esposa emigró a Estados Unidos y le dijo «te espero en Nueva York». Intentó irse en 1961 pero no pudo hacerlo por razones diplomáticas. En 1962 fue contratado para tocar con una orquesta en España, país en el que permaneció un año. En 1963 pudo viajar, al fin, a Estados Unidos y establecerse en la ciudad de los rascacielos. Ahí tocó con Charles y Eddie Palmieri, Johnny Pacheco, Joe Quijano, Tito Rodríguez y muchas estrellas más.

En los años setenta se trasladó a Las Vegas, donde permaneció nueve años, y en los años ochenta se mudó a Miami, donde se encontró con que —según afirma Diego A. Manrique en un artículo publicado en El País— «la industria de la música latina de Florida no tenía hueco para un veterano de su categoría y terminó ganándose los frijoles en lo que él llamaba ‹un grupito de la BBC, de Bodas, Bautizos y Comuniones›. Siempre profesional, hasta se aprendió canciones judías, para complacer a la numerosa comunidad hebraica de la ciudad. Incluso renunció al voluminoso contrabajo para tocar instrumentos más transportables».

Permaneció agazapado en la oscuridad hasta que apareció su compatriota, el actor Andy García, y lo devolvió a la luz con el documental Cachao: como su ritmo no hay dos. Lo presentó con Gloria y Emilio Estefan, reyes absolutos, en esa época, de la música latina de la Florida, quienes lo incluyeron en un disco que habría de convertirse en fenómeno mundial: Mi tierra.

Con las fuerzas renovadas grabó, ya como líder, otro par de hits fonográficos, Cachao Master Sessions, volúmenes 1 y 2. Aunque de manera tardía, le dio la vuelta al mundo como estrella de la música latina

En 2007 volvió a los estudios con los Estefan para grabar el álbum 90 millas. Esa fue su despedida, la mañana la mañana del 22 de marzo de 2008, a la edad de 89 años, sucumbió a los embates de una insuficiencia renal.

 

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