En esta segunda parte de la conversación, Gabriel Puentes nos habla de su incursión en la Facultad de Letras, su decisión de dedicarse de tiempo completo a la música, su formación empírica y el encuentro con el músico que lo trajo a México.

En un lugar de la Mancha…

Cuando yo iba a entrar a la prepa, la educación en Chile era muy básica, se separaban en humanistas y científicos; los humanistas tenían que ser abogados, los otros tenían un poco más de amplitud porque unos se iban a medicina, otros a ingeniería o arquitectura, y las opciones en las artes eran muy pocas, no había esta diversidad que hay ahora.
En la escuela era travieso y revoltoso, pero me iba bien. Opté por Humanidades, llevábamos Latín, teníamos talleres de análisis del Quijote y cosas que yo disfrutaba tremendamente y siempre sacaba la máxima calificación, cada vez que entregaba calificaciones, el profesor me decía bueno, ya sabes, ¿para qué te digo?, y mis compañeros me jodían. No estudiaba ni nada, me gustaba tanto que si había que leer quinientas páginas del Mío Cid, yo decía qué chido; si había que elegir entre tres libros para leer y hacer un resumen, yo leía los tres libros, y a veces, cuando nos los sugerían, yo ya los había leído. Yo iba claramente por ese lado, pero decía ¿estudiaré para abogado?, no, más bien me interesa la lingüística y la docencia, aunque eso parecía que era como decir quiero hacerme el harakiri y ser pobre y valer madre toda la vida. Si decía quiero ser profesor, me decían güey, por favor no hagas eso, ¿para qué quieres hacer eso si a ti te va bien? La gente tiene esa idea, hasta existe un dicho en inglés que dice: el que puede, hace; el que no puede, enseña. Me decían ¿para qué te vas a meter a profesor si ahí están los que no pueden?

A fuego lento

La música siempre ha estado sonando en mi cabeza, no tengo recuerdos de un momento de mi vida en el que no haya tenido música sonando y la intención de tocar, pero la combatí por años; me quise engañar, reprimir esa parte y tratar de ver si podía tener una carrera y un trabajo que me diera cierta estabilidad, un sueldo, todas esas cosas que te dicen.
Tampoco lo tenía muy claro, en realidad era evasivas para no entrarle a la música. Finalmente, entré a estudiar Letras, no me arrepiento porque durante esa época siempre seguí tocando en todas las instancias que me abrió la universidad, por ejemplo, siempre había toquín, siempre había algún festival, siempre había alguna manifestación o alguna protesta que ir a musicalizar. En esa época tenía proyectos de todo: tocaba rock progresivo con un grupo de música original; con otro, folclor, ahí tocaba bombo legüero y percusiones, y hacía coros; con un trío de amigos tocábamos pura música de Police, con todos los detalles porque era como un desafío que teníamos; seguía tocando música brasileña, tocaba candombe. Siempre estaba con la música, si veía que había un curso de un maestro de África que tocaba tal tamborcito, iba a ver de qué se trataba, a ver qué aprendía, a ver qué conectaba; y siempre con mucha curiosidad y la más inocente de las disposiciones. Yo soy de cocción lenta, casi todo lo que he ido aprendiendo, ha sido como al cuarto intento y a madrazos.
Siempre he estado motivado por la pasión de escuchar música y me aprendo el repertorio porque escucho muy bien las rolas. Me sé las líneas de bajo, te puedo chiflar los solos de cientos de discos de jazz o de rock, me aprendo las letras, me leo los liner notes y sé quien compuso cada rola, en qué estudio se grabó, quién fue el ingeniero; tengo cierta facilidad para guardar información que ha sido llamada inútil. Me sé todas estas de David Bowie [estábamos en Cauz y se escuchaba al fondo] porque las he escuchado, si hoy hay un tributo a David Bowie y no llega el bataco, yo me puedo subir y tocar todas estas rolas como si las hubiese ensayado porque las tengo como en un banco de datos, están ahí. Es chistoso porque me pasa con música que he tocado y con música que solamente escuchado, eso me ha dado una gran ventaja en mi carrera como músico, tener como un banco de datos de rolas que me permite ayudar, desde la bataca, a que la forma se entienda claramente.
Nunca estudié formalmente en un conservatorio ni en una escuela de música, no me titulé de nada, ni de Letras, porque me quedé a mitad de camino. A los veinte años, ya estaba totalmente dedicado a la música: tomaba clases, tocaba todos los días, me la pasaba estudiando, jugaba fútbol, agarraba la borrachera; todas esas cosas que uno hace a esa edad y no sabe cómo tenía pila para tanto. Esa época fue muy intensa, de mucho aprendizaje y de horas-nalga porque yo sentía que había tomado tarde la decisión de dedicarme a la música.

La señal

Como a los veintiún años decidí dedicarme a la música, llevaba tres años o tres años y medio en la universidad, me faltaba poco para sacar la licenciatura y todo mundo me decía acaba la licenciatura, no seas güey; pero yo sentía la necesidad casi física de dedicarme a la música cien por ciento, decía todo lo he venido postergando. Hablé con mi mamá, que era la que me pagaba la universidad, y me vio tan serio al respecto que me apoyó, me dijo bueno, ¿qué vas a hacer, vas a terminar la carrera después?, ¿sientes que te sirvió de algo o sientes que fue tiempo perdido? Pero hasta el día de hoy no me arrepiento, pienso que si hubiese tomado esa decisión de dedicarme cien por ciento a la música más joven, probablemente no me dedicaría a la música ahora, todo a su momento. Cuando tomé esa decisión era una necesidad y creo que esa necesidad me mantiene fresco cuando vienen las cosas adversas, porque cuando estás tocando y hay salud y hay trabajo y hay prosperidad y abundancia, estamos todos felices y no nos preguntamos nada, pero cuando fallan esas cosas, de repente dices ¿por qué estoy de necio en esto?, pero yo lo tengo súper fresco siempre, nunca se me disipa esa señal clara de que es lo que tengo que hacer.
En Chile, la ley dice que si eres hombre mayor de dieciocho años, tienes que hacer el servicio militar de año y medio; no te puedes eximir, pero hay algunas razones para postergarlo: que estés estudiando, que seas el soporte de tu familia o que tengas algún problema de salud. La gente que tiene palancas va con un médico, le dan certificado en el que dice que está loco o que no puede estar activo porque tiene el pie plano, y lo saca, pero yo no tenía palanca ni nada, entonces tenía que estar matriculado en algo.
Cuando me salí de Letras, me quise cambiar a la Facultad de Música en la misma Universidad Católica, que es donde estudié, pero tuve que volver hacer examen para entrar a la universidad y me fue muy mal porque no lo preparé y porque después de tres años de no hacer una división, presentar un examen, cuando ya las matemáticas se habían hecho más difíciles, me costó mucho trabajo. Me bajó el promedio y ya no tenía prioridad para los cupos que se abren, porque en el Conservatorio, tenía que egresar un estudiante para que se abriera un cupo para otro, porque dan clases personalizadas, los ensambles son máximo de ocho músicos. Se abrieron dos cupos pero había dos aspirantes que estaban encima de mí y no pude entrar. Me dijeron hay otra opción, que entres por mérito artístico, tienes que hacer un examen con estos sinodales, tienes que preparar una pieza así, un estudio para tambor, algo en batería, algo en vibráfono, algo en timbales.
Me puse a estudiar fuerte, iba a clases especiales con amigos que son percusionistas clásicos. Simultáneamente, tocaba en las noches, iba a clases de batería con mi maestro Ricardo Ruiz, que es el que me enseñó de verdad, un profesor de muchos bateristas de Chile de diferentes estilos que teníamos en común que este maestro nos puso a trabajar muy duro en la etapa formativa y nos hizo sacar lo mejor de nosotros, y después orientarlo a la música que cada quien quería tocar.

Contratiempo

Hay un cubano con el que tomaba clases de percusión latina, se llama David Ortega, es de la generación del Negro Hernández y de músicos importantes de Cuba; percusionista y baterista que vive en Chile desde hace años. Él daba clases en la Escuela Moderna de Música y me dijo que me matriculara ahí. Era más cara que lo que mi mamá pagaba en Letras, hablé con mi ella, me apoyó de nuevo, fui a audicionar y me aceptaron. No quise entrar a batería sino a percusión afrocubana, y seguía estudiando batería con mi maestro por fuera. Estuve un año matriculado en esa escuela, donde las únicas clases que me servían eran dos: piano funcional y mi clase de instrumento, de todo lo demás, yo estaba curtidísimo; me ponían en un ensamble con cuates que no habían tocado nunca, yo llevaba años tocando a nivel profesional y me daba flojera. Había profesores muy malos en algunas materias, eran exalumnos que salían y se quedaban dando clases, pero habían aprendido de manera teórica. El maestro de Armonía anotó los modos en el pizarrón y puso que el mixolidio era igual que el modo dorio, y todos anotando tal cual y nadie tocándolo en un piano, nadie escuchando cómo suena, qué color tiene ese modo, dónde lo puedes escuchar, en qué solo de Coltrane, en qué acordes de la música de la India puedes escucharlo. No había nada de eso, enseñaban de una manera estéril y no me servía, entonces batallé con la escuela horrible el año que estuve.
Era una escuela muy mala y muy cara, le dije a mi madre ¿sabes qué?, no vale la pena, voy a seguir con mis clases de batería y de de percusión, voy a seguir chambeando lo más posible y voy a cruzar los dedos para que no me llamen al servicio.
Ya estaba tocando y aprendiendo mucho, tocaba cumbia y merengue los fines de semana, de ahí me iba al club de jazz de Santiago a la jam session que duraba hasta las nueve de la mañana.
En esa época estaba tocando mucho jazz, estaba tratando de aprender tocando en proyectos originales, en grupos que en los que aprendíamos standards y tratábamos de emular ese lenguaje, que sonara lo más cercano posible a los discos que nos gustaban. Todo esto de manera súper inocente, a mí no me tocó que existieran licenciaturas en jazz en las escuelas de música, no me tocó que me pusieran a escuchar y a transcribir los solos de Dexter Gordon durante dos semestres; a mí me tocó de manera natural e intuitiva, por estar escuchando la música.

Fiebre

En esa época había un periódico juvenil que era un inserto de pocas páginas que venía los viernes en otro periódico; ese inserto tenía una sección de anuncios y vi uno que decía: Necesito baterista para proyecto de música original. No me acuerdo qué decía exactamente pero era entre chistoso y críptico; mencionaba algunas influencias muy dispares y eclécticas, pero todas me gustaban, era como Led Zeppelin y el tango y el thrash metal. Me llamó la atención ese anuncio y hablé por teléfono, me contestó un cuate, hablamos como una hora y encontramos que empatábamos chido; en la conversación salió que estaría chido hacer música juntos. No pasó nada, no supe nada de él como en un año, una cosa así. Respondí el anuncio como en el 96, como en el 97 me llamó y me dijo:
—Oye, ¿te acuerdas que hablamos hace como un año?
—Sí.
—Ahora estoy retomando el proyecto, estoy armando un grupo, ya tengo un guitarrista y vamos a probar bajistas y bateristas.
Fui audicionar y hubo mucha onda, tocamos muy chido. Se integró una bajista y estuvimos ensayando y tocando en todos los lugares donde se podía tocar rock alternativo. Este cuate se llama a Cristian Fiebre, nunca estudió música, es pintor, pero componía sus canciones de rock alternativo, tocaba la guitarra y las cantaba; él decía que era pop, pero no, era más rockero.
Tocamos un montón, empezó a agarrar fuerza el proyecto, nos presentamos en todos los lugares posibles. Había muy buena prensa y público fiel dentro de lo que permitía la pequeña escena de Santiago, Concepción y Valparaíso (risas), es el circuito nacional de Chile. Grabamos un disco pero estaba el Mundial de Francia 98 y tuvimos que esperar; cuando terminó el Mundial, presentamos el disco e hicimos una gira; se deben haber hecho mil copias del disco y debe haber todavía cuatrocientas en casa de él, porque ese era el alcance que podía tener en Chile una onda de esas. Fue un disco que hicimos de manera independiente, sin código de barras, sin disquera, sin nada.

El Surco de mi destino

Sigue abriendo los caminos,
el surco de tu destino.
(Víctor Jara)

Después de la gira, este cuate se aburrió, se casó y se fueron a vivir a España porque la hermana de la esposa se había ido a vivir a las Islas Baleares, vivía en Palma de Mallorca, entonces se fueron para allá.
Al año siguiente, en el 99, nos llamó por teléfono desde España para decirnos que no sé cómo pero alguien le hizo llegar el disco a llegar a Gustavo Santaolalla, es un cuate que ahora es más conocido como compositor de música para cine, se ha ganado un Oscar y no sé qué más, pero es productor y músico, y tenía una filial de Universal Music para rock latinoamericano que se llamaba Surco Records. De México tenía a Café Tacuba, Molotov, Ely Guerra, Julieta Venegas; de Chile tenía Los prisioneros; cosas así. Cuando escuchó el disco, lo llamó y le dijo tenemos un proyecto para lanzar cuatro grupos este año y me interesa tu proyecto: fue a verlo España y salió un contrato para establecerse en Los Ángeles o en México. Cuando nos llamó, nos preguntó ¿cómo ven?, ¿le entrarían?, ¿se irían a probar suerte? Obviamente, habría dinero porque le iban a comprar el disco que grabamos de manera independiente y le dieron un contrato por cuatro discos más.
Yo tenía 22 años, tocaba mucho, sentía que me iba bien, estaba súper activo aprendiendo como esponja, pero tenía la sensación de que no iba a pasar mucho más que eso, entonces dije pues no pierdo nada, si no pasa nada, me regreso. Me vine a México al día siguiente de cumplir 23 años, preparé una maleta pensando en pasar unos seis u ocho meses trabajando aquí para ver qué pasaba.

(CONTINÚA)

PRIMERA PARTE: La música llegó a buscarme
TERCERA PARTE: Los perros románticos
CUARTA PARTE: De luna y de bruma en Xalapa



https://youtu.be/PUwLZdxukd0

 

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