En esta segunda parte de la conversación, Alonso Blanco relata su desarrollo en el jazz, su relación con las músicas populares latinoamericanas y sus experiencias como alumno y como docente de JazzUV.

En el jazz, la vida es más sabrosa…

Cuando estaba en la Facultad, una vez escuché a Orbis Tertius, vi que tocaban tremendo y con mucha soltura. Me sorprendió cuando escuché eso y dije ah, mira, qué interesante; pero yo era tímido, no era de esos que se acercan y dicen oye, ¿qué onda?, platícame, quiero aprender; yo nada más veía.
Vi que había los primeros cursos de armonía de jazz en la Facultad y me asomaba, me llamaba la atención que alguien ya estuviera haciendo algo que no era clásico y decía eso suena interesante. Poco a poco empezó a haber más apertura.
Afuera de la Facultad empecé a conocer músicos populares y empecé a tocar en algunos grupos que tocaban en fiestas y cosas así, era algo que yo hacía en Huatusco, entonces no fue difícil para mí, y empecé a combinar lo académico y lo popular.
Así estuve varios años, un día conocí al maestro Alejandro Corona, que hacía sus talleres de jazz. Entré muy tímido, ellos ya tenían arreglos y la teoría y todo, y yo todavía no estaba adentrado en el jazz, pero ya estaba escuchando algo más. Ahí conocí a varios músicos: a Aleph [Castañeda], a Óscar Terán y a otros, y empezamos a tocar.
En ese tiempo se hizo el primer seminario de jazz que organizaba el maestro Flores Mávil [JazzFest]. Se hizo en la Facultad, me interesó y me inscribí. Venían maestros de Berklee, llegaban alumnos del DF y de todos lados, era un movimiento tremendo, había mucha energía, todos estaban tocando y yo solo iba de curioso, estaba allí como de oyente. Todavía no estaba adentrado en eso pero me gustaba, y poco a poco, con los siguientes seminarios fui entrando más en contacto, fui entendiendo más las cuestiones del estilo, la armonía, los standards, todo el lenguaje del jazz; los compositores, las figuras, todo eso, y poco a poco fui encontrando la cultura del jazz.
Édgar Dorantes estaba terminando la escuela, ya daba conciertos de jazz y yo iba a verlo, en ese tiempo hizo su primer disco. En un momento me acerqué a él y le dije oye, quiero adentrarme en el jazz, y tomé algunas clases con él. Empecé a agarrar de todos lados, lo que me daban aquí, lo que me daban allá y así fue como empecé a desarrollarme en ese ámbito.
Seguí en la carrera de piano, fue larguísima, diez años; no sé cómo, pero la terminé (risas). Tuve etapas bien difíciles, en una época estaba en la Facultad, estaba en dos grupos y tuve la oportunidad de entrar a la Orquesta de Música Popular, llegó el momento en que me saturé y me enfermé. Tuve que parar, dejé la escuela por un tiempo pero luego dije no, la voy a acabar. La retomé y tuve que enfocarme nuevamente.

Que toca, retoca y toca, retoca y toca en la madrugada

Terminé la Facultad y estuve en la Orquesta de Música Popular, ahí, algunas partituras tenían su grado de elaboración y fue donde me di cuenta de que la lectura es importante, que todo eso que antes rechazaba, ahí me estaba sirviendo. Agradezco mucho haber estado en la Facultad porque me ayudó para poder tener una firmeza en la cuestión pianística, y sigo tratando de buscar mis espacios para tocar repertorio clásico. Además, en Ravel y en Debussy está la armonía del jazz, entonces me encanta.
Otra de las músicas que me volvió loco cuando estaba llegando a Xalapa fue la música afrocubana, yo nunca había escuchado a Irakere y a Chucho Valdés, cuando los escuché dije wow, está increíble. Lo latino siempre fue parte de mi desarrollo, mi papá ha compuesto algunos danzones y boleros, entonces yo he estado inmiscuido en toda esa música. También he estado componiendo cosas medio latinas.
No me caso con una escuela o influencia, cuando éramos chicos, mi papá tenía un arpa y una jarana, y tocábamos sones en nuestro grupo. Con los años me he dado cuenta de que esa música siempre ha estado ahí y que tiene una riqueza increíble. También soy fan del son jarocho y también he tratado de adentrarme y de emular ese estilo.
Me gusta escuchar diferentes músicas y me he dado cuenta de que las música tradicionales son hermanas, que la música mexicana tiene que ver con la música venezolana; que están relacionados los sones istmeños con el mariachi, el son jarocho, el son huasteco, y la improvisación siempre está presente, como en el jazz. Eso siempre me ha encantado y siempre he estado abierto a todo, pero es una cama bien grande y es tanta la música y tantos los estilos que es muy difícil abarcar todo.

JazzUV

Cuando salí de la Orquesta y ya estaba terminando la Facultad, Édgar regresó de estudiar en el extranjero y dijo vamos a hacer unos talleres; ese fue el surgimiento de JazzUV. Después dijo vamos a hacer la escuela y fue un boom, todos los que estábamos alrededor del jazz intentando hacer cosas nos juntamos y empezamos a apoyar, así surgió el movimiento del JazzUV. Ahí inició otra etapa y fue súper interesante cómo se fue creando todo. Édgar invitó al maestro Agustín Bernal, a Gabriel Puentes, a Rey David [Alejandre] y empezaron a dar clases. Los alumnos apoyamos en todo y llegó un momento en el que ya éramos los maestros, entonces empezó otra historia. Fue una responsabilidad bien grande, pero fui creciendo poco a poco con todos los músicos jóvenes que estaban ahí: los hermanos Coronel [Emiliano y Vladimir], Renato [Domínguez], Miguelito Cruz, Aleph [Castañeda], toda esa pandilla. Se fue creando una cosa bien bonita, aunque fue difícil porque había que crear todo, desde los programas de estudio y todo. Terminé la Facultad pero no estaba enfocado a la música clásica sino en el jazz y en la música popular, entonces empecé a trabajar en JazzUV.

… en el jazz, todo es felicidad

Tuvimos grandes experiencias en esos festivales que se hacían en grande. Cuando vinieron McCoy Tyner, Kenny Werner y todos esos personajes fue como un sueño y aprendí mucho. Cuando vino Kenny Barron le pregunté:
—¿Cómo tocas el stride?
—Hay muy buenos en eso, yo lo toco así
—¿Tú tocas stride?
—Un poco
—Pásale
Y que me sube, ¡imagínate! Fue en Casa del Lago y estaba toda la gente ahí, al principio estaba nerviosísimo, ya después le agarré el modo y fue una experiencia muy bonita.
Se dio la oportunidad de que tocáramos con los músicos que venían invitados y también fue una experiencia tremenda porque generalmente tocas con tus amigos o con músicos de la escena local y eso está bien, se aprende mucho, pero en esos festivales nos aventaban al ruedo, decían vamos a traer a estos grandes de la escena de Nueva York y tú vas a tocar con fulanito y con sutanito, entonces tuvimos unas pruebas bien fuertes, una que recuerdo: me lanzaron a tocar con Greg Hutchinson, un baterista impresionante, es una máquina; estaba Warren Wolf, que es una demoledora tocando el vibráfono; el guitarrista era Mike Moreno, que traía su proyecto y sus composiciones súper avanzadas, muy elaboradas; y el bajista era Doug Weiss, también muy bueno.
Ellos se conocen porque están en la escena de Nueva York y todos tocan con todos, pero llegan acá y les dicen te va a tocar con este pianista y al principio dicen ¿y ese, quién es? (risas). Mike Moreno me dijo te voy a dar unas piezas y luego platicamos, empezó a revisar sus temas y me dio unas partituras. Nos dijeron el ensayo es tal día, pero luego dijeron se canceló el ensayo, nos vemos en la prueba de sonido (risas); esa gente está acostumbrada a tocar así. El día del concierto, llegué a la prueba de sonido, nada más llegó Mike Moreno y me dijo vamos a revisar los temas, a ver, la primera. Vio que le entendía y podía tocarla —pues la había revisado antes—, y me dijo ah, ok, a ver, la segunda, y así toqué todas.
En el concierto llegaron a tocar como si nada. Ellos estaban jugando, prácticamente; yo me sentía nervioso, pero me di cuenta que tenía que saber controlar esa emoción, dentro de mí decía no me estoy sintiendo bien y si no estoy tocando con ellos, voy a a ser como un cero a la izquierda, no voy a tener nada que ver aquí. No me sentía parte de la banda, entonces tuve que esforzarme por cambiar el chip, dije no, tengo que sacar la casta porque si yo no toco como ellos, o cualquier cosa así, no va a servir para nada, yo tengo que tocar como yo sé, sacar lo que yo tengo.
Yo mismo me terapeé (risas) para poder estar adentro y sí me sirvió, a partir del segundo tema ya me empecé a sentir con más confianza. Empezó a improvisar Warren Wolf, ¡imagínate!, deshizo el vibráfono, terminó y me dijeron ahora vas tú. Después de ese solo que se echó dije y ahora ¿qué voy a tocar yo? (risas), no puedo ponerme a competir; entonces traté de hacer un desarrollo, traté de decir algo que quizá no iba a ser virtuoso o a sorprender como había hecho Warren, porque no iba a poder hacer eso jamás, ese no era el camino, sino sacar lo mío. Así fui manejando el concierto y me sentí bien porque me di cuenta de que no estaba tocando a lo loco sino que me estaban escuchando, y me sentí parte de la banda. La verdad es que fue un gran concierto porque son músicos increíbles; lo recuerdo como una de las grandes experiencias de JazzUV.
También tuve la oportunidad de tocar con Daniel Ian Smith y Jason Palmer, grandes músicos los dos. Esa etapa de los grandes festivales me marcó mucho, me dejó un gran sabor de boca.

Bye-Ya

Después hubo cambios en JazzUV, empezaron a haber otras situaciones y en un momento decidí dejar JazzUV. Quise salir un poco, empecé a viajar a Estados Unidos a visitar a algunos amigos que estaban por allá.
Siempre estuve interesado en buscar otros escenarios, otros lugares, otros ambientes; empecé a salir pero regresaba y hubo en una temporada volví a JazzUV. Me tocó dar clases de ensamble y a veces decía ¿qué puedo poner en mi ensamble?, empecé a componer y fue interesante. Me acuerdo que en uno de los ensambles que tuve estaban Pachi [Carlos Zambrano] y Paquito [Cruz] y fue tremendo, empezaron a tocar y sonaron súper bien.
Algo que sigo desarrollando y que quiero hacer más es componer, me encanta y he estado en eso, escribiendo y perfeccionando las ideas.

(CONTINÚA)

PRIMERA PARTE: Take one
TERCERA PARTE: El siete mares



 

 

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