Nunca en sus vidas habían sentido tan plácido el sabor de unos tacos como en aquella mañana, pese a que la paz les duraría muy poco a sabiendas que debían trabajar, tanto para recuperar el dinero como para ayudar a Oswaldo, porque se preguntaban dónde dormiría, qué sería de él en esa noche y en las otras que estaban por llegar; ellos al menos tenían casa dónde dormir.

Luna seguía algo ensimismada postrando sus ojos en el salero sin poner atención a lo que decían los demás, sería quizá que sentía algo de remordimiento por no haber hecho la obra en el momento en que Oswaldo lo pidió o era porque sentía un vacío que no era el hambre ni el sueño, era otra cosa que no sabía cómo describir. A su corta edad sentía que ya sabía lo que quería en alguien aun sin buscarlo, el problema era que quisiera una utopía, cosa que pensaba en algunas ocasiones al contemplar el recuerdo de Teté nadado en los lagrimales del amargado, triste y solo Oswaldo, y qué terror le daba pensar que de eso se tratara el amor, en amar tanto y terminar vacía, eso si bien le iba, porque cuando no iba tan bien, Luna sabía que existían el divorcio, los amantes, las infidelidades, los fracasos, los miles de matrimonios fallidos por la necedad o exceso de fe, los terapeutas y el alcoholismo, pero no quería tener que pasar ni por una cosa ni por otra. Podía fácilmente vislumbrarse como una vieja sola anhelando haber amado, o bien, como una vieja sola y feliz por mirar a Manuel divorciado, a Laura engañando a su marido, a Oswaldo todavía roto y ella pensando «de la que me salvé».

—¿Qué tienes, Luna? —Manuel llevaba rato observándola en silencio sabiendo que algo rondaba en esa cabeza suya y repudiando la mentira del «nada”»—. Vamos, ¿qué te pasa?, ¿quieres salir a caminar?

Ella asintió aventando su servilleta hecha bolita.

—¿Van a tardar? Me voy a poner de estatua un rato.

—No creo, pero si no te vemos ya en el parque, ¿necesitas algo?

—No, Manuel, ya con esto estoy —acarició su barriga inflada— casi feliz.

—Ese «casi» igual y se completa con otro taco. Volvemos.

Justo esa mañana era menos fría y seca, ojalá hubiese estado así ayer, pensaban en silencio en tanto caminaban por las calles del centro pasando por las cafeterías llenas de parroquianos escuchando la música del saxofonista callejero. Luna seguía pensando en su futuro, en su vida y en qué carajo estaba haciendo con ella, en meterse a un trabajo como mesera o de recepcionista, todo menos seguir parada como estatua con los pies ardiendo e hinchados.

—¿Me lo dices o lo adivino?

—No es relevante, Manuel, pero siempre quieres que exista una respuesta compleja.

—Estás así desde ayer luego de ver a Oswaldo en su casa… «casa» —enfatizó con un ademán—, ¿qué te sucedió?, ¿cuál revelación tuviste?

Luna caminaba cabizbaja extrañada por cómo él la conocía.

—No fue una visión, es más bien no poder ver nada, estoy ciega de mi futuro. No sé si me entiendas.

—¿Te sientes estancada?

—Sí, me siento desperdiciada por mí misma. ¿Sabes, Manu?, yo he querido amar como se ve que amó a Teté, pero a la vez me da mucho miedo terminar así. Sé que esto suena muy mal, horrible, pero ¿lo has visto? Sus ojos son vacíos.

Él solo suspiraba llevando las manos a las bolsas de su pantalón.

—Que si lo he visto… Luna, lo conocí con Teté viva, lo conocí vivo a él. Ella absorbió su alma. A mí también me da miedo, un miedo enorme porque también viví el matrimonio de mis papás, el de mi hermana y su fracaso en su segundo intento, pero no podemos basar en los demás las que serán nuestras experiencias. Imagínate que por miedo al ver a Hemingway rechazado tantísimas veces no intentaras escribir. No se trata de eso la vida, Lunita, sino de arriesgarse aun sin saber si el paracaídas se abrirá o no.

—Me gusta alguien, solo que… no es alguien que debería gustarme.

—¿Quién? ¿El de silla de ruedas?

—Sí, pero hasta las sirenas me dijeron que lo deje en paz.

—Luna, quiere a quien tú quieras, que te guste quien se te rehinche la gana. No puedes dejar un gusto solo porque Oswaldo lo juzga o porque las sirenas creen que le harás un mal, porque eso creen, no te lo dijeron para herirte, es que, ya las conoces, han de pensar que quieres jugar un rato y que para jugar es mejor que te agarres a cualquier otro pendejo, no a él.

—Pues se equivocan. Me gusta él. Es extraño esto, nunca me habían intentado defender y él lo hizo pese a estar consciente de su condición, le valió madres todo y se lanzó para ayudarme. Eso me habló de su interés, pero es tan grosero… y lo entiendo, ¿quién podría ser realmente feliz con una enfermera amargada, solo y en silla de ruedas?

—Si te gusta, si de verdad te gusta, ve y arriésgate. Si te enamoras o no, no importa, no es algo que te esté pasando en este momento; lo que debe importarte es el proceso, porque en el proceso aprendemos a reconocer partes de nosotros que no sabíamos que existían, y es hermoso. Si te enamoras o no, de lo único que deberás arrepentirte será de lo que no hiciste con él, de ahí, lo que hiciste más te vale hacerlo hasta desgastarte y nunca quedarte con las ganas de nada. Eso es lo que tiene a Oswaldo así, que siempre tuvo miedo de decirle a Teté que la amaba, ¿tú qué sabes que lo que le pasa no es amor sino arrepentimiento? Está cabrón eso, ¿no? Entonces, no bases tus creencias ni en él ni en nadie. No bases tus acciones ni en él ni en nadie, es más, ni en las sirenas.

Luna lo escuchaba y derramaba de su piel color amarillo, un poquito de esperanza y ganas de colorarse toda de todos los colores del mundo, de los vistos y no, de los colores de los ciegos que jamás ella había conocido, de los colores de los otros mundos y de éste.

—Siempre eres mi salvavidas. Me pondré de estatua un buen rato, voy a esperar a que ese tipo venga y de ahí a ver qué hago, improvisar, no lo sé.

—Pues solo deja de hacerle tanto caso a Oswaldo o a las sirenas, es obvio que a ese sujeto le atraes, digo, si lo ves de un modo poético podría decirse que pudo volar de su silla de ruedas para llegar a ti.

Luna bosquejó una sonrisa al escuchar eso que, si bien era cierto, había una barrera mucho más grande que el prejuicio, y esa era el carácter horrible de aquel tipo extraño en silla de ruedas.

 

 

(CONTINUARÁ)

 

 

 

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