Sobria pero precisa es la definición de sí mismo que da Gabriel Puentes en su página de Facebook: «toca la batería lo mejor que puede», cierto, pero desde su llegada a nuestro país a fines del siglo pasado, ha podido tocar cada vez mejor, y ya podía hacerlo muy bien, por eso se integró rápidamente a la escena de la Ciudad de México y logró una hiperactividad que le permitió, según se lee en la Enciclopedia de la música chilena, «como a muy pocos jazzistas chilenos, actuar en Europa y en las dos costas norteamericanas permanentemente».
El encuentro con Agustín Bernal fue fructífero y le permitió participar en dos proyectos trascendentes e influyentes de principios de siglo: el trío Mark Aanderud-Agustín Bernal-Gabriel Puentes, agrupación que logró un par de registros fonográficos: Common differences en 2001 y Hands free en 2002. Y el trío Eugenio Toussaint-Agustín Bernal-Gabriel Puentes, del que salió el disco de 2004 llamado, simplemente, Trío. A lo largo del siglo, ha participado y ha liderado un gran número de proyectos, y se ha convertido en uno de los bateristas más convocados y celebrados del jazz mexicano actual.
El año pasado estuvo tres veces en Xalapa: en octubre se presentó en el Festival JazzUV como parte del trío de Luis Nacht; a fines de ese mismo mes, presentó su propio trío en Cauz, con Agustín Bernal en el contrabajo y Paquito Cruz en el piano; en diciembre volvió a Cauz, esa vez como parte del grupo del trombonista español Víctor Correa. Al día siguiente de esa última presentación, nos tomamos un café y platicamos durante dos horas y media. Esto es lo que me dijo.

Y fue a esa edad…

Y fue a esa edad… Llegó la poesía a buscarme.
(Pablo Neruda)

Nací en 1976, en plena dictadura de Pinochet, en Santiago de Chile. En mi familia no hay músicos profesionales pero mi papá tenía un grupo y siempre ha sido muy melómano, toca la guitarra, canta. Nunca se dedicó a la música profesionalmente, siempre hizo trabajo de oficina en un banco. Mi mamá trabajaba en ese mismo banco, ahí se conocieron y se casaron. Yo soy el segundo de dos hermanos de ese matrimonio.
Cuando nací, en la casa donde vivíamos había un espacio que se llamaba «la sala de música», era donde mi papá tenía su equipo, su amplificador, su tornamesa, sus bocinas y una colección de discos en constante aumento, pero mi papá siempre ha sido más de música popular: canciones y un montón de cosas que tengo como en un archivo. También había un piano.
En su vida de Godínez en el Banco Central, mi papá produjo una revista cultural, organizó unos festivales de verano y armó un par de grupos con sus compañeros de trabajo: con el cuate del departamento de personal, el de tesorería, el de la secretaría de no sé, el poli de la entrada. El primero era de esos grupos vocales con algo de guitarra, después hizo un grupo más de canciones populares, y en plena dictadura, cuando muchos de los artistas se tuvieron que ir al exilio o fueron detenidos o desaparecidos. Hubo mucha gente torturada, hubo mucha gente que dejó el arte sometida por este periodo oscuro de la historia de mi país, pero el grupo de mi papá tocaba música inofensiva para la dictadura, consideraban que no había nada subversivo, entonces tocaban mucho y entre mis primeros recuerdos, está que acompañaba a mi papá a la sala de ensayo y la batería fue lo que más me llamó la atención desde muy chico.
Esto fue cuando estaba muy chico, porque a los cinco años, mis papás se divorciaron y mi mamá, mi hermana y yo nos fuimos a vivir con mi abuela. En esa casa estaba el radio prendido todo el día, en esa época había mucho radioteatro y mi tío escuchaba el fútbol: los relatos del partido, los comentarios, los análisis. Esas eran las cosas que yo escuchaba, pero desde muy chico manifesté una inquietud musical, siempre estaba pegándole a algo, siempre estaba con una guitarra o una armónica o cualquier cosa haciendo ruido. No sé, realmente, si me querían obviar eso y tratar de que no aprendiera, pero en la familia de mi mamá no había una experiencia de qué se hace cuando un niño manifiesta interés por la música,
Desde que tengo memoria, si me preguntaban qué quería que me regalaran, pedía discos. Escuchar música siempre ha sido parte esencial de mi vida; desde que tenía en mi poder la decisión y llegaba al botón, sintonizaba la radio y escuchaba la música que me gustaba; hacía mis playlist, estaba listo con el botón para grabar mis casetes y decía ojalá no hable el locutor (risas).

Llegó la música a buscarme

Cuando tenía como seis años, jugaba con mis primos, armábamos un escenario, poníamos luces y hacíamos un grupo, y todos querían ser el guitarrista porque es el que está adelante con el micrófono, pero yo era más bien tímido, entonces, supongo que la batería era como una barrera protectora, una reja que me separaba físicamente del mundo. La batería es para gente más tímida porque eso de estar frente a un escenario y que estén todas las luces puestas en ti y agarrar un micrófono y hablar como si nada, para muchas personas es como motivo de bloqueo y trauma, y los que tenemos una personalidad menos fuerte, encontramos una suerte de refugio en esos instrumentos porque no son tan protagónicos, porque estás ahí como de defensa, no eres Messi, eres el defensa del que nadie se acuerda cómo se llama pero que salvó dos jugadas peligrosas y corrió un chingo medio anónimamente.
Cuando se aburrían, mis primos se iban a jugar otra cosa y yo seguía ahí. Tocaba encima de lo que estaba sonando, hacía la mímica; siempre sentía que era algo fácil de visualizar, armaba mi batería con un palo de cocina, una cuchara, un tenedor, las tapitas de las latas de café. Para mí siempre fue en serio, los demás lo veían como un juego y yo decía qué faltos de compromiso; para mí no había nada más entretenido, ¿para qué irnos a jugar fútbol si podíamos hacer como que tocábamos?; porque tampoco tocábamos (risas).
Cuando estaba como en cuarto de primaria, había un programa de niños que hacían cosas artísticas, y cuatro amigos armamos un grupo. No teníamos guitarras, entonces agarramos unas raquetas, les pusimos un pedazo de cartulina y esas eran las guitarras; nos disfrazamos, pusimos una rola de Iron Maiden e hicimos la mímica de los solos y todo. Fuimos y nos dijeron pero si no tocan ni hacen nada (risas), pero era lo único que se nos ocurría, formar una banda de rock.
Después, en casa de un amigo había una tarola, su hermano mayor tenía un bajo, alguien se sabía alguna cosa en guitarra y nos poníamos a tocar lo que fuera: canciones de Charly García, de Los prisioneros, de Violeta Parra, de Durán Durán; cosas de pop ochentero porque estabábamos aislados, no había nada muy reciente, todo se detuvo en Chile por unos años. En esa época había toque de queda y cosas que pensaba que nunca más iba a haber, y ahí estamos de nuevo en el 2019.
La guitarra se me hacía más o menos fácil. En mi generación era muy común que nos juntábamos a jugar fútbol, alguien tenía una guitarra acústica con cuerdas de nylon, jodida, que vivía colgada en la pared, y la llevaba; terminando la cascarita, nos turnamos la guitarra y alguien te enseñaba una canción que podía ser de Sui Generis —una banda que tenía Charly García con Nito Mestre a fines de los sesenta y muchas de sus canciones, como Rasguña las piedras, se volvieron clásicos fogateros en los setenta—, de Violeta Parra, de de Silvio [Rodríguez], de Pink Floyd. Todo mundo tocaba mal, pero ese era el repertorio.
Yo veía a mi papá los domingos, una vez, cuando tenía como once años, me dijo vamos a comer donde una amiga. Yo no quería ir, me daba hueva, pero me dijo que el hijo de su amiga era baterista. Fuimos y llegando le dije oye, ¿puedo ver tu batería?, y me dio chance. Tenía un cuarto aislado en el departamento —yo tampoco le iba a pegar fuerte porque no quería arruinar la posibilidad de estar tocando la batería todo el tiempo que pudiera—. Estuve tocando la batería toda la tarde y no me quería bajar porque todas las cosas que había imaginado me sonaban, todo era como lo había visualizado.

De par en par la bataca / se abrió como por encanto

De par en par en la ventana
se abrió como por encanto
(Violeta Parra)

Desde siempre, la bataca es el instrumento en el que más cómodo me siento y el único que toco decentemente como para que me paguen, porque he tocado, más o menos, otros instrumentos: un tiempo estuve estudiando trompeta, un poquito de clarinete, he tenido piano, no lo toco bien pero lo estudio para entender cosas de armonía, para componer; cuando tocaba rock, si no venía el bajista podía irme al bajo y tocar una rola de Police; pero no toco ninguno de esos instrumentos decentemente ni para salvar la vida, la bataca siempre ha sido mi instrumento.
Unos amigos y yo formamos un trío y tocábamos muchas cosas sin ningún prejuicio, sin pensar estamos cambiando de estilo tocábamos algo de Soda Estéreo o de Los Enanitos Verdes y luego una de Led Zeppelin, Iron Maiden, Metallica, Fito Páez, Chico Buarque; todo totalmente desprejuiciado. En esa época no te querían polarizar tanto con cosas como: ¿con qué te identificas?, ¿con qué te quieres comprometer?, ¿qué accesorios quieres comprar? Ahora te empujan mucho a eso, en esa época corrías el dial del radio y era súper amplia, y muy ecléctica, la parrilla programática, pasaba de balada popular italiana de los setenta —Ricardo Cocciante, Raffaella Carrà—, a muchas cosas que todos los chilenos tenemos en la memoria porque durante la dictadura no renovaban nada, se repetían las mismas canciones todos los días después.
Decidí tomar clases porque empecé a conocer más tipos de música y me sentí limitado en mis habilidades; agarraba las baquetas como cavernícola y le pegaba duro, entonces fui con un profesor que me enseñó a agarrar bien las baquetas y a leer. Estuve brevemente con él, pero en esa época ya tenía el bicho de que había escuchado cosas que no entendía pero me atraían.
Cuando estaba en la prepa, un amigo un poquito mayor que yo tocaba en un grupo de covers tres días a la semana: jueves, viernes y sábado. Casi nunca podía los jueves y yo lo suplía. Salía de tocar a las tres de la mañana y al otro día estaba cabeceando en la escuela a las ocho de la mañana. Tocábamos lo que fuera y me tenía que saber las canciones, nadie me preguntaba ¿te sabes esta?, ni me decía te mando el archivo, aquí está el link; era como algo dado que tenía que conocer la que me pidieran, si no, no me llamaban, y era normal que uno estuviese reteniendo información porque había poca, no era como ahora que tienes acceso a toda la discografía de Miles Davis, tenías diez discos que te devorabas y te aprendías de memoria.

So What?

Siempre quería ir a conciertos; si había una clínica de un baterista, iba; si alguien estaba tocando en la calle, me quedaba viendo. El año noventa y dos, cuando yo tenía dieciséis años, fue a Chile el Tributo a Miles; yo no pensaba ir pero un cuate me dijo ¿no vas a ir a ver a Tony Williams?, si no vas a verlo ¿para que sigues yendo a clases de bataca?, ¿para qué te haces güey si no vas a ver al genio más grande de esta música?
Yo había escuchado ese nombre dos o tres veces por amigos, en esa época me conocía todo lo de la Elektric Band de Chick Corea, toda la fusión: [Dave] Weckl, Vinnie Colaiuta, Steve Gadd, Billy Cobham. Estaba muy clavado en eso y de repente empecé a escuchar algunos bateristas de jazz, no de fusión, músicos como Roy Haynes que me sacudieron todo. Yo respetaba mucho al cuate que me dijo lo de Tony Williams porque era bastante mayor que yo y sabía mucho, y dije debe ser importante ese baterista.
Yo estaba de «estudihambre» y ya no quedaban boletos baratos porque me decidí tarde a ir. Me fui a mi casa, mi mamá —que en paz descanse— me vio sacado de onda y me dijo:
—¿Qué pasa?
—Quiero ir a un concierto pero no compré boleto a tiempo
—¿No hay o no te alcanza?
—En realidad, solo quedan de los caros
—Bueno, pues yo te lo voy a regalar.
Fui y quedé en la segunda fila, escuchaba de muy cerca a Tony Williams, Ron Carter, Wayne Shorter, Herbie Hancock; yo no sabía el peso histórico de esos músicos ni imaginaba la importancia que tendrían en mi vida porque aunque ahí no entendí nada, nada absolutamente, ese concierto me impactó a un nivel tan profundo que dije a la madre todo, yo tengo que ser músico, quiero tocar la bataca y de grande quiero ser como Tony Williams.

(CONTINÚA)

 

SEGUNDA PARTE: A fuego lento
TERCERA PARTE: Los perros románticos
CUARTA PARTE: De luna y de bruma en Xalapa

 

 



 

 

CONTACTO EN FACEBOOK        CONTACTO EN INSTAGRAM        CONTACTO EN TWITTER

 

Te puede interesar:
Palomas que andan volando | Daniel de Mendoza Lozano / I

Daniel de Mendoza Lozano es un músico de la cuarta corriente, si la tercera corriente pretende crear música —no fusión— Read more

Tesoros del jazz mexicano, la nueva serie de YouTube

La pandemia ha obligado a la búsqueda de formas novedosas del ejercicio de muchos quehaceres, los artistas escénicos se han Read more