De entre las decenas de versiones que he escuchado de La llorona, que van de las más tradicionales a las de arreglos tan bien logrados como el de Marianne Aya Omac, con sus pinceladas de flamenco y jazz latino, o tan prescindibles como las de Raphael y la película Coco, no hay una que se aproxime, pero ni remotamente (permítaseme el oxímoron), a la espiritualidad de la Charles Lloyd; para lograrla, hay que renunciar a todo lo exterior, abandonar el mundo y ensimismarse durante una década al pie de un acantilado, vivir diez años de soledad convertido en cavernícola que fija su mirada en los más hondos adentros en busca de su esencia, de lo que de veras es, de aquello para lo que de veras existe. Si la versión publicada en 2010 en el álbum Mirror —aunque grabada el año anterior— alcanzaba altos niveles de introspección y dramatismo, la que grabó el 15 de marzo de 2018 —justo a ochenta años de su nacimiento— en el Teatro Lobero, de Santa Bárbara, y que publicó el pasado 28 de febrero, antes del inicio del fin del mundo (y dale con el oxímoron), con el título 8: Kindred Spirits (Live from the Lobero), sublima la canción tradicional itsmeña y alcanza, insisto, elevaciones espirituales.

Lo mismo sucede con Requiem, la pieza inaugural de Notes from Big Sur, el álbum de 1991: si creíamos que había llegado al fondo de su alma y desde ahí tocaba la nuestra, con esta grabación nos demuestra que es capaz de cavar más hondo.

Dream Weber y Part 5, Ruminations son explosiones sensoriales, espacios de libertad absoluta y de creación pirotécnica, momentos de abundancia, épocas de vacas gordas. El álbum en su conjunto es, en efecto, un compendio de cavilaciones de un tejedor de sueños. «Estamos gobernados por la avaricia y las grandes empresas, y la cosa va a peor» —le dijo a Chema García Martínez en 2011—, pero también le dijo cuál es el antídoto: «La ternura. Eso es lo que el mundo necesita. A menudo me llegan con que mi música es demasiado blanda. Lo que es, es tierna. Y lo es porque el mundo necesita ternura. Soy un soñador, un visionario, pretendo cambiar el mundo y para ello cuento con la mejor arma: mi música».

En una reseña para Glide Magazine, Jim Hynes cita al saxofonista:

«Si vuelves atrás y miras mi historia, estoy tratando de cantar la misma canción. Hoy, traigo conmigo todo lo que he tocado, pero trato de mantener la ‹mente de principiante›. Tengo tanto el beneficio de la experiencia como el deseo de nuevos descubrimientos. No puedes traer todo lo que sabes de una vez… ese es el error de la juventud. No niego al joven Charles, pero a medida que mi personaje se completa, la música mejora. Tienes que elegir las notas correctas. Hay algunas notas sobre el saxofón que no tenía cuando era joven. Ni siquiera están en la campana; están entre las grietas».

Sus amigos, el pianista Gerald Clayton, el guitarrista de Julian Lage, el bajista Reuben Rogers y el baterista Eric Harland fueron los cómplices sine qua non esta música hubiera sido posible, los espíritus afines, los obreros que ayudaron a construir un concierto en que el recién estrenado octogenario confirmó que está más allá del bien y del jazz.

 

 


 

 

 

 

CONTACTO EN FACEBOOK        CONTACTO EN INSTAGRAM        CONTACTO EN TWITTER