La sombra de una posible devaluación empieza a recorrer los pasillos de la cuarta transformación. La creciente deuda pública, la disminución de las reservas internacionales, la fuga de capitales, el endeudamiento en moneda extranjera y la entrada en operación del nuevo Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) han prendido las alarmas del único indicador macroeconómico que importa al Presidente: el tipo de cambio.

Son tres los factores que indicen en este momento en la economía nacional que podrían causar el colapso del peso frente al dólar: la falta de confianza en la economía local o en su estabilidad –un ejemplo son las cancelaciones de obras y contratos-, el déficit en la balanza comercial –la actividad industrial en México está paralizada- y salida de capitales especulativos ante ofertas más atractivas de inversión –entre marzo y abril salieron del país 11 mil 600 millones de dólares-.

López Obrador conserva el atavismo ideológico de que “Presidente que devalúa, se devalúa”, tan popular en los interminables años de las crisis económicas. Hoy sin embargo, ha sido su propio gobierno –Bartlett específicamente- quien ha repicado las campanas de una posible devaluación ante la crisis que viven la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y Petróleos Mexicanos (Pemex).

Hace un par de días, en la víspera de la entrada en vigor del T-MEC, se dio a conocer que la CFE envió un comunicado a inversionistas internacionales a quienes pidió un préstamo de 900 millones de dólares, en el que admitía que el gobierno mexicano podría imponer una política de control del tipo de cambio o devaluar el peso mexicano, como lo ha hecho en el pasado.

Es decir, el gobierno pretendía imponer –una cláusula del nuevo Tratado se lo impide- un control de cambios para mantener al peso en una paridad ficticia y con ello evitar que la deuda en dólares se incrementara, como lo hicieron Echeverría y López Portillo, incluso Salinas de Gortari antes del error de diciembre.

México no ha aplicado el control de divisas desde 1982, sin embargo “no podemos garantizar que el gobierno mexicano mantendrá sus políticas actuales con respecto al peso mexicano o que el valor de la moneda mexicana no fluctuará significativamente en el futuro”, precisa el documento que preparó la empresa estatal de electricidad con motivo de la colocación de un bono por la cantidad mencionada en las bolsas de Taiwán y de Luxemburgo, en marzo pasado.

El tipo de cambio no es una decisión del Presidente sino del Banco de México; en el mercado, el peso no es más que una mercancía más que tiende a subir o bajar respecto al valor y el respaldo de la economía local.

La CFE admitió que ajustes en la política cambiaria de México pueden afectar negativamente su capacidad de atender su endeudamiento en moneda extranjera. La empresa precisa en el documento que 55 por ciento de su deuda, excluyendo los pasivos por arrendamiento, está denominada en dólares estadounidenses u otras monedas extranjeras.

Al 30 de septiembre de 2019, su deuda total, incluidas las obligaciones relacionadas con Proyectos de Inversión de Infraestructura Productiva con Registro Diferido en el Gasto Público (Pidiregas) y pasivos por arrendamiento fue de 984.9 mil millones de pesos, equivalentes a 50.2 mil millones de dólares.

Sin embargo, desde ayer, la intervención del Estado en el tipo de cambio quedó prohibida; no podrá haber un valor ficticio de nuestra moneda sino que tendrá que ser el mercado el que la regule, según se establece en el capítulo del T-MEC que contiene la confirmación de que los países están obligados) a evitar la manipulación del tipo de cambio o del sistema monetario internacional con el objeto de impedir un ajuste efectivo en la balanza de pagos u obtener una ventaja competitiva desleal.

Es decir, si el mercado obliga a una depreciación del peso –ayer rondaba los 23 pesos por dólar- el gobierno no podrá impedirlo, acaso inyectando dólares al mercado para aumentar la oferta y reducir el precio de compra. Pero eso tiene un límite. ¿Acaso eso lo ignoraba la CFE al momento de hacer la solicitud del préstamo a ambos países?

Todos los días el Presidente rechaza abiertamente las políticas neoliberales y sus consecuencias, y lo acusa de ser la causa –junto con la corrupción- del empobrecimiento de la población. Sin embargo, ante la crisis económica provocada por la pandemia, hoy apuesta todo a un Tratado de Libre Comercio que es la quintaesencia del neoliberalismo salvaje.

El Presidente parece empecinado en repetir los capítulos más oscuros del presidencialismo autoritario y empobrecedor de los años setenta.

Las del estribo…

1. Se confirmó la llegada de Ricardo Olivares a la delegación estatal del ISSSTE en sustitución de la maestra Gabriela Rodríguez, una funcionaria institucional y preparada. Hasta ayer, y durante más de un año, ella se mantuvo como encargada de despacho en una delegación que fue desmantelada por la 4T; desaparecieron las áreas de infraestructura y atención al derechohabiente. A pesar del esfuerzo, resultó imposible rescatar un navío que hoy recibe un joven con experiencia. El problema es que sólo le dejaron el cascarón.

2. Dos años después de su victoria electoral, la 4T celebró con un ex abrupto de la primera dama Beatriz Gutiérrez, al responder de manera intolerante y soberbia un cuestionamiento sobre la falta de atención a niños con cáncer. “No soy médico, a lo mejor usted sí. Ande, ayúdelos”, escribió en su cuenta de tuiter. El tema se volvió viral en redes sociales y medios de comunicación, por lo que el pastel les supo bastante amargo.

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