El carácter horrible de aquel extraño sujeto era como la nube en medio de la tormenta o como la humedad escurriendo en las paredes de una casa y, sin embargo, para Luna era pieza poética y fundamental de su atracción por él. No sabía si era curiosidad, si provenía de algún problema no resuelto en su infancia o si sería por la anarquía de su espíritu por romper con lo convencional. «Es que, cuando una pareja no tiene mucho que decirse, pasan su tiempo besándose. ¿Los has visto, Manu? En el parque se sientan en las bancas con las piernas de ella encima de las de él, y los veo mudos porque sus lenguas no se despegan, y como no tienen algo para contarse reemplazan las palabras por sonidos cercanos a cuchicheos melosos haciendo gestos deshonestos con su razón. Luego en las fiestas o en ‹La negra›, por ejemplo, aíslan a los amigos solo para estar entre ellos en ese juego absurdo de enredos de lengua y babas. Me aterra terminar así, me da tanto miedo tener junto a mí a una persona que no escucha mis palabras, que ensordece ante mis problemas, que al decirle ‹fui casi violada por un tipo en la calle cuando tenía doce años› me acaricie como un perro la cabeza queriendo después besarme porque no tiene palabras, porque no tiene las agallas para prestarme atención. No quiero tener treinta años y mirar al hombre que tenga junto arrepintiéndome y tampoco quiero tener treinta años, voltear hacia mi hombro vacío y arrepentirme porque no supe querer cuando era momento de enamorarse, como ahora que somos jóvenes. A nuestra edad tenemos permitido enamorarnos, ensoñarnos, idealizar, rompernos… rompernos», era lo que solía argumentar.

Manuel, cuando escuchaba a Luna, intentaba siempre hablarle con coherencia, sin solapar sus pensamientos ya que, desde su perspectiva, eran asertivos, incluso a él le pasaban esos mismos pensamientos por la mente en cuanto conocía a una joven. «Lunita, ¿sabes?, la psicología no siempre tiene la razón. Me engaño mucho creyéndolo así mientras leo los libros de mi mamá, pero la psicología no podría explicar a las sirenas ni a los fantasmas, aunque Jung… ¡oh, Jung!, él de seguro también era amigo o amante, en el mejor de los casos, de las sirenas. ¿A qué voy con esto? Bueno, es que llevo noches en duermevela y en ese trance entre el velo de lo real y no, me he puesto a escribir y en todos mis escritos hay un nombre: Nimbe. Pienso que no debo preocuparme mucho por mis relaciones afectivas de ahora, y quizá me arrepienta de darte este consejo, pero tenemos que disfrutar lo que ahora hay. Si llega mi Nimbe algún día, yo al menos no me habré quedado con el antojo de nada… de nadie. No necesitas tener el amor para sentirte enamorada, tú puedes decidir si quieres o no jugar al enamora-miento. Que te autoengañes fingiéndote enamorada para disfrutar de una compañía que te dé placer o al menos un paseo, no está mal, lo que estaría mal sería que te la creyeras y terminaras con un tipo en silla de ruedas, ¿verdad?». Pero Luna sabía que el tipo en silla de ruedas no era hueco, por eso era peligroso para ella arriesgarse, porque no tenía en su convicción dar algo a medias, sino todo, y cuando pensaba en eso, pensaba en Oswaldo, en Teté, en Manuel no perdiendo el tiempo antes de conocer a su Nimbe o en Laura, quien era un caso especial ya que parecía ser inmune a cualquier tipo de sentimiento romántico, saliendo con hombres atractivos sin nunca generar un cariño ni una emoción más allá, contrario a lo que les sucedía a ellos. Pero en tanto Luna divagaba en todas esas conversaciones pasadas y en sus amigos, esperaba al tipo en silla de ruedas.

El parque no estaba concurrido, apenas y llevaba unas cuantas monedas más un botón en su canasta, mas, pensaba permanecer ahí soportando el tedio solo para ver si él llegaba. Rogaba que las nubes grises no se quitaran para seguir tapándoles la vista a las sirenas y que no fueran de chismosas con Oswaldo, pero su estómago comenzaba a rugir pensando que tal vez no aguantaría mucho, hasta que su atención quedó postrada en un sombrero, en unos rizos y en un reloj de bolsillo. Estaba viendo a Bob Dylan fotografiarla a distancia. El tipo se fue acercando a ella con un movimiento que le recordaba a David Bowie y, con el ademán delicado de sus muñecas, aventó unas monedas a la canasta yéndose sin cantar «Lay Lady Lay», pero silbando «Dance Me to the End of Love». Lo miró perderse entre la lejanía de la calle dejándola intrigada con lo que haría con sus fotos y muy agradecida por haber juntado dinero para irse a comer.

Su hambre comenzaba a ser cada vez más fuerte, los tacos ya se le habían bajado y tenía también mucha sed, pero la esperanza de volver a ver al tipo en silla de ruedas la mantenía quieta con el anhelo suyo colgado del corazón, de sus ojos esperanzados que miraban a todas partes pretendiendo encontrarlo en cada cara desconocida que se paseaba por ahí, de hallarlo con su libro sobre las piernas, con su manta cubriéndolo del frío, con su cabeza ensimismada o con la enfermera malhumorada junto, sin embargo él no estaba. En lo que seguía esperando con su ímpetu indoblegable, en su mente se escribían cientos de palabras bellas que se entrelazaban formando poemas dirigidos a un desconocido malencarado, a un amargado soberbio, a un valiente que intentó rescatarla. Se preguntaba si acaso sería eso el enamoramiento, si sería un capricho que se iría como se iban las hojas de los sauces en esa tarde o si se trataba de un gusto como el gusto por otoño o por vino. No lo sabía, y qué terror sentía al pensar en una historia donde todo se diera sin dolor, donde a su corta edad encontrara al amor de su vida sin haber realmente vivido, no obstante, muy en su alma sabía que, a lo mejor, valdría la pena.

Hubiese preferido mil veces una tarde contemplándolo leer que esa tarde vacía del rostro suyo, pero la suerte no le había concedido encontrarlo, podría ser mañana, pensaba, o podría ser en la noche. Bajó de su tarima todavía alzando la vista; se desmaquilló todavía alzando la vista; guardó sus cosas todavía alzando la vista y partió de ahí mirando a los pocos pasos hacia atrás.

 

 

PARTE III

 

Oswaldo vivía justo en un hotel, en el peor y más marginado hotel de la ciudad, donde las prostitutas llevaban a sus clientes, donde algunos suicidios se habían cometido incluyendo el de una señora con sus tres hijos pequeños, el hotel en el que las ratas se paseaban con libertad escondiendo a sus crías en medio de los colchones percudidos. La única esperanza que tenía era el espacio en el café «Andaluz». Cada tarde se aliñaba rociando el poco Pachuli que le quedaba para ir al café a preparar el espacio, mismo que no era para nada amplio, pero sí perfecto para montar una pequeña obra con no más de cinco personas sobre el escenario. La dueña del lugar era una señora de aproximadamente cincuenta años o un poco más. Tenía un aspecto extravagante aparte de sus ropas coloridas con tintes setenteros, esa mujer poseía dientes grandes y amarillos por el exceso de cigarro, su cabeza era cubierta por un nido largo, áspero y parecido a un estropajo, sus ojos eran grandes al igual que sus anteojos. Todo en ella era extraño, repulsivo y a la vez llamativo, no podían llegar al café sin prestarle más atención que la necesaria.

Luna se quedaba en intervalos observando cómo María veía a Oswaldo sintiendo un escalofrío en la nuca, pero lo dejaba pasar enfocándose en las luces o en la escenografía que Valeria hacía pensando lo parecida que era a María.

—¿Notas algo raro en María? —En cuanto Manuel llegó decidió preguntárselo con un tono discreto.

—¿También te diste cuenta?

—¿De qué?

—Pues a María le gusta Oswaldo, o bueno, eso es lo que he analizado.

Luna hizo una mueca viéndolos sentados en una de las mesas y percibiendo el olor a Pachuli que cundía todo el lugar.

—Al menos tenemos el espacio. Ojalá esto crezca rápido para irnos a otro lugar porque, mira, míralo, se ve bien incómodo.

—¿Oswaldo? Pues, Lunita, invitó a María a «La negra» después del ensayo.

—¡Mierda! Esa mujer me da ñáñaras, ¿por qué la invitó?

Manuel se alzó de hombros yéndose a ver a Valeria. Luna no entendía qué estaba sintiendo en esos momentos, por qué la presencia de María la conflictuaba tanto, solo se mentalizaba diciéndose «es momentáneo».

 

 

(CONTINUARÁ)

 

 

 

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