Por: Rafos

El primer mundial expuesto a las redes sociales fue Sudáfrica 2010, aquel donde Shakira inundó al planeta entero con su Waka Waka. 4 años antes, durante la edición de Alemania 2006, el negocio más jugoso de la FIFA se cuidó y se comercializó prácticamente desde la televisión, su principal aliada desde mediados del siglo XX. Por aquellos días, comentaristas de tele, radio y periódicos deportivos marcaban la agenda, la circulación de imágenes era controlada, y nosotros, los aficionados, consumíamos el mundial meramente como espectadores. En bloque, los medios tradicionales distribuyeron el relato mundialista bajo el modelo que determinó la comunicación durante el siglo pasado, el llamado broadcasting (uno habla, millones escuchan): alguien desde arriba decidía qué historias e imágenes bajaban verticalmente al resto de nosotros. En un inicio fue la prensa, después la radio, y finalmente, quien terminó comiéndose a todos, la televisión.

Así se nos contó, desde Alemania, la eliminación de México ante Argentina, el cabezazo de Zidane sobre Materazzi y el campeonato mundial que por cuarta vez ganaba Italia. No existía Facebook ni Instagram, estaba naciendo Twitter, YouTube tenía apenas un año entre nosotros e internet aún no invadía al mundo como lo hace ahora. Fue el último mundial donde la televisión dominó el relato, lo vendió y determinó nuestras conversaciones, justamente lo que mejor supo hacer durante el siglo XX.

Para Sudáfrica 2010 vimos entrar en escena otras historias, pequeñitas, pero montoneras. Twitter, Facebook y Youtube diseminaban otras voces, otros puntos de vista, otras maneras de contar el mundial. No lo sabíamos entonces, pero el modelo de comunicación vertical que dominó todo un siglo, y del que la FIFA tanto se benefició, tenía ya sus horas contadas; sólo 4 años más tarde lo vimos reventar en pedazos. Brasil 2014 fue un mundial marcado por la comunicación horizontal, aquella conocida como networked publics o públicos en red, que permitió, desde abajo y hombro a hombro, que cualquiera pudiera mostrar el lado B, la cara oculta del relato oficial. Las redes sociales impulsaron y fortalecieron historias que se multiplicaban exponencialmente de usuario en usuario logrando invertir la dinámica: eran ahora los grandes consorcios mediáticos quienes recogían los relatos desde las redes para subirlas e integrarlas a sus programas; pasamos de ser meramente espectadores a contar las historias y crear los contenidos. Fue así que conocimos infinidad de testimonios y protagonistas del descontento social con el que convivía la fiesta mundialista en Brasil: ¡Queremos escuelas, no estadios! ¡FIFA vete a casa! “No tiene sentido ser un país futbolero si no tenemos Salud y Educación”, eran algunas de las consignas en mantas y cartulinas que se asomaban entre las llantas cubiertas de humo y fuego, granaderos, encapuchados y gases lacrimógenos.

Todos vimos en las redes sociales un espacio para sumarnos a la vorágine de historias, a favor o en contra, para protestar o defender, y lo mismo hicieron grupos políticos, quienes no tardaron en usar estos relatos según sus intereses.

Se abrió así un campo de batalla donde lo mismo cabía una opinión que una mentira, una verdad a medias o un rumor. Por eso, cuando en los días previos al mundial se reportó el desplazamiento de personas en situación de calle por parte del gobierno brasileño, buscando limpiar la casa para el turista, las denuncias de organizaciones sociales protestando contra la marginación, terminaron torcidas y viralizándose en afirmaciones sin sustento por todas las redes: están matando a indigentes para limpiar las calles;  esto sumado a las demandas por educación y salud, tensaron el clima antes y durante el mundial, dejando a muchos convencidos de que el evento era un mero distractor e instrumento político: es obvio que lo va a ganar Brasil, le conviene al gobierno. No lo sabíamos tampoco, pero las redes sociales muy rápido se convertirían en un lavadero donde el griterío impide y destruye el análisis, la comunicación, y mientras aquellos primeros síntomas iban apareciendo, Brasil perdía 7 a 1 contra Alemania, dejando una de sus actuaciones más vergonzosas de las que se tenga registro en la historia de los mundiales.

Niños llorando, rostros consternados y gente abandonado el estadio antes del fin del juego, fueron las imágenes que llenaron las redes sociales, la prensa y la televisión